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Breve historia del origen del 1 de Mayo, Día del Trabajo

El 1 de mayo, Día del Trabajo, es una jornada emblemática para el movimiento sindical en casi todos los países del mundo. El Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en el año 1889, fijó la fecha como homenaje a los llamados Mártires de Chicago.

Las condiciones laborales en la ciudad norteamericana eran realmente precarias y tres años antes, precisamente el Primero de mayo, la movilización y huelga de un grupo de sindicalistas norteamericanos encabezados por el periodista Adolf Fischer para conseguir una jornada laboral efectiva de ocho horas, había terminado con su condena y ejecución en la horca. Su participación en la sangrienta revuelta conocida como la Revuelta de la plaza de Haymarket había finalizado con una decena de muertos, múltiples heridos y la encarcelación de numerosos activistas.

 

En Estados Unidos y Canadá la fecha se trasladó al primer lunes de septiembre por miedo a que el movimiento socialista se viera reforzado y la jornada pasó a llamarse Labor Day.

 

Como dato curioso, España fue el primer país de Europa que aprobó mediante un decreto la jornada de ocho horas, aunque el 1 de mayo dejó de celebrarse como tal durante la dictadura militar de Primo de Rivera (1923-1930) y de Franco.

 

Tras la Segunda Guerra Mundial, el aumento de poder de los partidos de izquierda en Europa y las exaltaciones de países comunistas como la Unión Soviética, lograron que el Primero de Mayo adquiriera mayor protagonismo.




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Bendito cemento

Hace unos quince mil años el ser humano salió de las cuevas, la agricultura determinó que las comunidades se fueran asentando en lugares adecuados a los cultivos, lejos de las cavernas. La necesidad de guarecerse hizo que la humanidad empezase a construir, “cuevas artificiales”, es decir habitáculos donde defenderse del clima, de los ataques de los animales o de posibles intrusos, buscando también crear una atmósfera para descansar, alimentarse y reproducirse.

Para la construcción de sus casas, los hombres utilizaron los materiales de su entorno próximo, principalmente, madera y piedras. Sin embargo, para encajar las piedras y hacer firmes los muros, necesitaron inventar conglomerantes que uniesen los materiales. Se han usado muchos a lo largo de la historia: arena, arcilla, barro con paja… pero ninguno es estable con el agua, esos muros se desmoronan con las lluvias. Fue necesario pues, buscar conglomerantes hidráulicos: compuestos que reaccionando con el agua, endurecieran y se convirtieran en estables.

Los conglomerantes hidráulicos más importantes son la cal y el cemento. Siempre deben ir mezclados con un material inerte al que se adhieran y con el que, al fraguar, formen una masa sólida y estable. La mezcla de conglomerante y arena es el mortero. Es éste el que, al mezclarse con agua y reaccionar, ha permitido a la humanidad desde la antigüedad, construir viviendas sólidas, calzadas, puentes y demás obras civiles. El primer vestigio encontrado en Europa, está en el yacimiento tartésico de Turuñuelo de Guareña, en unas escaleras hechas con mortero de cal y granito machacado. Esta construcción tiene 2.500 años de antigüedad, siendo un siglo anterior a cualquier obra de los Romanos.

Los Romanos utilizaban habitualmente Opus Caementium, pues mezclaban agua con cal, arena y piedras de diversos tamaños para obtener una masa maleable que introducida dentro de un molde, endurecía y quedaba con su forma. Han llegado hasta nuestros días calzadas, puentes, acueductos, presas y obras hidráulicas romanas admirables que se siguen usando 2.000 años después.

Los morteros de cal, durante la Edad Media, Renacimiento y Edad Moderna, se usaron para emparejar y asentar sillares y mampuestos en los edificios. Con ellos, se realizaron catedrales, edificios civiles y puentes, auténticas joyas que han llegado hasta hoy con la misma utilidad para la que fueron pensadas.

Y por fin, llegamos al conglomerante que desbancó a la cal por la gran mejora de sus prestaciones, el Cemento Portland. Lo fabricó por primera vez el constructor Joseph Aspdin, en 1824, en Inglaterra y debe el nombre a la semejanza de su color y textura con la de los farallones de Portland, Dorset. El Cemento Portland revolucionó todas las técnicas de construcción. Grosso modo, se fabrica cociendo a 1.400 grados, una mezcla de caliza y arcilla trituradas, en hornos giratorios casi horizontales, un poco inclinados para facilitar el tránsito de la mezcla. El producto de esta cocción, unas bolas grises oscuras, se llama Clinker. Éste, molido y frio, da lugar al cemento Portland. Un material barato, pero cuya producción requiere un gran gasto energético y mucha liberación de CO2.

El cemento es un polvo fino y pesado que se debe mezclar con otros materiales inertes, arenas y gravas, a los que envuelve y que al reaccionar con el agua, los adhiere entre sí, formando con ellos una roca de gran resistencia a compresión, estable en el tiempo y con la forma del molde donde ha endurecido: el hormigón. Al hormigón reforzado con barras de acero corrugado, le llamamos hormigón armado. Éste supone un gran avance técnico respecto del hormigón en masa y le debemos el abaratamiento de las obras y la mayor rapidez de su realización. Finalmente, el hormigón pretensado es aquel hormigón armado en cuya masa, por medio de cables accionados hidráulicamente, se inducen tensiones contrarias a las que va a soportar en su posición de trabajo, neutralizándolas. Con él se pueden hacer estructuras espectaculares y mucho menos pesadas. Actualmente no hay obra civil en la que no esté presente.

