tabarnia

Todas las ‘Tabarnias’ del mundo

Yo la considero la palabra del año; la que llegó casi a humo de velas, en los estertores finales de 2017, para ponerle una nota de desfachatez y de sana locura a la insana locura del proceso independentista catalán. Por tener, tiene hasta esa resonancia fantasiosa y tintinesca de los países imaginados: Syldavia, Ruritania, Fridonia y, desde hace unos días Tabarnia.

Si algún lector desconoce qué es Tabarnia, la Wikipedia la define como “la denominación propuesta para un territorio de Cataluña por parte de la organización Barcelona is not Catalonia, también llamada Plataforma por la Autonomía de Barcelona, que persiguen establecer como comunidad autónoma independiente una serie de comarcas de Tarragona y Barcelona”. En las últimas elecciones autonómicas, esta área se ha caracterizado por un voto bastante menos independentista que el resto de Cataluña.

En tiempos menos vistosos, Tabarnia hubiera sido poco más que una inocentada. Ahora las cosas se han trastocado de tal manera que hace falta poner en cuarentena casi todo lo que se lee. En este ambiente, Tabarnia ha pasado de divertimento marginal, a ser portada de medios tradicionales y digitales, nacionales y extranjeros, trending topic en las redes sociales socorrido tema de conversación en los corrillos.

La gloria mediática de Tabarnia pasará. Creo que está viviendo aquellos quince minutos de fama que Andy Warhol le recetaba a todo el mundo, pero sería una pena dejar languidecer el fenómeno como una anécdota o un episodio colateral. Tabarnia lleva algunas interesantes lecciones en su seno.

Tabarnia es la verbalización de algunas serias deficiencias estructurales de los movimientos secesionistas. El secesionista es un nuevo absolutismo. Del mismo modo que Luis XIV dijo “El Estado soy yo”, el secesionista dice “El pueblo somos nosotros”. Trapaceramente se constituye en juez y parte. El nacionalismo delimita los criterios para “ser pueblo”, y lo hace de modo que sólo él entra en la definición. A quien no cumple le caben dos remedios. O se fastidia y se queda fuera de la comunidad nacional (lo cual tiene costes que la Historia ha perseverado en evidenciar) o claudica -con más o menos sinceridad- para tener la fiesta en paz y quien sabe si el pan más o menos asegurado.

En toda comunidad afectada por tensiones secesionistas existe una Tabarnia difusa, volátil, de gentes que ni comulgan, ni quieren comulgar, ni falta que les hace, con semejantes planteamientos. Otra cosa es que se haya promovido (y financiado) que el secesionista esté más cohesionado desde el punto de vista asociativo, y que además monte más bulla por la calle. En esto ha tenido mucho que ver la capitalización del folklore local, que han llevado a buen puerto, así como la interesada difusión entre dicho folklore (que es un muy respetable estrato de la cultura), con la Cultura en mayúsculas, por fortuna mucho más rica y universal. Siempre insisto en que muchas actividades de claro tinte político se cuelgan el escapulario de lo cultural para resultar poco menos que intocables y para lograr pingües subvenciones. Así está la Omnium Cultural para demostrar lo que digo.

Lo que Tabarnia materializa en Cataluña es la rebelión contra este estado de cosas de esa poco cohesionada parte de la ciudadanía y su aglutinación en un hipotético Pueblo Disidente dentro, pero a la vez fuera, del Pueblo Elegido. Por eso la simple mención de Tabarnia molesta a los capirotes secesionistas: saben perfectamente que lo que comienza como una broma puede acabar en serio. Muy en serio.

Otras de las deficiencias reveladas por el fenómeno Tabarnia consiste en que, también de forma torticera, el secesionismo determina la escala de su propia actividad. Es su Alfa y Omega. El mismo derecho que prácticamente obliga a separarse de España no podría ejercerse en un nivel ulterior. ¿Valdría el derecho a decidir para, pongamos por caso, escindir la Merindad de Tudela de ese hipotético Estado Vasco Independiente? De nuevo, quien se autoproclama “pueblo que decide” niega la categoría de pueblo y la capacidad de decidir a quien no se quiere conformar con la propuesta. Tabarnia es el segundo paso para llegar a una organización política compuesta por multitud de “repúblicas independientes de mi casa”.

Tabarnia ya no es broma. No es una entelequia, ni una utopía. No es, ni mucho menos, un asunto estrictamente catalán. En cierto modo, Tabarnia somos todos; por lo menos todos aquellos que creemos que ni el nacionalismo ni el independentismo, da igual el pelo que luzcan, tienen superioridad moral alguna sobre quienes no profesamos tan salvíficas ideologías.

 

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra

Tribuna de opinión publicada en Diario de Navarra el 16 de enero de 2018




gure-esku-dago

‘Gure esku dago’: las manos que mecen la cuna

Gure Esku Dago (“Está en Nuestras Manos”) se define como “una dinámica ciudadana que trabaja por el derecho a decidir del pueblo vasco”. Sus principios son sencillos: el primero, somos un pueblo; el segundo, tenemos derecho a decidir; el tercero, es la hora de la ciudadanía. Esta plataforma desempeña, en el ámbito vasco, una función similar a la de la ANC en Cataluña. Por descontado, debe entenderse este ámbito en el sentido amplio que abarca la Comunidad Autónoma Vasca, Navarra y el País Vasco Francés.

Gure Esku Dago realiza diversas actividades. Entre ellas destacan las “consultas ciudadanas”, en las que insta a “tomar la palabra en torno al futuro de Euskal Herria”. Se han desarrollado en sucesivas oleadas, sobre todo en la Comunidad Autónoma Vasca. Estas consultas se convocarán en Navarra en 2019, coincidiendo con las elecciones.

Su propuesta es pródiga en almíbar. En su página web abundan las referencias amables: el respeto, la voluntad, la solidaridad con otros pueblos,la participación, los derechos… El grafismo es estudiadamente naif, y las fotografías son grupales, resaltando el pulso colectivo de la iniciativa. La única fotografía que se sale de lo expuesto es aquella en la que unos recién casados votan para “decidir el futuro de Euskal Herria”. Ni en semejante día se puede dejar de lado la Causa. Con todo, el resultado de las consultas ha sido decepcionante, aunque los resultados hayan sido abrumadoramente favorables al euskoprocés. La contradicción es sólo aparente, y fácil de resolver si se tienen en cuenta los datos relativos a censo y participación.

¿Qué ocurre en una localidad pequeña? El caso de cierto pueblo de la Barranca -que no nombraré- es paradigmático. El 65% del censo participó en la votación, con un 80% de votos afirmativos a la pregunta ¿Quieres ser ciudadano de un Estado Vasco independiente? Claro que eso son tan solo 194 votos. A cuatro pasos, la combativa Alsasua apenas movilizó al 17% de su censo de más de 6.000 personas.

¿Qué ocurre en una localidad grande? El caso de Getxo, en Vizcaya, es paradigmático también. La pregunta fue ¿Quieres que los ciudadanos vascos decidan su futuro político libremente? Votaron afirmativamente 7.950 ciudadanos, el 98% de los que acudieron a las urnas. Un resultado abrumador… salvo porque Getxo tiene unos 80.000 habitantes y la participación fue de un ridículo 12%.

