El cancionero de Getxo y los nuevo puritanos

Alfredo Arizmendi (SCN)
musica

Desde hace décadas una canción de Barricada me informa de que “alguien debe tirar del gatillo”; pero nunca he sentido el impulso de agarrar una pistola y montar una escabechina. Como ésta, hay muchas canciones con cuyo mensaje puedo estar en desacuerdo, sin pensar por ello que deban ser proscritas o borradas del mapa. Me pueden parecer de mejor o peor gusto, pero para gustos están los colores. Me limito a esperar a que la canción acabe, cosa que suele ocurrir en unos tres o cuatro minutos. No soy quien para decirle a nadie lo que le conviene escuchar, ni tengo credencial alguna para administrar las preferencias ajenas.

El ayuntamiento de Getxo, gobernado en minoría por el PNV, no debe de compartir esta liberal costumbre de vivir y dejar a cada cual escuchar lo que crea oportuno y, en un giro más del remolino antisexista, ha tenido la ocurrencia de repartir a los bares y comisiones festivas un listado de canciones de carácter “no sexista”. Yo lo llamo el Cancionero de Getxo. La lista, para el que le interese, se encuentra en la plataforma Spotify bajo el nombre “Beldur Barik”. La cosa se enmarca en una campaña de prevención de las agresiones sexistas bajo el lema “En fiestas también actitud. Consigamos unas fiestas libres de agresiones sexistas”. Loable objetivo, faltaría más… pero perseguido, en este caso, de un modo más que discutible. Veamos por qué.

Me resultan siempre sospechosas las sugerencias procedentes de los poderes públicos y sus satélites, porque no atender a dichas sugerencias suele interpretarse (o malinterpretarse) como posicionamiento personal contra la materia en cuestión. Si uno no es oveja, enseguida se le tacha de lobo.

En el caso del cancionero de Getxo el silogismo cae por su peso. Puesto que la lista proporcionada tiene por objeto promover la igualdad y prevenir las agresiones, quien haga caso omiso y ambiente el bar con “Despacito” de Luis Fonsi o el “Puro Chantaje” de Shakira parecerá refractario a defender la causa antiagresiones. Poco importa si la preferencia de los parroquianos es el bailoteo, y no la concienciación de género a base de temas con como “Me gusta ser una zorra”, “Antipatriarca” o “Dignificada”, por citar algunas de las canciones recomendadas. Lo que toca este verano es comprometerse y que se note, aunque el precio sea enchufar la murga.

En Pamplona, estos últimos Sanfermines, recuerdo haber visto unos cartelillos anunciando que tal o cual bar iba a prescindir de la música durante el transcurso de determinada manifestación antiagresiones, en plan minuto de silencio. Nada que objetar a quien apague el “chundatachunda”, pero ¿qué pensarán o dirán de quien siga con el baile? ¿Parecerá poco comprometido o -¡líbreme Dios! incluso comprensivo con los agresores? En un capítulo de la serie humorística “Seinfeld” había un chiste con un motivo parecido. A uno de los personajes le acusaban de estar a favor del SIDA por no ponerse el lazo rojo en una manifestación. Habría que ver ahora si la cosa sería materia de chiste, y si al que hiciera el chiste le dejarían irse de rositas los nuevos puritanos, o si más bien le harían arder en alguna hoguera postmoderna tipo Twitter, por heteropatriarcal, machirulo, o braguetofascista.

Hay otra cuestión importante: ¿Quién puede garantizarnos que cosas como el cancionero de Getxo se van a quedar en el terreno de lo optativo, sin pasar, a golpe de decreto, al terreno de lo obligatorio? Les recuerdo que en Cataluña uno puede ser multado por poner los rótulos de su tienda en la lengua que le de la real gana. Se lo cuentan a un botiguer de hace treinta años y no se lo cree, pero los tiempos corren que es un primor. ¿Llegaremos a ver multas por poner “reggaetón” en un bar? Suena absurdo, pero si la dinámica sigue así no es imposible, ni mucho menos.

¿Qué nos queda por delante? Al poder le encanta saber cuánto puede (y a fe que puede mucho), y a la gente nos encanta que nos digan lo que tenemos y no tenemos que hacer, lo que está bien o mal, lo que conviene y no conviene escuchar. Sobre todo, y esto es lo triste, si nos cuentan que todo es “por nuestro bien”. Cedemos día tras día parcelas de libertad individual, y vamos encantados, cargados de servidumbres, bailando al son que nos tocan, y solamente al que nos tocan. Lo que jocosamente he bautizado como “Cancionero de Getxo” puede dar risa, pero no tiene ninguna gracia. Es una muestra más de hasta dónde pueden llegar los nuevos puritanismos para apretar su férula sobre nuestros usos y costumbres, si no nos atrevemos a pensar y a decir con valor lo que pensamos.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología

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