El consumo de cemento por habitante y año, es un indicador de desarrollo. Como hemos visto, es esencial en nuestras vidas, y ha dado trabajo a millones de personas. Al comienzo de la crisis económica, en 2007, el consumo de cemento en España era de 57 millones de toneladas, viéndose reducido en 2014, año del principio de la recuperación, a 10,8 millones de toneladas, es decir, a la quinta parte. La construcción en 2007 suponía el 10,1 % del PIB mientras que en el año 2014, bajó al 5,1 %. Teniendo en cuenta que durante esos años nuestro PIB bajó un 10 %, el descenso absoluto de la actividad fue aproximadamente de un 55 %.

La hiperactividad que se observó en España en el sector de la construcción y su posterior desplome, produjo la caída de multitud de empresas y bancos que las financiaban. Y peor, dejó fuera del mercado de trabajo a millones de personas, muchas de las cuales habían abandonado los estudios u otras actividades, para buscar los salarios más atractivos de esa enfebrecida actividad. Pero no todo fue malo en ese periodo, España se hizo, aunque gastando en exceso, con unas infraestructuras punteras y con unos equipos humanos extraordinariamente capaces.

Las empresas y los técnicos españoles están hoy trabajando por todo el mundo, protagonizando los retos técnicos más importantes en los mayores proyectos de los cinco continentes: EL puente de Oresund entre Copenhague y Malmö, la ampliación del puerto de Mónaco con el dique flotante más largo del mudo, el Nuevo Canal de Panamá, el Tren de alta velocidad de La Meca a Medina y un extenso etc. Todos estos proyectos han sido ganados por empresas y estudios técnicos españoles en libre competencia con los principales del mundo, todo ello, gracias al “bendito” cemento.




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¿Sabes dónde se localizaba la Judería de Pamplona?

Los documentos de la Cámara de Comptos del Archivo de Navarra nos permiten precisar su emplazamiento en la bajada de Javier, la calle de la Merced, la calle Juan de Labrit, una parte de la Ronda Barbazana, el Palacio Arzobispal y la calle Dormitalería.

Varios documentos nos confirman, además, que la judería estaba rodeada por un muro, levantado sorprendentemente en época de Carlos el Calvo no para aislar a los judíos, sino para protegerlos de la animadversión de los cristianos. Se sabe que a lo largo del siglo XV varios judíos habían traspasado la cerca de separación y vivían entre los cristianos, con el consiguiente conflicto vecinal. Los Registros de Comptos de los siglos XIV y XV certifican que en la judería pamplonesa habitaban entre 100 y 150 familias.

Los judíos tenían un mercado distinto del de los cristianos y se localizaba en torno a la Alcacería, aunque no se conoce su localización exacta en Pamplona. Sí que se sabe que la venta se efectuaba los lunes, martes y miércoles de cada semana. Junto a la alcacería se hallaban los panaderos y los puestos del mercado. El lugar donde estuvo la sinagoga no admite ninguna duda: el solar del actual Retiro Sacerdotal y de parte de la Plaza de Santa María la Real. Después de la expulsión de los judíos de Navarra en 1498, fue comprada por los frailes Mercedarios para reconstruir su convento y la iglesia de Santa Eulalia.

Se tienen noticias de la existencia de una judería ya en el año 1063. El rey Sancho el Sabio otorgó en 1154 un privilegio autorizando a la Iglesia para que pudiera admitir judíos en Pamplona y en otros lugares, quedando en su beneficio los ingresos que generasen los nuevos moradores. Durante la cruenta guerra de los burgos de 1276 fue arrasada junto con la Navarrería, hasta su reconstrucción a partir de 1320. En la Carta de Repoblación de la Navarrería, otorgada por Carlos el Calvo en 1324, entre los derechos que se reservó el rey, estaba el de tener en ella una judería. La expulsión de los judíos de Navarra fue decretada en el año 1498 por los reyes Juan de Labrit y Catalina de Foix y tuvo como consecuencia inmediata el cambio de nombre del barrio de la Judería por el de Barrio Nuevo.

A mediados del siglo XVI esta denominación alternaba con el de la rúa de la Judería, que era la actual calle de la Merced. Consta la existencia de los dos portales que abrían al exterior la antigua Judería: el Portal del Río, cuyo emplazamiento coincide con la esquina del Palacio Arzobispal que da a la ronda de la Barbazana y que era el comienzo del camino que conducía al molino de Garci-Marra, el hoy conocido como Molino de Caparroso, y también al cementerio de los Judíos, situado fuera de las murallas exteriores de la ciudad, hacia las huertas de la Magdalena. El otro portal se conocía como de la Fuente Vieja, y se situaba al final de la actual calle de la Merced o antigua rúa de la Judería. El nombre le venía de una fuente que existía cerca del frontón Labrit.