Como vemos, el voto es casi unánimemente afirmativo, y la participación es inversamente proporcional al tamaño de la población. En grandes núcleos la incidencia de la plataforma es marginal. Intentaré apuntar una hipótesis para ambos fenómenos.

Sobre la unanimidad, basta saber que las consultas surgen por iniciativa popular, promovidas por personas y asociaciones que a priori son ya favorables a las tesis sobre las que se pretende consultar a la ciudadanía. No existe una alternativa real, ni existe una campaña real en la que se confronten diversos pareceres. Si una plataforma en favor del derecho a decidir plantea una consulta sobre el derecho a decidir, lo raro es que el resultado sea contrario al derecho a decidir. El portavoz de la plataforma, Ángel Oiarbide jugó con ventaja al decir que le daba igual el resultado, que lo importante era el debate; sabe perfectamente que si algo está fuera de duda es el resultado, y que el debate se centra en cuestiones de detalle.

La influencia del tamaño del censo parece de causa ambiental. Todo pueblo tiene sus zascandiles, gentes con ganas y tiempo capaces de llevarse al huerto a quien haga falta. Póngase a dos o tres de estos a “construir país” en la sociedad, en el bar o en la tienda y afluirá la población a la convocatoria, aunque sea por no oírlos. No debe desdeñarse el “efecto visillo”; cuanto menor es el grupo humano, más intensas las vigilancias, y mayor temor al qué dirán. En un núcleo grande es mucho más sencillo ir por libre. La despersonalización, diversidad y falta de cohesión que se atribuye a la vida urbana tiene el benéfico efecto de un cierto anonimato.

Gure Esku Dago quiere ser una de las manos que han de mecer la cuna del hipotético Estado vasco independiente, del cual se pretende que Navarra sea parte. Con el bagaje anteriormente expuesto aparecerá en Navarra en 2019. Personalmente sé que llegado el momento preferiré elegir el futuro político de mi comunidad en unas elecciones como Dios manda, no en un simulacro disfrazado de consulta popular.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología




sentido-pertenencia

Sentido de pertenencia

Si algo salta a la vista en Navarra es su carácter liminar, lo cual implica renunciar a cualquier planteamiento absoluto o trivial a la hora de referirse a ella. Decir que Navarra es Navarra es decir muy poco realmente. Las mismas características del solar navarro hablan de su gran diversidad natural, entre el Pirineo y la depresión del Ebro, entre las Españas húmeda y seca. Territorio de encrucijada, ‘puerta de Europa’ para otras comunidades españolas y ‘puerta de España’ para otros países europeos –como gustaba repetir el geógrafo Alfredo Floristán Samanes–, Navarra se presenta como una tierra heterogénea cuya unidad se funda precisamente en la riqueza y complementariedad de aptitudes y recursos, también humanos, afirmados en la historia. Los sucesivos aportes de vascones, romanos y musulmanes, de aragoneses y castellanos, de españoles y franceses han forjado el ser y el existir navarros. La Navarra de ayer y de hoy no se entienden sino como un cruce de culturas en un medio natural atractivo y diverso.

Navarra es un gran espacio de frontera que –según plantea la convocatoria del próximo congreso de la SEHN– exige atender constantemente a su situación ideal entre lo viejo y lo nuevo, lo de fuera y lo de dentro, lo admitido y lo extraño. El hecho diferencial navarro es el mestizaje. La ambigüedad, la hibridez, la propia dificultad para apreciar los límites de la frontera hacen de Navarra un gran umbral de convivencia que lejos de diluirlo ha reforzado el propio sentimiento de identidad navarro, y facilita que se integren en él otros niveles de pertenencia. El Barómetro del Parlamento de Navarra 2016 –elaborado por la UPNA– ponía de relieve el peso del sentimiento navarro como identidad única (45,1%) frente a quienes se consideraban exclusivamente españoles (8,9%), vascos (5,4%) o europeos (5,1%). Combinando identidades únicas y mixtas, el valor más amplio del sentimiento navarro (80,6) era muy superior al vasco (34,1), español (24,3) o europeo (5,1).

Otros estudios –como los paneles de tendencias de CoCiudadana– establecen cómo tras la familia y los amigos, el ‘apego a la tierra’ destaca particularmente entre las prioridades navarras, muy por encima del trabajo, el tiempo libre, el tejido asociativo o la política. Asimismo, los informantes consultados atribuyen como primeras características de la idiosincrasia de los navarros el ser ‘amantes de su tierra’ y ‘tradicionales’, antes que trabajadores o solidarios. Así, entre los distintos sentimientos (de unidad, coherencia, pertenencia, valor, autonomía, confianza) que componen el sentimiento de identidad, el sentido de pertenencia adquiere en los navarros una dimensión fundamental a la hora de organizar la propia voluntad de existencia, operando sobre los patrones y formas personales de percibir, de recordar, de vivenciar y estructurar el espacio y el tiempo, de anclarse en la propia comunidad.

La historiografía de los últimos siglos o la propia literatura de viajeros han sabido recoger, con colores nativos o desde la mirada del otro, esta cualidad. La obra de Yanguas, o la de Olóriz, Iturralde y Campión –en estos días envuelto de nuevo en la polémica–, o la de Caro Baroja, aceptado por todos, entre muchos otros nombres, insistieron en el valor de las antigüedades navarras, de sus leyendas y tradiciones, del apego a lo local, contribuyendo a reanimar o preservar la identidad cultural sin convertir la diferencialidad de Navarra en una unidad antropológica, lingüística o fisiográfica. Por su parte, la mirada del viajero romántico, una mirada con el alma que adquiere nuevas formas actuales, ha sabido poner siempre el paisaje al servicio de la reflexión, fundirlo con la poesía, penetrar el sentido de los usos y costumbres populares o el misterio de las lenguas propias en convivencia, para no dejarse vencer por el poderoso embrujo del territorio (en el progresivo contraste entre montaña y ribera, del Valle del Baztán al desierto de las Bardenas), contribuyendo esa mirada extraña a reforzar la propia conciencia nativa.

Nada de lo que sustenta el sentido de pertenencia y el propio sentimiento de identidad de los navarros debería utilizarse como instrumento político de división. Pese a las diferencias socioculturales y lingüísticas, la voluntad de seguir siendo navarros (se exprese con ‘v’ o con ‘b’) ha sido una constante en el devenir histórico y político de Navarra. También la capacidad personal y colectiva de transitar y proyectarse desde espacios menores a mundos mayores, lo que lleva a descubrir asimismo numerosas fisuras, confluencias y fugas respecto a cualquier sentimiento de pertenencia primordial. Esto último puede entenderse como una consecuencia más de la liminaridad, que favorece la conciencia de una ‘identidad compuesta’, en la acepción de Maalouf. Pero, sin negar la necesidad de arraigo, es algo que responde al propio sentido de la libertad humana que hace, a la postre, que el individuo sea irreductible a su linaje, a su comunidad o a su nación, que los hombres “ya no pertenezcan a su pertenencia”, en palabras de Finkielkraut.

