Animalistas y antitaurinos

Antonio Purroy (SCN)
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Existen varios cientos de asociaciones de protección animal (¡y de plantas!) en España, la mayoría de ellas relacionadas con los animales de compañía, las mascotas. Bastantes de ellas tienen puesto su foco en el ataque a la tauromaquia, porque está muy extendida y porque dicen que es donde mejor se visualiza el maltrato animal.

Hace varias semanas la asociación animalista AnimaNaturalis (secundada por las navarras Libertad Animal Navarra, Iruñea Antitaurina y Santuario Animal Corazón Verde) presentó en el Ayuntamiento de Pamplona una petición avalada por 160.000 firmas exigiendo unos Sanfermines sin toros, sin sangre. Las firmas se han recogido en formato digital con la ayuda de las redes sociales. Sería interesante verificar la autenticidad de las mismas y saber cuántas son navarras; quizás nos llevaríamos alguna sorpresa si se tiene en cuenta que en los últimos Sanfermines han pasado por la plaza de toros más de 350.000 personas, casi todas ellas pagando. Los animalistas han escogido Pamplona porque es el lugar de mayor repercusión del orbe taurino, y estos grupos manejan muy bien las redes sociales y la propaganda mediática.

Si seguimos con las cifras, los asistentes a festejos taurinos de lidia ordinaria en España suman unos 5 millones de personas cada año, muchas de ellas repetidas, por supuesto. Si se trata de festejos populares en calles y plazas, entonces los asistentes superan los 20 millones de espectadores anuales. Estas cifras se refieren a asistentes in situ, sin contar televisiones, internet, redes sociales…, cuyas cantidades serían mucho más elevadas.

Los movimientos antitaurinos –sostenidos generosamente con financiación exterior- son proclives a concentrarse en las puertas de las plazas de toros: unas pocas decenas de activistas frente a los miles de espectadores que asisten voluntariamente a los festejos y, además, pagando. A veces, organizan grandes manifestaciones antitaurinas que suman unos cuantos miles de personas, una cantidad ridícula frente a la suma total de asistentes a todos los festejos taurinos que se celebran ese mismo día en España. ¿Por qué parece entonces que son tantos? Porque sus protestas suelen ser violentas, están muy bien orquestadas y tienen un gran apoyo mediático.

Las protestas –no los desórdenes- son lícitas en un sistema democrático. La tauromaquia es legal y tiene el derecho a defenderse, y la mejor defensa es una buena explicación, pues casi siempre se tacha a la tauromaquia de cruel por falta de conocimiento.

El toro bravo es un producto de la mano del hombre quien, mediante la selección, ha creado un animal fiero capaz de responder a los estímulos externos. El torero –o el corredor-, al ponerse delante del animal, asume un riesgo voluntario que puede acabar con su vida. La fisiología del toro hace que cuando se le somete al estrés de la lidia y del ejercicio y es castigado de manera reglada por la puya o las banderillas segregue rápidamente una cantidad elevada de endorfinas –péptidos opiáceos endógenos- que bloquean los receptores del dolor e impiden que le duela durante la lidia. Esta situación produce también la secreción de cortisol –hormona esteroidea- que le ayuda a superar el estrés de la lidia y del ejercicio. Cabe pensar, en consecuencia, que el animal siente menos dolor que el que podría suponerse lo que le hace volver a la pelea en lugar de huir; es como si estuviera en un estado de euforia que le anima a seguir luchando. Para que esto ocurra, es necesario que los ganaderos produzcan toros bravos de verdad y que durante la lidia se les dosifique el castigo acorde con su fuerza y bravura para poner en marcha la capacidad de respuesta por la liberación de endorfinas, cortisol y dopamina; esta última -que es un neurotransmisor-, además, incrementa la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la energía necesarias para la lidia.

De este mecanismo fisiológico no hablan los antitaurinos porque o no lo conocen o lo ocultan intencionadamente. Ahora dicen que a la tauromaquia le quedan 10 años de vida. Ya se sabe que un bulo mil veces repetido se convierte en una gran falsedad. Pasarán 10, 20, 40 años… y seguirán existiendo los toros en España. Es una fiesta muy arraigada en una parte importante del pueblo español, especialmente en algunas regiones –Navarra entre ellas- por lo que es muy difícil que desaparezca. Solo podrá desaparecer cuando la gente, de manera libre y voluntaria, deje de interesarse por ella. Mientras tanto, que dejen vivir en libertad.

Antonio Purroy Unanua es Ingeniero Agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra

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