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Cuando la Coca-Cola cambió el color de Papá Noel

Los inmigrantes holandeses que fundaron a comienzos del siglo XVII la ciudad de Nueva Amsterdam, el actual Nueva York, importaron sus costumbres del continente, entre ellas la Fiesta de San Nicolás o Sinterklaas, que se celebra todavía hoy en día los días 5 y 6 –la víspera y el día del santo- según una tradición que se remonta al año 343. Al igual que Santa Claus, San Nicolás repartía regalos entre los niños pero se le representaba a caballo, vestido en blanco y rojo, con una mitra y un gorro típico con borla blanca y no venía de Laponia: llegaba a la casa de los niños desde España, acompañado de sus ayudantes, los Pedritos y de su caballo Ameriego.

Así pues, de Nicolás de Bari, un obispo del siglo IV nacido en Patara (Turquía), nace la historia de Santa Claus. En sus antiguas representaciones era delgado y portaba estrellas y cruces en su vestimenta de color verde. Según cuenta la leyenda, un padre arruinado se vio obligado a prostituir a sus tres hijas. Nicolás de Bari deslizó unas monedas a través de la chimenea de la casa familiar para paliar su situación de pobreza. Las monedas cayeron dentro de las medias de lana que las tres hermanas habían colgado para secar en la chimenea. De esa anécdota surgió la idea de que el legendario personaje se deslizara por las chimeneas y dejara sus regalos en los calcetines colgados.

En 1809 , Washington Irvin escribió el libro Historia de Nueva York, una sátira en la que deformó el nombre neerlandés Sinterklaas en la simplificada pronunciación angloparlante Santa Claus o Santa, como actualmente lo conocemos. Dos décadas más tarde, en 1823, el poeta Clarke Moore definió y representó al personaje de Irving como un duende pequeño y delgado que conducía un trineo tirado por renos y regalaba juguetes a los niños la víspera del Día de Navidad.

A comienzos del siglo XIX, L. Frank Baumse consagró en 1902 la figura de Papá Noel como un anciano regordete y bonachón, con una frondosa barba blanca y una enorme barriga, aunque vestido con ropa verde de borde blanco con puntos negros.

Pero el cambio de color llegó antes de la Segunda Guerra Mundial, en 1931, cuando un ilustrador norteamericano de origen sueco llamado Haddon Sundblom fue el encargado por Coca-Cola de remodelar la imagen de Papá Noel con los colores de la compañía. Como inspiración, Sundblom se apoyó en aquel poema de Clement Clark Moore, escrito en 1822, donde Santa Claus ya era representado en color rojo.

Había nacido el Papá Noel moderno.




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El Principado de Cataluña y su aliado, la monarquía de Francia

El célebre valido de Felipe IV, Don Gaspar de Guzmán, conocido en razón de sus títulos como el conde-duque de Olivares, consideró que el año 1640 había sido el más desgraciado en la historia de la monarquía. La presión fiscal permitió durante un cierto tiempo mantener el esfuerzo de guerra pero dicha política de prestigio encaminada a mantener la hegemonía europea bajo control de la monarquía hispana se produjo justo en el momento más álgido de la crisis económica. Los problemas internos no se hicieron esperar y la rebelión de Cataluña abrió un ciclo en el que Portugal se separó de la monarquía española y se abrió el conocido como periodo de la crisis de la monarquía hispánica (1640-1665).

Durante los primeros meses de 1640 se produjo en las comarcas de nordeste de Cataluña un violento alzamiento armado popular contra los tercios que habían participado en la campaña del Rosellón. La Cataluña del momento se hallaba muy sensibilizada por el distanciamiento entre el gobierno real y las clases privilegiadas del Principado. Una vez expulsados los tercios, el descontento popular se dirigió contra los oligarcas locales, tachados de traidores.

El momento culminante del movimiento popular fue la jornada del Corpus (7 de junio de 1640), cuando una multitud calificada de segadores se adueñó de Barcelona y dio muerte al virrey, el conde de Santa Coloma. A partir de esa fecha, la administración real en el Principado entró en un proceso de disolución, mientras la agitación popular alcanzaba su apogeo, bajo la dirección de jefes anónimos o mitificados, como el llamado “maestre del campo catalán” o el “capitán general del ejército cristiano”. Mientras tanto la Generalitat o Diputación constituyó un embrión de gobierno, asumiendo la convocatoria de una Junta de Brazos (no podía llamarse Cortes, por no haber sido convocada por el monarca) que se reunió en el mes de septiembre. Bajo la dirección del diputado eclesiástico, el canónigo Pau Claris, los Brazos o estamentos autorizaban el reclutamiento de tropas para resistir una probable intervención armada del ejército real.

En paralelo, Claris inició negociaciones secretas con agentes franceses para conseguir ayuda militar. La intervención armada del ejército real, mandado por el marqués de Vélez Pedro Fajardo, antiguo virrey de Valencia con importantes señoríos en Cataluña como la casa de Requesens, precipitó los acontecimientos. Tarragona y Tortosa fueron ocupadas sin dificultad, pero la amenaza de una victoria militar de Olivares llevó a la Junta de Brazos a proclamar una república catalana, y ante la inviabilidad de la fórmula, a reconocer a Luis XIII de Francia como conde de Barcelona (enero de 1641). La derrota del ejército de los Vélez en la batalla de Montjuich (26 de enero de 1641) señaló el fracaso de la rápida intervención militar y significó la consolidación de la revuelta.