 

Juan María Sánchez-Prieto
Publicado en Diario de Navarra (suplemento Marca Navarra), 3 de diciembre de 2017




navarra

Plural

Diversidad y convivencia como señas de identidad

No es el momento de dilapidar la herencia recibida en forma de bienestar, con enfrentamientos estériles identitarios que tensan la sociedad navarra. Para la autora de este artículo, algunas políticas del actual Gobierno de Navarra ponen en riesgo la convivencia ciudadana.

La cita anual del Día de Navarra constituye una magnífica oportunidad para que todos los navarros celebremos juntos ese carácter específico de colectividad que sustentan siglos de historia y de vi- da en común. Si atendemos a épocas más recientes, después de la oscura y terrible etapa de la guerra civil y de la posterior dictadura franquista, poco a poco se abrieron paso en Navarra y en España la modernidad, el progreso y el bienestar de la mano de la de- mocracia y de la Constitución del 78, si bien el terrorismo de ETA y su franquicia política, Herri Batasuna, estuvieron a punto de subvertirlas de modo irremediable. Por fortuna, los dirigentes políticos locales de la época supieron entender, desde sus respectivas atalayas ideológicas, que las diferentes realidades socio-culturales y lingüísticas de Navarra, lejos de separar a la población navarra, constituían en su diversidad y en su convivencia una de la señas de identidad de las gentes de la Comunidad Foral.

Poco a poco se abrieron paso en Navarra la modernidad, el progreso y el bienestar de la mano de la Constitución del 78

Además de esa toma de conciencia del carácter plural de Navarra, otro elemento clave de aquel periodo fue la apuesta decidida de nuestros políticos por el progreso económico y el bienestar, conscientes de que el desarrollo armónico y la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos eran la mejor garantía para una convivencia al abrigo de los vientos extremistas. La hoja de ruta de los dirigentes de la época era clara: solo si Navarra progresaba podría ayudarse a sí misma y por extensión, ser solidaria con el resto del país. La combinación de unas acertadas políticas económicas y sociales que incentivaban la inversión y el talento, junto con el trabajo incansable de los navarros y el esfuerzo de aquellos inmigrantes de regiones tan lejanas como Castilla, Extremadura o Andalucía, toda esa suma de elementos, fueron determinantes para la paulatina transformación de una economía eminentemente agrícola en otra de tipo industrial, moderna y diversificada, que impulsó una redistribución de la riqueza de una manera más equitativa y solidaria. Nuestros abuelos nunca soñaron, ni de lejos, con las condiciones que los navarros contemporáneos hemos disfrutado en materia de educación y sanidad, ni con las grandes infraestructuras de autovías y autopistas que han vertebrado el territorio y lo han conectado con el resto de España y de Europa.
Por todo ello, la responsabilidad de nuestros políticos actuales es enorme, tanto la de aquellos que nos gobiernan como la de quienes pueden aspirar a hacerlo a partir de 2019. La vida cotidiana de un navarro tiene siempre muy presente la pluralidad, el respeto y el cuidado de la concordia en el ámbito privado de la familia, los amigos o los compañeros de trabajo. Así que resulta muy inquietante constatar que la Comunidad Foral comparte algunos de los síntomas de la enfermedad independentista que ha sumido a Cataluña en la esquizofrenia actual.

Nuestros abuelos nunca soñaron, ni de lejos, con las condiciones que los navarros contemporáneos hemos disfrutado

La política es cuestión de ahora o nunca y, desde el comienzo de la legislatura, el actual Ejecutivo foral ha estado decidido a desarrollar una potente acción de gobierno de corte nacionalista en elementos tan estratégicos para el control social como son la educación y la lengua. Todos los caminos llevan a Roma, pero los de Navarra parece ser que nos quieren llevar a la República de Euskalherría, No olvidemos, además, que los mensajes de la ortodoxia oficial del Gobierno de Navarra se envuelven también en el abrigo victimista anti-ibérico de España ataca el autogobierno, España no negocia (Convenio Económico, TAV, etc.) que convierte al Estado en una suerte de ente malévolo, mezquino y totalitario que ha agredido a Navarra desde la noche de los tiempos. La cortina de humo de ese imaginario conflicto con Madrid conviene mucho al Ejecutivo cuatripartito para quitarse el foco de su responsabilidad en el paulatino pero constante empobrecimiento de la clase media navarra, atragantada con los impuestos y penalizada en el ahorro, o en su manifiesta incapacidad para sacar adelante la gran infraestructura del TAV. A este adelgazamiento obligado del poder adquisitivo de la clase media, se añaden también unas políticas fiscales poco atractivas para el empresariado y los peligros propios que acechan a la industria moderna (deslocalización, robotización, etc.), de modo que tal vez nos podamos encontrar a medio plazo con un inquietante paralelismo con el escenario catalán.

Quienes gobiernan actualmente Navarra tendrían que ocuparse más de esas miles de familias navarras que tienen grandes dificultades para llegar a final de mes y abandonar los afanes independentistas y rupturistas, completamente anacrónicos en la Europa del siglo XXI. Por otro lado, los diferentes partidos de la oposición constitucionalista en Navarra disponen tan solo de dos años para presentar unos proyectos políticos sólidos y con una condición inapelable: ser atractivos para los jóvenes. Se sabe que el desempleo, la precariedad y la falta de expectativas son una excelente fábrica de ciudadanos des- contentos. Y los votantes jóvenes y enfadados son la presa favorita para esa política de las emociones que con tanta habilidad manejan los nacionalistas y los populistas, como ha quedado demostrado a tenor de los convulsos acontecimientos de sobra conocidos por todos.
Dilapidar la herencia de nuestro pasado y hasta la de nuestro presente en estériles enfrentamiento identitarios y políticos que tensen la sociedad navarra hasta los límites de la fractura social, sería un error irreparable para las siguientes generaciones de navarros que merecen vivir en una Navarra próspera, plural y rica en su diversidad cultural, pero siempre empeñada en el esfuerzo solidario colectivo de ayudar a construir nuestro país, España y, porqué no, también Europa.

 

Artículo firmado por Elena Sola en el suplemento Especial del Día de Navarra

Diario de Navarra, 3 de diciembre de 2017

MARCA NAVARRA 3DIC 2017 – Suplemento – Monografico – pag 24

MARCA NAVARRA 3DIC 2017 – Suplemento – Monografico – pag 25




medala

Medallas de turbio reverso

El autor sugiere el replanteamiento de la política de galardones en Navarra para evitar devaluarlos y para conseguir que sean motivo de celebración y no del espectáculo de división que han ofrecido a los navarros

 

Los navarros somos gente innovadora, también en orfebrería, y al elegante diseño de la medalla de Navarra, que se entrega el 3 de diciembre, le hemos añadido un elemento extra; un segundo reverso de turbias connotaciones. Sobre su conversión en un galardón a título póstumo y su politización se ha escrito largo y tendido en esta misma sección. Baste resaltar que, como consecuencia, la medalla ha pasa- do a ser un motivo más de bandería y disensión. No somos capaces tener la fiesta en paz.

La politización de la medalla de 2017 se puede leer en dos niveles. El primero y más evidente entronca con la polémica a cuenta de los símbolos propios de Navarra. No me extenderé en este punto, sino el un segundo nivel que me parece menos evidente y más serio si cabe. Me refiero a las consecuencias últimas de las reprobaciones parlamentaria y municipal.

El progrerío foral ha recibido indignado la concesión de la medalla a don Arturo Campión, que lleva ochenta años criando frondosas malvas. A don Arturo le han llamado integrista, racista, xenófobo y antisocialista, y por ello ha sido reprobado en el Parlamento Foral y el Ayuntamiento de Pamplona. El nacionalismo vasco, por su parte, ha considerado todo aquello como asuntos circunstanciales, producto del espíritu de su tiempo, y se ha mostrado comprensivo e incluso indulgente. No es raro: lo que se dice de Campión se podría decir de Sabino Arana, y nadie le va a tirar piedras a un tejado bajo el que puede estar el Padre de la Idea.

Curiosamente, el escrúpulo mostrado por el nacionalismo a la hora de contextualizar las ideas del difunto Campión no opera cuando se trata de “fascistas” a honrados ciudadanos del presente, que no hacen otra cosa que defender una línea de pensamiento diferente a la suya. Por lo visto los escrúpulos nacionalistas son como un sombrero, que se pone o se quita según sople el viento.

 

En el fondo, a Campión se le ha pretendido someter a un torpe remedo de los Tribunales de Honor, que por cierto están prohibidos por el artículo 26 de la Constitución de 1978. Estos tribunales no juzgaban actos aislados sino y estados de opinión acerca de la dignidad de un individuo para formar parte de un cuerpo. Salvadas las lógicas distancias, el aroma a arbitrariedad es muy similar, y la clave es la expresión “estado de opinión”. Campión puede no ser santo de mi personal devoción, pero eso no es motivo de reprobación, como no lo es para , pongamos por caso, quemar sus obras. Creo que hace falta algo más que una opinión para reprobar o censurar a nadie, por muerto que esté.

La reprobación de Campión, impulsada por algunos que dicen ser progresistas, se basa en el desajuste de sus ideas con el canon ideológico imperante, y tiene notables similitudes con esas declaraciones de “persona non grata” que tan de moda se han puesto.

¿Acabará ese entusiasmo reprobatorio ejerciéndose contra los vivos?. Porque a mi lo que me preocupan son los vivos, y las consecuencias que sobre su vida y su libertad pueden tener estas actitudes si pasan de anecdóticas a habituales.

No quiero finalizar estas líneas sin sugerir un replanteamiento de la política de galardones en Navarra. Es necesario pensar serenamente si es factible mantener una Medalla y un Premio Príncipe de Viana de periodicidad anual sin correr el riesgo de devaluarlos o incurrir en situaciones como la de este año. Es necesario también que, sea cual sea el devenir futuro de estos premios, se recupere el sentido común y la compostura. La entrega de un premio, por su propia naturaleza simbólica, debe ser motivo de celebración y unión, no el espectáculo de división que nos ha tocado ver.

Mientras tanto, reciba el lector mis deseos de un felicísimo Día de Navarra.

2TRibujande opinión de Alfredo Arizmendi en Diario de Navarra




tribuna-opinion

Navarra: del ‘cierto riesgo’, al riesgo cierto

Está Navarra inmersa en algo parecido a lo que ha llevado a Cataluña a la peor crisis institucional y civil de la historia reciente de España? Para responder no bastan un sí o un no. Hacen falta visión retrospectiva y cierta capacidad de proyección, sobre todo si queremos dar una respuesta productiva, y no solo una contestación tajante según el parecer político de cada cual.

Durante su investidura como presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos, reconoció ser la presidenta abertzale de una comunidad que no lo es. Me pregunto si no estaría pensando “que no es abertzale… de momento”. Tiempo después, Andoni Ortuzar, presidente del PNV, afirmó que el gobierno de Barcos estaba “poniendo a Navarra en el camino correcto tras años en la senda equivocada”. El nacionalismo vasco, en suma, considera el hecho de no ser Navarra mayoritariamente abertzale como una anomalía que debe ser revertida.

Dejemos la Navarra de hoy, y viajemos a la Cataluña del 27 de octubre de 2007, exactamente diez años antes de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. ¿Qué preocupaba a los catalanes aquel día? La hemeroteca de “La Vanguardia” nos cuenta que Cataluña andaba muy mosqueada con los socavones de las obras del AVE en Barcelona, una crisis que había llevado a Rodríguez Zapatero a plantearse el cese de la ministra del ramo. También traía el periódico cosas como un hackeo a Ronaldinho, y la información sobre la entrega de los premios Príncipe de Asturias. En su discurso Felipe de Borbón había dicho que los premiados “no piensan igual, pero son capaces de convivir en la diferencia”, y reconoció “su capacidad de considerar su propia diversidad como una fuente de enriquecimiento colectivo”. Prudentes palabras que, al menos en Cataluña, cayeron en saco roto.

Hace diez años, como vemos, no se hablaba de independencia, ni de república catalana, ni de esteladas. Hoy es casi imposible encontrar otra cosa. ¿Cómo ha podido ocurrir?

Mi impresión es que estas derivas, allá y aquí, ocurren porque no se hace una adecuada valoración de riesgos. Por naturaleza declinamos enfrentarnos a las cuestiones que amenazan nuestro statu quo. Nos fastidian, y preferimos despacharlas rápidamente. “Bah, son cuatro gatos”, “Esto es cultura, y la cultura no entiende de política”, “a mí no me convence, pero los chavales disfrutan y no voy a ser el raro de la cuadrilla”, “Lo mejor es tener la fiesta en paz.” … Percibimos que existe algo que nos incomoda, pero nos cuesta tomar una posición individual clara y sostenida, sobre todo si nos enfrenta a nuestro entorno inmediato. Colectivamente, es decir, en manifestaciones y concentraciones, somos otra cosa, porque las masas proporcionan el componente protector del anonimato y eso que ahora se llama el “subidón” de participar en un acontecimiento.

Esta actitud, de la que todos ustedes conocen algún ejemplo, no es otra cosa que dejadez. Es la dejadez de muchos la que ha permitido al nacionalismo campar a sus anchas, reconduciendo a la ciudadanía al “camino correcto” del que hablaba Ortuzar, convirtiendo un riesgo aparentemente controlado, en un peligro cierto y creciente de ruptura. En esto, por cierto, no deja de tener su parte de culpa una forma de hacer política consistente en la repetición infatigable de una cháchara que al ciudadano ni le informa ni le inspira, sino que le anestesia y le llega a incapacitar para la reflexión, convirtiéndole, como mucho, en un sumiso repetidor de consignas que cada cuatro años es convocado a la “fiesta de la democracia”.

Con lo expuesto hasta ahora ¿Está Navarra inmersa en un proceso equiparable al catalán?
Cada sociedad tiene sus características peculiares, y Navarra no es Cataluña. Pero hay algo el caso navarro que invita a pensar que nuestro “cierto riesgo” se convertirá, andando el tiempo, en un riesgo cierto de anexión y secesión. De momento, es un asunto que nos tiene bastante ocupados a unos y otros, cosa que apenas hace diez años no ocurría en la hoy convulsa Cataluña. Instalémonos nosotros en la dejadez y en el “eso no es asunto mío”, y ya veremos cómo estamos dentro de diez años.