Las tropas de Felipe IV se mantuvieron en Perpiñán hasta 1642 y en Rosas hasta 1645. Las tropas franco-catalanas invadieron las vecinas comarcas aragonesas hasta el Cinca. Lérida fue una de las plazas fuertes más disputadas desde su adhesión a la revuelta en 1640. En 1642 el ejército real, mandado por un primo de Olivares, el marqués de Leganés, fracasó estrepitosamente en su intento de conquistar la ciudad. Finalmente Lérida pasó en 1644 a la obediencia de Felipe IV y resistió en los años siguientes los ataques del general francés Condé, el vencedor de Rocroi. En 1648-1650, los franceses ocuparon Tortosa, pero no pudieron tomar Tarragona. También se combatió por mar: los corsarios mallorquines luchaban contra franceses y catalanes.

A pesar de los solemnes pactos firmados en 1641 con Luis XIII (tratado de Peronne), la administración catalana autónoma quedo subordinada a los virreyes franceses. La base social del nuevo régimen se redujo progresivamente. La alta nobleza permaneció en su mayoría fiel a Felipe IV y se vio obligada a exiliarse; la mitad de los señoríos del Principado fue confiscado o concedido a partidarios de Francia. Aunque pueda parecer que la revuelta tuvo un marcado carácter antiaristocrático, lo cierto es que el régimen señorial no fue abolido y se produjo una generosa concesión de títulos de pequeña nobleza.

La oposición a los franceses crecía. En 1645 el virrey francés ordenó la detención del diputado eclesiástico por desafecto a la nueva situación (algo que no se había atrevido a hacer Olivares en 1640) y ejecutó a un miembro de la Generalitat o Diputación. A pesar de dicha oposición, la presencia francesa era fuerte y se mantuvo hasta 1652, año de la firma de un acuerdo entre la ciudad de Barcelona y el virrey de Felipe IV, don Juan José de Austria. La rendición de Barcelona trajo aparejada la de la mayor parte de los municipios.

El acuerdo se basaba en un pacto y un perdón que sólo excluía a los más declarados seguidores de Francia, quienes constituyeron o conservaron su gobierno en Perpiñán. El sistema político del Principado fue conservado en sus rasgos fundamentales, pero se introdujeron modificaciones significativas que permitían al monarca controlar indirectamente las instituciones autónomas y se fortaleció la presencia del ejército real. La permanencia de don Juan de Austria en Cataluña durante tres años le ganó un grupo de leales entre la nobleza catalana y le dio tiempo a desarrollar una importante labor política y militar en el norte del Principado, que fue asolado por guerras con Francia durante siete largos años.

La Paz de los Pirineos (1659) señaló el fin de la hegemonía española sobre Europa. Las cláusulas territoriales no fueron especialmente gravosas si se considera que los territorios cedidos a Luis XIV -el Artois y el Rosellón- estaban ya perdidos desde 1640; de todos modos, la pérdida del último territorio fue especialmente sentida en el Principado de Cataluña, ya que la comarca de la Cerdaña quedó artificialmente dividida. El matrimonio entre Luis XIV y la infanta española María Teresa, hija de Felipe IV, sentó la base de la futura entronización de los Borbones en España. Pero esa, es ya otra historia.




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Jorge Próspero de Verboom, el fundador del Cuerpo de Ingenieros y su paso por Barcelona y Pamplona

El ingeniero militar más importante de la monarquía española en el siglo XVIII fue el flamenco Jorge Próspero de Verboom, el fundador del Real Cuerpo de Ingenieros. Nacido en Flandes en 1667, sucedió a su padre D. Cornelio de Verboom como “Ingeniero Mayor de los Países Bajos” en el año 1692. Participó en numerosos sitios dirigiendo a los ingenieros en los trabajos de zapa y minado, como en Namur (1695), Barcelona (1713-14), Messina (1718) o Gibraltar (1727).

Verboom conocía a la perfección las técnicas de sitio, trazado de planos y construcción de fortificaciones por su formación con el famoso ingeniero Vauban, uno de los técnicos más innovadores de la época. En 1709 el rey Felipe V encomendó al joven Verboom la organización de los ingenieros militares y le nombró teniente general e ingeniero general de los Reales Ejércitos, además de “Cuartel Maestre General de todos los reinos, provincias de España y otros estados”. Dos años después Verboom fundó el Real Cuerpo de Ingenieros, un proyecto completado años después con la creación en Barcelona de la Real Academia Militar de Matemáticas y Fortificaciones, a imitación de la de Bruselas, donde él mismo se había formado.

En 1715 se encargó de la construcción de la Ciudadela de Barcelona, para la que tuvo que arrasar parte del barrio de la Ribera e introdujo el gusto arquitectónico francés en el paisaje urbano barcelonés. Felipe V le ordenó proyectar un nuevo barrio en el muelle del puerto de Barcelona, en una zona insalubre denominada Marvella, que coincide con la actual Barceloneta. La construcción del barrio, diseñado en 1719 por Verboom, no comenzó en realidad hasta 1753 bajo la dirección del arquitecto Paredes. Se urbanizaron una quincena de calles atravesadas por otras nueve, paralelas a la costa, con casas de planta baja y de un solo piso para no obstaculizar la acción de las baterías de la Ciudadela.