Para concluir es conveniente volver a escuchar al señor Ortuzar, que en su momento apostó abiertamente por “un nuevo Zazpiak Bat, un Zazpiak Bat del siglo XXI, con tres realidades institucionales cada una con su propio camino”. Tres caminos de los que Ortuzar dijo “Nuestro traba- jo será que se junten en el futuro”, cabe imaginar que en esa República Confederal de Euskal Herria de la que se viene hablando desde hace unos meses y que tanto gusta a Arnaldo Otegi. Ya saben, el hombre de paz. Como para estar tranquilos. Como para pensar que aquí no está pasando nada.

 

Alfredo Arizmendi Ubanell
es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




tribuna

Una gran nación

Una gran nación se caracteriza por tener gentes diversas, emprendedoras y solidarias y unos recursos suficientes para alcanzar el progreso que le conduzca a un desarrollo equilibrado, sostenible y solidario. La España unificada y renacentista del siglo XVI llegó a ser la primera potencia mundial de la época con un imperio “en el que no se ponía el sol”. El dominio del comercio mundial de la lana tuvo mucho que ver en ello. Después, llegarían momentos muy duros de invasiones, guerras fraticidas, regímenes totalitarios…, que llevaron aparejados pobreza, ignorancia, disputas y depresión social. No éramos capaces de sacudirnos de encima los complejos y el pesimismo: la fragilidad de la identidad nacional y la baja autoestima campaban a sus anchas.

Lo que hizo que los ojos del mundo volvieran a posarse en nuestro país fue lo conseguido en los años de la transición dentro del marco de la Constitución actual (1978), un ejemplo de convivencia y de buen hacer, ayudados por la generosidad europea. Nuestro PIB se ha multiplicado por dieciocho en 40 años de democracia y europeísmo.

La tradición europeísta española ha sido muy marcada desde siempre. Es poco conocida la obsesión de Carlos I por una Europa fuerte y unida, hasta el punto de encargar al gran médico humanista segoviano Andrés Laguna un tratado sobre Europa. Este humanista alumbró el “Discurso de Europa”, que él mismo representó en Colonia en 1542 -delante de los grandes mandatarios euro- peos-, en el que defendía la cultura como la gran amalgama euro- pea por encima de políticas y fronteras.

La reciente crisis de la que parece que estamos saliendo, hizo aparecer nuevos fantasmas que creíamos olvidados: paro, desigualdad social, tensiones… Ahora que los vientos de la recuperación vienen de popa ha llegado el momento de que la gran masa social vuelva a ilusionarse. El objetivo prioritario tendría que ser diseñar un futuro entre todos, con unas metas ilusionantes para todos. Es un principio básico de cualquier gran proyecto ciudadano. Este objetivo tiene que pasar por el progreso equilibrado, sostenible y solidario, que es lo mismo que decir justo. Sin progreso no se crea riqueza: no hay trabajo, no hay una buena enseñanza, no hay una buena sanidad, no hay ayudas sociales, no hay equilibrio medioambiental, no hay solidaridad con las regiones deprimidas del planeta. Ya a finales del S. XIX se acuñó en Europa la palabra progreso, casi como obsesión social, en la creencia de que la ciencia y la técnica hacían a la sociedad más rica, más sana, más tolerante y más alegre. Esto lo explica con claridad el escritor austriaco S. Zweig en su obra “El mundo de ayer” (Ed. Acantilado).

Ahora tenemos un gran problema social del que no conseguimos despegarnos: el paro juvenil. Nos alarmamos porque nuestros hijos se ven obligados a emigrar para conseguir trabajo. El drama no es que tengan que salir, que a menudo es saludable por lo que tiene de enriquecedor, el drama será cuando quieran volver pasados unos años y no encuentren un sustrato laboral que les pueda acoger. Hay que pergeñar planes de reincorporación de jóvenes experimentados que pueden hacer mucho por nuestro país. Una decidida inversión en conocimiento (I+D+i) es obligada si queremos ser un país moderno y avanzado para garantizar un buen estado de bienestar para todos.

España como ente es apolítica y acoge toda clase de opción política de las reconocidas como lícitas. Tenemos que seguir remando todos en la dirección del progreso. Es necesario recuperar aquel espíritu de concordia que imperó en la transición, que hizo posible que España alcanzara el nivel de progreso que nunca antes había conseguido. Qué equivocados están aquellos partidos políticos y sus dirigentes que no creen en España como nación, que desunen lo que otros han tejido y que no son solidarios con los españoles de otras regiones. Tenemos el ejemplo del reciente disparate catalán.

El cambio ha sido tan grande en estas últimas décadas que hemos conseguido que la marca España sea admirada en el resto del mundo. Algunos ejemplos: el 40% de las grandes infraestructuras del mundo están siendo ejecutadas por empresas españolas. Somos uno de los países líderes en energías limpias y el de mayor no de Reservas de la Biosfera. La mayor empresa textil del mundo es española. Telefónica posee más de 300 millones de usuarios. España sigue siendo el país líder en trasplante de órganos y el 2o con más esperanza de vida (después de Japón). Tenemos el 3er. patrimonio cultural del mundo… ¿Merece la pena sentirse españoles y europeos?

Antonio Purroy Unanua es ingeniero Agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra




articulo-cataluña

¿Qué dignidad? ¿Qué pueblo?

El 1 de octubre la presidenta del Gobierno de Navarra apareció en Twitter (tras más de dos años de ausencia) con el siguiente recado: “Difícil imaginar mayor dignidad que la del pueblo catalán y difícil -penosamente difícil-, mayor despropósito que esta respuesta policial”. Se refería, por una parte, a la afluencia de catalanes a los puntos de votación, y por la otra a la presencia y actuación de Guardia Civil y Policía Nacional durante la jornada.

¿Existen de verdad esos obstáculos con los que topa la presidenta para imaginar una dignidad mayor o distinta? Intentaré demostrar que no, y que si le resulta tan complicado es, simplemente, porque quizá enfoca la cuestión con más prejuicio que justicia. Confieso que el asunto me preocupa en la medida en que anticipa lo que podría ocurrir en Navarra en los próximos años.

Últimamente se habla de la “dignidad del pueblo” como si fuera algo dotado de una existencia propia, independiente de la dignidad de los individuos que componen dicho pueblo. Supongo que estaremos de acuerdo en que no hay pueblo digno sin ciudadanos dignos, y que no hay, bajo ningún criterio, ciudadanos más dignos que otros. Convendremos también en que la dignidad se define como la cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden. Bajo estas premisas lanzo las preguntas que dan título a este artículo, ¿De qué pueblo y de qué dignidad estamos hablando? ¿Es verdad que meter unas papeletas en unas urnas ha hecho digno al pueblo catalán?

Para empezar, creo evidente que la votación no era tanto “sobre” una realidad política, sino “para” sancionar una determinada visión de dicha realidad. La diferencia no es siquiera sutil, y me extraña que la presidenta de pase por encima de ella… salvo por interés.
Los ciudadanos de Cataluña (que, recordémoslo, no han sido convocados legalmente) no han podido concurrir a esta consulta en igualdad de condiciones. Tampoco lo hubieran hecho si la consulta hubiera sido legal. Habrá quien argumente que el no independentista era libre para votar “no”. Puede ser cierto, pero habría que ver si era libre de decir que iba a votar “no”, o de hacer campaña por el “no”, o si era libre de decir que no votaba porque la consulta era ilegal y porque no estaba dispuesto a legitimar una ilegalidad con su voto. De libertad en Cataluña se puede hablar largo y tendido; también de la falta de libertad para expresar tesis opuestas a la doctrina oficial. Como vemos, hay terreno para “imaginar una mayor dignidad”, sobre todo si se está por la labor.

En la jornada del 1 de octubre y en los días sucesivos se han sabido cosas que profundizan, si cabe, el desfase entre lo que hipócritamente se llama “la dignidad de un pueblo” y lo que algunos ilusos consideramos una conducta recta y digna. No cabe sorprenderse. Cosas similares llevan ocurriendo años en Cataluña, y décadas en el País Vasco y Navarra.

En un repaso nada exhaustivo nos encontramos episodios de acoso a periodistas, de insultos a hijos de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, de asedio a sedes de partidos constitucionalistas, de presiones a empresarios hoteleros para no alojar a miembros de Guardia Civil y Policía Nacional. Hemos visto a las fuerzas del orden autonómicas incumplir las ordenes de un juez. Hemos visto episodios infamantes en los que se atribuye a la “violencia policial” lo que no eran más que unas lesiones fortuitas por caída, o se convertía la inflamación de una articulación en la rotura de diez dedos. Hemos visto a la alcaldesa de Barcelona acusar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado de cometer agresiones sexuales. Hemos visto piquetes obligar a cerrar a comerciantes, para dar esa sensación de unanimidad de la que hablábamos en otra ocasión. Hemos visto el miedo de funcionarios que sólo pretenden cumplir la ley. Hemos visto de todo… y lo que nos queda. Y encima hay que oír que eso, todo eso, es “la dignidad de un pueblo”.

No. Eso no es dignidad, por más almibarado que nos lo sirva a presidenta de Navarra. Dignidad es la actitud de quienes llevan años y años sufriendo el acoso y la presión nacionalista e independentista sin cejar en sus convicciones cívicas y exquisitamente democráticas. Esos son tan pueblo como los cualquiera, y además pueblo verdaderamente digno.

Esto vale en Cataluña y, conviene no olvidarlo, en Navarra.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




tribuna

Navarra, Cataluña y Ortega

La estética política de la estelada ha irrumpido en Navarra y ha encontrado un inmediato y cálido refugio en los socios del Cuatripartito. En estos últimos días previos al referéndum soberanista de Cataluña, se han sucedido las declaraciones y las concentraciones impulsadas por el Gobierno Foral para apoyar la consulta ilegal.

Los máximos representantes de nuestras instituciones, desde la presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barcos, a la presidenta del Parlamento de Navarra, Ainhoa Aznárez, pasando por el alcalde de la capital, Joseba Asirón, todos ellos han coincidido en criticar la “estrategia” del Gobierno de España y en afirmar, por ejemplo, que Cataluña vive una situación de “excepcionalidad democrática”, ya que se impide que el “pueblo catalán pueda votar y ejercer el derecho a decidir”.

Esta es la cantinela del momento, “el pueblo catalán”. Los Geroa Bai, Podemos, EH-Bildu e I-E saludan con emoción al héroe nacido de la masa. Nada nuevo bajo el sol. Revestidos de su aura de progresismo y modernidad, en realidad nacionalistas y podemitas están repitiendo los esquemas clásicos de propaganda y anulación del individuo que piensa por sí solo. Ortega y Gasset ya había alertado sobre los peligros de la masa para la democracia en su célebre ensayo “La rebelión de las masas” (1930), escrito en plena efervescencia de los fascismos y los nacionalismos, del comunismo y el sindicalismo.

Según la visión orteguiana, el individuo estaba siendo absorbido por colectividades que pensaban y actuaban más por reflejos condicionados (pasiones, instintos, sentimientos) que por razones. Y estos colectivos tenían además un protagonismo indiscutible en la vida pública, ya que expresaban sus frustraciones con actos vandálicos, manifestaciones gregarias de estética grandilocuente y discursos articulados sobre las emociones. Tristemente, casi noventa años después de los postulados de Ortega, los nacionalismos y la izquierda anti-sistema han conseguido resucitar en España la figura del hombre-masa.

¿Puede repetirse el terrible escenario catalán en Navarra? Esa es la gran pregunta que muchos ciudadanos se formulan estos días en sus conversaciones cotidianas de paseo, caña o café. Desde luego, a tenor de la presente legislatura, algunos de los elementos presentes en el conflicto catalán están muy presentes en la vida pública de la Comunidad Foral.

En primer lugar, resulta muy inquietante que Navarra se haya convertido en la única comunidad autónoma en apoyar de modo oficial el referendo ilegal. La presidenta del Gobierno Foral, Uxue Barcos, la presidenta de todos los navarros, no se ha privado de dañarnos los oídos con mensajes de indudable carga crítica contra el Estado de derecho. Este censurable e irresponsable comportamiento, impropio de un representante público, constituye un claro ejemplo de cómo Geroa Bai y el resto de sus socios de gobierno, EH Bildu, Podemos e I-E, no dudan en utilizar los poderes públicos y las instituciones como plataforma para sus propios intereses ideológicos.

Además, para que una performance rupturista pueda cristalizar como en Cataluña, son claves para su contagio una presencia independentista activa en la calle, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Propaganda pura y dura. En este sentido, mas allá de pintadas, carteles y periódicos amigos, muchas de las celebraciones populares subvencionadas con dinero público en Navarra tienen su dosis de Independentzia de forma clara, que puede ser desde la pancarta de una peña en Sanfermines, las txoznas, los conciertos de la Sociedad Alkoholika de turno o ese clásico revitalizado de la Korrika. Triste capítulo aparte merecerían iniciativas como los Ongietorris, las coloridas bienvenidas a los presos etarras que regresan al terruño, o el Tiro al fatxa estival.

Pero el elemento esencial es, sin lugar a dudas, la acción de gobierno, puesto que afecta a todos los ciudadanos navarros. Por ello, conviene tener muy presente toda la batería de iniciativas legislativas sobre materias tan relevantes y sensibles como son la educación, la lengua y los símbolos. En tan solo dos años, la Comunidad Foral se ha visto envuelta en el desarrollo e implantación de unas políticas de exclusión que entroncan con uno de los anhelos del nacionalismo vasco: la desconexión de la sociedad navarra del Estado.

En definitiva, si nos miramos en el espejo catalán, los navarros tenemos que ser conscientes de que un opresivo ecosistema independentista y una fractura social no llegan de un día para otro. Se trata de un proceso largo con varios años de paciente maduración. Articular, cuidar y reforzar unos diques de contención que amansen y domestiquen el pensamiento único nacionalista es tarea de todos nosotros, de cada uno de los ciudadanos navarros que, más allá de nuestras ideologías, queremos a nuestro país, España, y deseamos su progreso y desarrollo en Europa. De lo contrario, los navarros podemos correr la misma suerte que Cataluña y en unas pocas generaciones tal vez nos veamos sumidos en la distopía independentista llamada República de Euskalherría.