Otras obras que acometió en Cataluña fueron las ciudadela de Seo de Urgel, la reforma del castillo de Montjuich y la fortaleza de San Fernando en Figueras. También participó en numerosas obras civiles como el puerto de Málaga y los canales de riego en Murcia y Lorca.

El ingeniero Verboom residió en Pamplona entre 1725 y 1726 por su trabajo como inspector de fortificaciones y diseñó diversas infraestructuras como el Arsenal o Sala de Armas de la Ciudadela y el proyecto general de defensa que impulsó la construcción de un doble recinto de muralla. Sin embargo, de este proyecto, con claras influencias de Vauban y Fernández de Medrano, sólo se completaron el frente de Francia y el fuerte de San Bartolomé.

Fuera de España Verboom concluyó en América la fortificación de Buenos Aires y diseñó en Cuba el Fuerte de Sagua. En reconocimiento a su trayectoria y su participación en los sitios de Barcelona, Seo de Urgel y Gibraltar o la expedición a Sicilia, recibió en 1727 el título de marqués y fue ascendido a Capitán General en 1737. Murió el 19 de enero de 1744 a la edad de 77 años, siendo gobernador de la Ciudadela de Barcelona.




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Breve historia del ferrocarril en Navarra (II)

La construcción de los ferrocarriles de vía estrecha se impulsó en Navarra en las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX. Los 22 kilómetros de la línea conocida como El Tarazonica, conectaron Tudela con Tarazona y se construyeron en tres años, entre 1882 y 1885.

En 1906, la sociedad El Irati promueve la construcción de un tren que recoja y transporte desde Aoiz hasta Pamplona la madera que baja por el río Irati. La línea de ferrocarril recorrería los 30 kms que separan ambas poblaciones y aprovecharía la propia fuerza hidroeléctrica del río como fuente energética para el tren. El proyecto original sufrió varias modificaciones. En una primera fase, el tendido ferroviario llegó hasta Lumbier para facilitar la comercialización de la madera de los valles Salazar y Aézcoa. Después, en una segunda fase, el trazado se prolongó hasta Sangüesa y facilitó las comunicaciones con el valle del Roncal. En 1908, la Sociedad El Irati obtuvo la licencia de explotación de la línea del ferrocarril eléctrico que unió Pamplona con Sangüesa y Aoiz con un recorrido de 58 kilómetros.

En esa época nace también el tren popularmente llamado El Plazaola, ya que su finalidad inicial era transportar el hierro que se extraía de las minas de Plazaola. En 1910, el ferrocarril pudo conectar los 56 kilómetros que separaban dich localidad de Pamplona. Tan solo un año después, en 1911, el tren llegaba a San Sebastián, pero no fue hasta 1914 cuando quedó oficialmente inagurado el trayecto San Sebastián-Pamplona.

Por último, El Bidasoa, inagurado en 1888, fue también un tren minero que enlazaba Irún con Endarlaza. En 1911 prolongó su trayecto hasta Elizondo como servicio de viajeros y mercancías. El último ferrocarril eléctrico fue el tren de Estella-Vitoria, también conocido como El Vasco-Navarro.

La mayoría de trenes de vía estrecha dejaron de funcionar en Navarra a mediados del siglo XX por no ser rentables ni en su recorrido ni en su condición de servicio público. Obedecían a unas circunstancias muy coyunturales y siempre en el marco de un desarrollo económico comarcal o regional marcado por la despoblación. Alsasua se convirtió en un punto neurálgico de las comunicaciones, ya que empalmaba con la línea de Madrid-San Sebastián.

Casi siglo y medio después, el tren continúa siendo una de las asignaturas pendientes en el capítulo de las comunicaciones en Navarra.




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Breve historia del ferrocarril en Navarra (I)

La Ley General de Ferrocarriles de 1855 propició la construcción de la red ferroviaria en España, prácticamente paralizada hasta entonces por el atraso económico y social, la escasa iniciativa empresarial, la falta de capital y una raquítica demanda. Un año después de la promulgación de dicha ley, Espartero visita Pamplona para presidir la inauguración del comienzo de las obras del tramo Pamplona-Zaragoza, dentro de la línea Zaragoza-Alsasua. En unos pocos años, Pamplona queda conectada a la Ribera por ferrocarril y por otro medio de comunicación: el telégrafo, cuya instalación fue paralela a la del trazado del tren Zaragoza-Pamplona-Alsasua.

El proyecto de atravesar el Pirineo por Alduides para construir una línea directa a Francia no cuajó por la memoria reciente de las invasiones francesas de 1794, 1808 y 1823. Finalmente se decidió que el tren Zaragoza-Alsasua enlazara en este punto con el tren Madrid-Irún. De este modo, Alsasua se convirtió en una zona estratégica de las comunicaciones por el tren y por la instalación del tendido telegráfico.

Este acuerdo de 1862 bloqueó definitivamente la salida natural de Navarra hacia la frontera francesa y ha marcado toda una era en la salida de los productos y mercancías navarras hacia Francia y el resto de Europa por el paso de la frontera de Irún. Otro hito en la pequeña historia del ferrocarril en Navarra fue la terminación de la línea que iba desde Castejón a Miranda en 1863.

En las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del siglo XX se inicia en España la construcción de trenes de vía estrecha, creados casi todos ellos al calor de la segunda revolución industrial. Las limitaciones de recorrido y la despoblación de algunas comarcas perjudicaron su viabilidad y su uso como servicio público.

En Navarra fueron seis las líneas que se pusieron en marcha con una aceptación y, por tanto, una rentabilidad muy desigual: el Tarazonica; el Irati; el Plazaola; el Bidasoa; el Vasco-Navarro de Estella a Vitoria y, finalmente, el que unía Pamplona con Sangüesa y Aoiz. (Continuará)




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El claustro de la Catedral de Tudela y la Capilla de San Dionís

El claustro de la Catedral de Tudela se encuentra en el lado sur del templo. Tiene forma rectangular, con los dos lados mayores orientados al este y al oeste. Estaba compuesto originalmente por 58 capiteles, 42 en columnas y 16 pilares en esquina. Lamentablemente han desaparecido 16 y no se tiene ninguna referencia documentada sobre las figuras representadas en ellos. En la actualidad, 24 se encuentran en buen estado y 18 padecen daños de mayor o menor gravedad, 5 de ellos en estado casi catastrófico.

Las escenas de los capiteles son fundamentalmente religiosas y siguen las directrices del Manual bizantino del siglo XII. También hay representaciones de la vida cotidiana de la época y escenas simbólicas con animales y seres fantásticos. Muchas veces el protagonista ocupa el centro de la cara del capitel, aunque generalmente la figura principal aparece en un ángulo. Sugerentes fondos arquitectónicos y estilizados árboles sugieren paisajes y cierta perspectiva. Los capiteles todavía conservan restos de policromía, visible todavía en cejas, ojos y mejillas, además de inscripciones relativas a los personajes representados.

En la crujía oriental del claustro se halla la capilla mudéjar de la Escuela de Cristo que antiguamente estuvo bajo la advocación de San Dionís. El rey Teobaldo I de Champaña fundó la Cofradía de San Dionís y los siguientes reyes de Navarra fueron cofrades. El escudo del reino de Navarra aparece en el remate del retablo que preside la capilla. Aunque el origen de la capilla se remonta al siglo XIII, su decoración de pinturas data del siglo XIV. En el año 1950 se restauraron la cubierta, el coro mudéjar y los muros perimetrales de la capilla, afectados gravemente por un hundimiento cuatro años atrás.




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Capilla de San Fermín

Es recurrente cuando se habla de arquitectura en general, el debate sobre el equlibrio entre el continente y el contenido. Se suele decir que el continente, es decir, el edificio, ha de estar al servicio del contenido y no eclipsar a éste, aunque a menudo es la calidad del edificio, la que puede poner en valor aquello que se muestra en su interior. La Capilla de San Fermín de Pamplona es un caso claro en el que el contenido, la imagen del santo universal, por su motivación popular y su relevancia iconográfica, ha hecho olvidar absolutamente la dimensión del edificio que la alberga, y esto a pesar de lo interesante de su arquitectura, de su historia y de sus protagonistas.

La imagen de San Fermín se veneraba en el interior de la iglesia de San Lorenzo hasta que en julio de 1.696, los ediles de Pamplona propusieron otorgarle un espacio propio. Con una eficacia inusual de la administración, un mes más tarde, Santiago Raón, maestro de obras que había trabajado en la catedral de Calahorra y en la iglesia de Santiago de la misma ciudad, presentó un proyecto que obtuvo la aprobación de la ciudad y de la iglesia de San Lorenzo, en cuyo claustro debía situarse la nueva capilla.

El 29 de agosto del mismo año se colocaba la primera piedra de la construcción en presencia del Obispo, Virrey y demás fuerzas vivas de la ciudad. El proyecto, en el que también intervinieron Fray Juan de Alegría y Martín de Zaldu, dibuja una cruz griega inserta en un cuadrado, con un tramo adicional que la conecta con la nave de San Lorenzo. Esta traza, de inspiración barroca se ve reforzada por una decoración de pilastras corintias, y rematada en su crucero con una cúpula sobre cornisa con balcón. La cúpula, se apoya en un tambor octogonal bien visible desde el exterior, en el que se abren ocho ventanas que iluminan el interior de la capilla.

Las obras duraron veinte años y en 1.717 pudo verse el volumen desde el exterior, con un aspecto muy parecido al que podemos percibir ahora. La planta cruciforme, se observa construida en ladrillo, sobre la que se eleva el tambor, que encierra la cúpula, rematado por una linterna también octogonal. Todo este volumen emerge de un zócalo de piedra, cuadrado, de aspecto palaciego en el que destaca una arquería enrejada.

Es interesante destacar que la arquitectura de esa época, tanto en Aragón, como en la mitad sur de Navarra se construye en ladrillo, mientras que en el norte se utiliza siempre la piedra, por lo que este edificio supone una síntesis constructiva de la arquitectura histórica en nuestra comunidad, si bien es cierto que el dominio del ladrillo, con los adornos propios del momento barroco, nos remite a la imagen de las construcciones del valle del Ebro y ribera de Navarra.

Pasaron 75 años, hasta que empezaron a verse agrietamientos en la cúpula y linterna, debidos, sin duda, a las humedades que afectaban a la estructura de madera de esta parte del edificio. La ciudad, ocupada entonces, en su defensa contra los franceses, no pudo hacerse cargo de su reparación, lo que determinó que en 1.795 se derrumbara parte de la linterna y la cúpula. Para entonces, se había retirado ya de la capilla, la imagen del santo y su trono.

Había que arreglar este desastre, pero, a quién encomendar un trabajo tan delicado? No fue difícil elegir los dibujos de Santos Ángel de Ochandátegui, tras un proceso de concurso, como base para las obras que comenzaron con el nuevo siglo. Ochandátegui, arquitecto vizcaíno de Durango, había trabajado con Ventura Rodriguez en el acueducto de Noain, en la fachada de la catedral de Pamplona y había trazado con gran acierto la plaza de acceso a ésta última, por lo que su solvencia estaba plenamente acreditada. Su intervención no se detuvo en la reconstrucción de la cúpula, sino que se prolongó en detalles ornamentales, casetones, palmetas y medallones, propios del gusto neoclásico de la época, así como en la construcción de tribunas abalaustradas y en la apertura de los óculos que hoy podemos ver en los lados del crucero. Se resituó, además, el nuevo templete y el altar, retrasándolo hacia el ábside y dejando libre el espacio bajo la cúpula.

La atmósfera neoclásica que hoy envuelve el espacio estaba conseguida, pero hay que destacar que la intervención de Ochandátegui fue muy respetuosa con la estructura espacial de la capilla construida 100 años antes, por lo que el resultado actual, demuestra como una buena obra es capaz de soportar una actuación inteligente y sensible, sin alterar la esencia fundamental de aquella.

La capilla de San Fermín, un gran continente para tan importante contenido!




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Las luces y las sombras de la Unión Europea (II)

Sin duda, uno de los puntos en los que la acción de la UE presenta un déficit más inquietante es la insatisfactoria conexión entre instituciones y ciudadanos, es decir, administradores y administrados. Claro que análoga cuestión se aprecia a escala nacional, así que cabe la reflexión de si realmente en la sociedad global de masas resulta posible un contacto operativo y eficaz entre gobernantes y gobernados.

La falta de una mayor incidencia y reactividad de las instituciones europeas es notoria, o bien por la ausencia de coordinación o bien por la falta adecuada de capacidad de las mismas instituciones. Por ejemplo, la creencia generalizada de que los impactos del gasto no resultan efectivos porque hay amplias bolsas de derroche o de fraude en el grupo de los países del sur complica mucho el funcionamiento adecuado de los mercados. Otra crítica generalizada es la falta de coordinación en la política inmigratoria con la agudización de un problema que afectaba a la ribera sur de la Unión Europea y que se ha ido extendiendo también a los países del norte. Finalmente, aunque ha habido indudables avances en el tercer pilar de la UE, Justicia e Interior, como la Europol, el derecho de asilo o la correspondencia judicial, es indudable que todavía queda mucho por hacer para hacer frente a fenómenos tan complejos como el del terrorismo yihadista, por ejemplo.

Otro ámbito poco satisfactorio es la política exterior, como se ha demostrado en toda una serie de casos: Afganistán, Irak, Irán, Corea del Norte, Libia, Siria… Situaciones de crisis ante las cuales los países de la UE presentaron posiciones muy diferentes. A pesar de que hay una serie de procedimientos comunitarios a seguir dentro de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), aún se está lejos de disponer de una estrategia única.

Persiste la compartimentación de los ejércitos nacionales de los Estados miembros de la UE, con pocos avances efectivos en materia logística; salvo la Brigada Europea, la Fuerza de Intervención Rápida y proyectos como el cazabombardero Eurofighter y el gran transporte aéreo M-400. En definitiva, una situación de ineficiencia absoulta: presupuestos militares individuales frente al único y global de EE UU.

Washington propicia en muchas ocasiones la división interna de los Estados miembros de la UE, y el papel del Reino Unido ha sido clave en este sentido, mucho más ahora con el Brexit. El eterno aura imperialista británico y sus relaciones especiales con EEUU, siempre ha favorecido las tendencias hegemonistas de EE UU, siguiendo la línea tradicional del Gobierno de Londres de ser una especie de caballo de Troya en Europa.

Finalmente, dentro del amplio y complejo mundo de las relaciones internacionales, la UE no ha desarrollado una política activa para la reforma de la Carta de las Naciones Unidas, a fin de convertir la organización en una entidad verdaderamente democrática. Francia y Reino Unido mantienen puestos permanentes en el Consejo de Seguridad y son partidarios del actual status quo. Es decir, seguir como potencias nucleares con derecho de veto, sin abrirse a un nuevo Consejo de Seguridad, en el cual se introdujese la igualdad entre todos los países, en vez del actual sistema excluyente del Club de los Cinco. Algo parecido sucede en el G-8, con una cuatripresencia (Reino Unido, Francia, Alemania e Italia) que no tiene una sola voz en el momento de las grandes decisiones, incluso cuando el país presidente semestral de turno de la UE acude a las reuniones anuales del Grupo.

En definitiva, a la hora de hacer balance de la UE, hay toda clase de luces y sombras, pero predominan las primeras sobre las segundas. La UE existe, funciona bien en muchas aspectos y supone un ámbito formidable de integración y paz. Queda, sin embargo, un largo trecho para que llegue a resolverse un mayor grado de unión política que, efectivamente, podría resolver muchos de los problemas comunitarios existentes.




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Las luces y las sombras de la Unión Europea (I)

El 25 de marzo de 1957, se reunieron en Roma los jefes de Gobierno y ministros de asuntos Exteriores de Bélgica, Francia, Holanda, Italia, República Federal Alemana y Luxemburgo para mirar el Tratado fundacional de la Comunidad Económica Europea. Los representantes de seis países europeos altamente industrializados, con 200 millones de habitantes establecidos, firmaron un documento elaborado durante los dos años anteriores que preveía una unión escalonada en tres pasos: la Unión Aduanera, la Unión Económica y la Unión Política.

Los dos peldaños iniciales eran claros entre los firmantes: la eliminación de las barreras arancelarias y fiscales y la libre circulación de todos los factores de la producción (bienes, mercancías y personas). El tercer escalón, la Unión Política, que plasmaba aquella hermosa aspiración de Jean Monnet: “No nos limitamos a agrupar Estados, sino que estamos unificando los pueblos”, se veía más con desiderátum que como una posibilidad real. La II Guerra Mundial había finalizado doce años antes y el ambiente en Europa estaba inevitablemente cargado de miedo, rencor y desconfianza.

El año 1993 es clave para comprender uno de los efectos positivos de la UE: tras un largo periodo de liberalizaciones y de armonización, los flujos intracomunitarios perdieron su carácter internacional y pasaron a ser interregionales, esto es, que se producen dentro del mercado interior único. Además la UE se convirtió en el espacio comercial de más fácil acceso en todo el mundo por las continuas reducciones del Arancel Aduanero Común y por la ausencia de picos ultraproteccionistas para los productos más sensibles como todavía sucede en EEUU, Japón, etcétera.

Desde 1998, la moneda común, el euro, representa toda una culminación histórica, al servir de circulante único para un grupo de países que representan el 25 por cien del PIB mundial. El uso del euro ha eliminado los costes de transacción y las gravosas comisiones de cambio de moneda; se ha convertido en una moneda refugio para ahorradores no importa de dónde y también de reserva para los bancos centrales, en abierta competencia con el dólar.

Siguiendo los principios de solidaridad y cooperación, la UE ha desarrollado unos notables resortes con el objetivo de distribuir la riqueza y la renta desde los enfoques sectorial y territorial. En primer lugar, ha practicado una activa política sectorial y territorial compensatoria desde el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) y otras instancias, para impulsar un crecimiento más rápido de las áreas desfavorecidas de la Comunidad, además de programas para sectores específicos como el Fondo Europeo de Desarrollo Agrario (FEDEAR) para las comarcas rurales, con resultados muy apreciables. Otro tanto puede decirse del Banco Europeo de Inversiones para cualquier tipo de proyectos, y del Fondo de Cohesión, a efectos de infraestructuras y medio ambiente

La Política Agraria Común (PAC) ha impulsado de modo extraordinario las producciones de alimentos y materias primas, incluyéndose en los últimos tiempos nuevos campos, como la bioenergía. La Unión Europea tiene en estos momentos unos doce millones de agricultores, entre los cuales la palabra desempleo es virtualmente desconocida, con un gasto comunitario PAC en torno al 40 por 100 del presupuesto común, pero equivalente a sólo el 0,4 por 100 del Producto Interior Bruto (PIB).

La PAC cumple tres funciones básicas: previene la eventual incidencia negativa del arma alimentaria que podrían utilizar los grandes países exportadores agrícolas como EEUU, Brasil…; es la base de una potente industria dedicada a la producción de alimentos y asegurar la conservación del territorio, al convertirse los agricultores –que gestionan, con los agentes forestales, el 90% del territorio- en los verdaderos guardianes de la naturaleza. Sin embargo, a pesar de elementos tan positivos, la Política Agraria Común tiene el grave problema de que el gran avance productivo no ha tenido su correspondencia en términos de progreso técnico y eficiencia. Las asignaturas pendientes pasan por un desarrollo rural adecuado para el bienestar de todos, agricultores y no agricultores y es fundamental redimensionar las explotaciones para lograr economías de escala y mayor valor añadido.

Las acciones comunitarias en el campo del medio ambiente han sido altamente positivas, al haberse diseñado todo un modelo de regulaciones muy estrictas, para que en los más diversos sectores se actúe más ecológicamente. De este modo, se ha tratado de evitar el “el crecentismo” de las empresas a cualquier coste para el entorno. La UE ha dedicado un gran espacio de su actividad en términos de aire más limpio, aguas de mejor calidad, suelos no contaminados, menor ruido, etcétera. Y no podemos olvidar que ha impulsado iniciativas mundiales de gran importancia en relación con el cambio climático como el llamado Protocolo de Kioto contra el calentamiento global, en una actitud muy contraria al escepticismo de EEUU.