Elena Sola Zufía es licenciada en Filosofía y Letras y miembro de Sociedad Civil Navarra




1506492863_156638_1506493204_portadilla_normal

¡Benvinguts, catalans!

Comenzaré con una confesión personal. Ese Ubanell que figura en mis apellidos se lo debo a mi abuelo Tomás, que nació en la catalanísima población de La Bisbal, capital del Baix Ampordá. El abuelo Tomás llevaba, que yo recuerde, ocho apellidos más catalanes que la butifarra. A esta circunstancia no le dio, en toda su vida, la más mínima importancia. Fue tafallés desde que mis bisabuelos Joaquín y Pilar se lo trajeron a la ciudad del Cidacos con tres años. Aquí hizo su vida y su familia. Fue un catalán venido, y sobre todo bienvenido, a Navarra. Una historia como tantas.

Un siglo después, esa Cataluña que considero también un poco mía se convierte con celeridad en una tierra hostil para muchos de sus naturales. No se trata de lo que ocurra o deje de ocurrir con el referéndum de secesión. Es algo mucho más grueso, más soterraño también. Es la mezcla de silencios, miedos, vacíos, acosos, listas negras y señalamientos. Es lo peor de la naturaleza humana desencadenado. Una caja de Pandora abierta en nombre de algo tan falsamente elevado, pero tan vacío en el fondo, como la sangre, la tierra y la bandera.

Porque -hay que repetirlo- toda sangre, toda bandera y toda tierra; toda nación, toda ideología, toda lengua, todo sentimiento… todo esto junto no vale nada si en el camino nos dejamos la compasión y la solidaridad. Y hablo de la solidaridad de verdad, la de cada uno con su prójimo por el hecho de ser prójimo, independientemente de cualquier cosa que no sea su condición de persona. Esto, en Cataluña, se está olvidando, como se olvidó vergonzosamente en Navarra y el País Vasco durante muchos años. Hoy algunos se concentran frente a parlamentos y ayuntamientos, poniendo cara de estar haciendo algo trascendente por la libertad de la nación catalana. No les preocupan las libertades de muchos ciudadanos catalanes. ¿Para qué ocuparse de las personas, cuando está en juego la sacrosanta nación? Si demostraron ser casi inmunes al sufrimiento ajeno cuando lo tenían a la vuelta de la esquina ¿se han de preocupar por el de personas a las que no conocen y de quien no pueden rascar un voto?

Yo no conocía a doña Ana Moreno, de Balaguer (Lleida), hasta que su caso apareció hace pocos días en un medio nacional. En resumidísimas cuentas, doña Ana es una ciudadana catalana que, por pedir enseñanza en castellano para sus hijos, ha sido sometida a lo que en cualquier lugar normal del mundo (si queda alguno) sería considerado una tortura psicológica. Entre otras cosas, el relato incluye la sugerencia de algún vecino de que a Ana le sea retirada la custodia de los niños, una manifestación con camisetas alusivas al caso, y la amenaza a una vecina que no quería ponerse la camiseta de que, de no hacerlo, seria tratada de la misma manera. Todo muy caritativo y muy decente. Al final Ana claudicó cuando le contaron que una compañera de su hija había dicho que “no le dejaban ser amiga suya”.

Alguno habrá que diga que Ana lo tenía bien fácil: bastaba con no pedir enseñanza en castellano. Esta es una verdad nauseabunda, que obliga a preguntar por los cientos y cientos de ciudadanos, catalanes y de otros lugares, a los que el miedo a padecer semejantes atropellos les ha hecho claudicar. Así es muy fácil acabar siendo la opción hegemónica. Cuando las alternativas son convertirse en uno más entre las masas o la muerte civil, hay que reconocer que los dados están trucados y el resultado escrito de antemano.

El caso de Ana Moreno es un paradigma, pero no una excepción. En nuestro ámbito tenemos constancia de que decenas y decenas de miles de ciudadanos dejaron la Comunidad Autónoma Vasca para escapar de cosas parecidas y peores. Me pregunto cuantos más emprendieron el exilio interior, el que consiste en no ver, ni padecer, ni protestar por lo que estaba ocurriendo.

Benvinguts, catalans. Bienvenidos, catalanes. Un siglo después de que el abuelo de quien esto firma llegara a Navarra, estoy convencido de que miles y miles de catalanes contemplan con pavor la deriva incívica que ha tomado aquella tierra. Muchos de ellos estarán ahora mismo dudando entre sumirse en el remolino general, resistir, o emprender el camino hacia tierras más benévolas. Si he escrito estas líneas es para transmitirles que por lo menos yo les daré la mejor de las bienvenidas; la que se debe a quien escapa de la furia de sus propios conciudadanos.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología




cataluna

El problema moral de Cataluña

En la medida en que no están auténticamente embriagados (por el régimen), consideran inoportuno indignarse por bagatelas como la represión de las libertades cívicas, la falsificación de la verdad científica y la destrucción sistemática de toda moral. Todos tiemblan por su pan, por su vida, todos son horriblemente cobardes”.

En la entrada de su diario del 18 de mayo de 1936, Víctor Klemperer dejó esta cita, que quizá sea una de las más significativas de toda la obra. Es difícil definir con tal concisión la naturaleza del proceso de aniquilamiento de la civilizada Alemania en las garras de un régimen fanáticamente nacionalista. La reflexión de Klemperer se refiere al nazismo, pero no es en absoluto privativa de la Alemania de su tiempo. Los términos elegidos bien pueden aplicarse, con algunos matices, a realidades más cercanas en la distancia y en el tiempo. Tal es el caso de Cataluña.

La comparación no es excesiva, aunque pueda parecerlo. El establecimiento de autoritarismos y totalitarismos es un proceso histórico y progresivo. El intento de secesión catalán no es más que la última fase -por el momento- de un proceso más amplio y más lesivo por sus connotaciones sociales, políticas, económicas, pero sobre todo morales.

Este proceso “matriz” puede afectar a cualquier comunidad política, y básicamente consiste en la apropiación del espacio público por parte de una construcción ideológica con pretensión hegemónica, hasta la supresión de todo lo ajeno a dicha construcción, incluido el sustrato moral.

¿Es Cataluña unánimemente independentista? Ni por asomo. ¿Parece Cataluña unánimemente independentista? Se diría que sí, y se pueden apuntar varios motivos.

El primero, el virtual monopolio de la calle, bien de manera organizada (por ejemplo en la Diada, que ya es una apoteosis independentista más que una conmemoración cívica plural) o por medio del entramado antisistema. Las acciones antiturísticas de este verano fueron un ejemplo de cómo poner al servicio del antisistematismo independentista lo que originalmente era una protesta de los vecinos de la Barceloneta.

El segundo motivo podría ser la poco disimulada entrega a la causa nacionalista de instituciones que, por su propia naturaleza transversal, debieran mantenerse al margen. Tal es el caso de la Conferencia Episcopal Tarraconense, uno de cuyos miembros (el titular de la sede de Solsona monseñor Xavier Novell) publicó poco antes de la Diada una glosa en la que asumía todas las tesis del independentismo. Es pertinente destacar que, dada la gigantesca diferencia de medios y financiación entre los sectores nacionalistas y el resto, el santurrón posicionamiento en favor del “derecho a decidir” es, de facto, un posicionamiento proindependentista. Tras décadas de doparlo a base de dinero público y políticas educativas y mediáticas más que favorables, el independentismo no concurre en justa lid. Bien es cierto que, con lo que llevan gastado, tampoco es que arrase, ni mucho menos.

El tercer motivo puede ser que, como consecuencia de lo expuesto, la atmósfera sea tan opresiva, tan intimidatoria, que acabe reprimiendo cualquier atisbo de reacción. No seré yo quien, como Klemperer, aplique el calificativo de cobarde a quien, sopesados pros y contras y desmoralizado por el panorama, decida mirar hacia otro lado y acomodarse. Quien reacciona es, no cabe duda, un valiente. Quien antepone la seguridad, el trabajo o la supervivencia civil quizá no merezca admiración, pero tampoco somos quiénes para juzgarlo con demasiada dureza. Sobre todo, si hacemos examen de conciencia.

¿Qué hacemos nosotros en situaciones similares? ¿Cuántos de nosotros hemos callado por tener la fiesta en paz, por no tener una discusión en el trabajo, o con ese cuñado que sienta cátedra en todas las celebraciones, o por no importunar a esa omnímoda Administración de la que quizá dependen nuestros ingresos? Muchos de los que ahora en Cataluña se amargan en un silencio impuesto por el vocerío general ¿pudieron alzar la voz hace años cuando la situación no era tan crítica? ¿prefirieron quizá unirse a la corriente, como si fuera una sardana inofensiva?. Los sucesivos gobiernos centrales tienen su buena parte de culpa.

Durante décadas la política sobre Cataluña ha sido la del apaciguamiento y la contemporización. El apoyo de Pujol (el de los “misales”) se compraba al precio de ni ver, ni preguntar. Solo así se explica que semejante personaje fuera calificado como “hombre de Estado”. No quiero acabar sin resaltar un último punto. En la cita que abre este artículo, Victor Klemperer habla de la “destrucción de la moral”. El 11 de Septiembre, la misma Barcelona que hace años padeció la masacre de Hipercor o el asesinato de Ernest Lluch contempló, sin demasiado conflicto interior, cómo se jaleaba a Arnaldo Otegi, mientras se vituperaba al PSC. A la luz de lo escrito ¿tiene o no tiene Cataluña, principalmente, un problema moral?

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología




anti

Animalistas y antitaurinos

Existen varios cientos de asociaciones de protección animal (¡y de plantas!) en España, la mayoría de ellas relacionadas con los animales de compañía, las mascotas. Bastantes de ellas tienen puesto su foco en el ataque a la tauromaquia, porque está muy extendida y porque dicen que es donde mejor se visualiza el maltrato animal.

Hace varias semanas la asociación animalista AnimaNaturalis (secundada por las navarras Libertad Animal Navarra, Iruñea Antitaurina y Santuario Animal Corazón Verde) presentó en el Ayuntamiento de Pamplona una petición avalada por 160.000 firmas exigiendo unos Sanfermines sin toros, sin sangre. Las firmas se han recogido en formato digital con la ayuda de las redes sociales. Sería interesante verificar la autenticidad de las mismas y saber cuántas son navarras; quizás nos llevaríamos alguna sorpresa si se tiene en cuenta que en los últimos Sanfermines han pasado por la plaza de toros más de 350.000 personas, casi todas ellas pagando. Los animalistas han escogido Pamplona porque es el lugar de mayor repercusión del orbe taurino, y estos grupos manejan muy bien las redes sociales y la propaganda mediática.

Si seguimos con las cifras, los asistentes a festejos taurinos de lidia ordinaria en España suman unos 5 millones de personas cada año, muchas de ellas repetidas, por supuesto. Si se trata de festejos populares en calles y plazas, entonces los asistentes superan los 20 millones de espectadores anuales. Estas cifras se refieren a asistentes in situ, sin contar televisiones, internet, redes sociales…, cuyas cantidades serían mucho más elevadas.

Los movimientos antitaurinos –sostenidos generosamente con financiación exterior- son proclives a concentrarse en las puertas de las plazas de toros: unas pocas decenas de activistas frente a los miles de espectadores que asisten voluntariamente a los festejos y, además, pagando. A veces, organizan grandes manifestaciones antitaurinas que suman unos cuantos miles de personas, una cantidad ridícula frente a la suma total de asistentes a todos los festejos taurinos que se celebran ese mismo día en España. ¿Por qué parece entonces que son tantos? Porque sus protestas suelen ser violentas, están muy bien orquestadas y tienen un gran apoyo mediático.

Las protestas –no los desórdenes- son lícitas en un sistema democrático. La tauromaquia es legal y tiene el derecho a defenderse, y la mejor defensa es una buena explicación, pues casi siempre se tacha a la tauromaquia de cruel por falta de conocimiento.

El toro bravo es un producto de la mano del hombre quien, mediante la selección, ha creado un animal fiero capaz de responder a los estímulos externos. El torero –o el corredor-, al ponerse delante del animal, asume un riesgo voluntario que puede acabar con su vida. La fisiología del toro hace que cuando se le somete al estrés de la lidia y del ejercicio y es castigado de manera reglada por la puya o las banderillas segregue rápidamente una cantidad elevada de endorfinas –péptidos opiáceos endógenos- que bloquean los receptores del dolor e impiden que le duela durante la lidia. Esta situación produce también la secreción de cortisol –hormona esteroidea- que le ayuda a superar el estrés de la lidia y del ejercicio. Cabe pensar, en consecuencia, que el animal siente menos dolor que el que podría suponerse lo que le hace volver a la pelea en lugar de huir; es como si estuviera en un estado de euforia que le anima a seguir luchando. Para que esto ocurra, es necesario que los ganaderos produzcan toros bravos de verdad y que durante la lidia se les dosifique el castigo acorde con su fuerza y bravura para poner en marcha la capacidad de respuesta por la liberación de endorfinas, cortisol y dopamina; esta última -que es un neurotransmisor-, además, incrementa la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la energía necesarias para la lidia.

De este mecanismo fisiológico no hablan los antitaurinos porque o no lo conocen o lo ocultan intencionadamente. Ahora dicen que a la tauromaquia le quedan 10 años de vida. Ya se sabe que un bulo mil veces repetido se convierte en una gran falsedad. Pasarán 10, 20, 40 años… y seguirán existiendo los toros en España. Es una fiesta muy arraigada en una parte importante del pueblo español, especialmente en algunas regiones –Navarra entre ellas- por lo que es muy difícil que desaparezca. Solo podrá desaparecer cuando la gente, de manera libre y voluntaria, deje de interesarse por ella. Mientras tanto, que dejen vivir en libertad.

Antonio Purroy Unanua es Ingeniero Agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra