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El legado ambivalente del 68

El 68 fue un movimiento que alcanza al conjunto de los países industrializados estableciendo referentes subversivos fuera de esas fronteras. Los historiadores han enfatizado el carácter transnacional del fenómeno, así como la pertinencia de atender a un contexto temporal más amplio (‘los años 68’, la década 1965-1975), donde los movimientos de los 60 y el propio 68 francés no serían más que el acelerador de un conjunto de transformaciones en marcha desde la segunda posguerra mundial. Asimismo, han insistido en la dimensión cultural del 68 y retomado desde esa perspectiva la reflexión sobre el legado del 68 como derivada de una memoria global del 68.

La originalidad del escenario francés, con la conjunción incompleta y conflictiva del movimiento estudiantil y la huelga obrera, dificulta su interpretación, aunque refuerce el sentimiento de rechazo frontal a una sociedad volcada al consumismo y que es percibida como hipócrita y conformista. ¿Qué fue el 68 francés? ¿Una experiencia “insaisissable” (de Gaulle), una revolución “introuvable” (Aron), un acontecimiento “monstre” (Nora) o un fundamental “événement de paroles” (Canut y Prieur)? “Se puede hacer decir todo a mayo del 68”, consideraba un antiguo activista al filo del 40o aniversario. Por ello, medio siglo después, es más necesario que nunca repensar el 68.

El mayo francés significó una doble explosión de la palabra y la acción. La imagen de Certeau, en la inmediatez de los hechos, resulta sugestiva: “En mayo pasado, se tomó la palabra como se tomó la Bastilla en 1789”. El 68 se presenta como una liberación de la palabra, la reivindicación del ‘derecho a hablar’ de todos, pero en nombre propio. Por primera vez, una revolución social se vuelve un fenómeno de lenguaje, que resulta al mismo tiempo un desafío político. La palabra impertinente y excesiva, como nueva arma simbólica, se convierte en una fuerza de emancipación política.

El mito de la barricada adquiere un nuevo sentido: pierde su utilidad militar para constituir la “delimitación de un lugar de la palabra, de un lugar donde el deseo puede inscribirse y llegar a la palabra” (Geismar). La ciudad como libro colectivo acoge la “palabra salvaje” (Barthes) de las auténticas fuerzas vivas del movimiento, ansiosas de pronunciarse contra el orden establecido o simplemente de desenmascarar a través del humor, la parodia, la paradoja o lo insólito los límites de todos los viejos discursos. Se trata de poner la palabra al servicio de la vida, como refleja la proximidad del situacionismo con el lenguaje de mayo (“Queremos vivir”, “Vivir sin tiempos muertos”, “Sed solidarios y no solitarios”, “La cultura es la inversión de la vida”, “Creatividad, espontaneidad, vida”).

El 68 apela a una política creativa donde la vida cotidiana quede en el centro de la cuestión social, y sea capaz de alumbrar una nueva civilización que trascienda la cosificación económica (Marcuse). Esa aspiración ha recobrado actualidad: una nueva política sensible a la vida de la gente, que mueve a la presencia y participación ciudadanas, un deseo de vivificar las instituciones tanto como el lenguaje. El 68 establece así un doble compromiso con la creatividad y la crítica, entendidas como herramientas fundamentales para la construcción social. El deseo inscrito en la palabra no como carencia sino como producción y extensión del campo social (Deleuze).

La sublimación subversiva del deseo hizo aflorar una cultura de la autenticidad entendida como afirmación absoluta del propio ser singular. Frente a cualquier norma externa se defiende el derecho a la diferencia, sea cual fuere. Las normas de vocación universal desaparecen en beneficio de los particularismos, lo que dificulta seriamente la comunicación y el fortalecimiento del pensamiento: el pensamiento débil acabará identificado con el pensamiento correcto, soslayándose toda discusión sobre una política de límites. Esta es, sin duda, la parte más incómoda del legado del 68, y la que invita a reflexionar.

De la dinámica de transgresión del orden establecido se ha pasado a la banalización actual de cualquier realidad, reducido todo a una única dimensión, lo que nos devuelve a la crítica marcuseana. El relativismo del 68 ha favorecido, por paradójico que resulte respecto a la atmósfera en que se desenvolvió el movimiento, un nuevo conformismo –la instalación en el presente, sin mayores expectativas de futuro– cuyos contornos ideológicos superan el individualismo liberal/libertario de los 80, tal y como ha sugerido Castoriadis al caracterizar el posmodernismo como conformismo generalizado.

Esta ausencia de verdades madres facilita la disgregación de la comunidad, el abandono de la búsqueda de la unidad, y reduce la pluralidad a una amalgama (posmoderna) de espíritus que erosiona el valor de la democracia. La actual amenaza populista, de derecha o izquierda, no es una casualidad. Es lo que sobreviene cuando la palabra liberada prescinde de toda
palabra de autoridad, y acaba convertida en vieja demagogia, como se registra últimamente en el discurso de algunos grupos o movimientos que, en su origen, como el 68, hicieron de la calle un lugar de la palabra al que atender y escuchar.

Juan María Sánchez-Prieto es profesor de Sociología de la UPNA y miembro de Sociedad Civil Navarra




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Aquella Europa atormentada

Nuestro país ha dado lugar a personajes extraordinarios. Uno de ellos es sin duda el médico humanista segoviano Andrés Laguna de familia judeoconversa (1510). Estudió artes en Salamanca y se graduó en medicina en París, también se formó en lenguas clásicas. Varios de sus biógrafos mantienen que fue profesor de las universidades de Alcalá y de Toledo, y el emperador Carlos V y el papa Julio III le nombraron su médico personal. Se doctoró en la Universidad de Bolonia y trabajó en media Europa como médico, botánico, farmacólogo, escritor, traductor…

Le traemos a estas líneas porque el rector de la Universidad de Colonia le encargó un discurso sobre lo que le acontecía a Europa. En su “Discurso de Europa”, que él mismo representó de forma teatralizada ante el claustro universitario repleto de los principales nobles y príncipes eclesiásticos y seglares de la época, el 22 de enero de 1543, llama a la concordia y a la paz de una Europa en continuas guerras por el poder y la religión que solo acarreaban hambre, peste y muerte. Laguna veía a Europa como un ente cultural y político que estaba llamada, a pesar de las rivalidades y diferencias, a conquistar el mundo y la modernidad. Pero en aquel momento era pesimista y veía cómo Europa “míseramente a sí misma se atormenta y lamenta su propia desgracia”. El texto fue escrito en latín y después publicado y muy leído en toda Europa. Recientemente, ha sido traducido al castellano y una compañía de teatro segoviana (Nao d ́amores) lo representa lleno de sensibilidad artística y de sentimiento europeísta.

Y si Europa estaba así era por algo. Europa hunde sus raíces en las culturas griega y romana, que se enfrentan entre sí. Más tarde, llegan los pueblos germánicos que se extienden de norte a sur, acompañados de las correspondientes batallas. Tampoco se puede obviar la invasión árabe, de sur a norte. La llegada del Renacimiento no aplaca los ánimos y también se enfrentan las principales monarquías entre ellas. La reforma de Lutero trajo consigo también numerosos conflictos. La Ilustración hace su aparición y con ella la revolución francesa, la invasión de España por los franceses, la revolución industrial inglesa… Ya en el siglo XX las dos guerras mundiales y la revolución rusa. Guerras y conflictos que generan bastantes millones de víctimas mortales.

Ante este panorama, la creación de una nueva Europa tenía que llegar. Desde el final de la devastadora 2a guerra mundial (1945) hasta nuestros días se produce el periodo más largo de paz en Europa. Hoy 9 de mayo se celebra el día de Europa para conmemorar el germen de la actual Unión Europea, que fue la creación en 1951 de un organismo supranacional para administrar el carbón y el acero: la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA). La CECA dio lugar al Tratado de Roma para crear el Mercado Común Europeo con sólo seis países miembros (1957). A lo largo de los años se fue ampliando el número hasta llegar a 28 (27 sin el Reino Unido), para conformar la Unión Europea. Europa es en la actualidad una de las regiones más próspera del planeta, donde el progreso y el desarrollo intentan garantizar el bienestar de los 510 millones de europeos, pues somos la región que mayor porcentaje del PIB dedica al estado de bienestar, el 30%. Además, Europa es el ente político supranacional más solidario en cooperación al desarrollo del mundo y aporta ella sola por encima de la mitad de la ayuda total.

Para poder ser admitido como país miembro es necesario acreditar valores como la libertad, la democracia, la igualdad, el respeto al estado de derecho y a los derechos humanos: tan fácil de decir como difícil de cumplir. Una vez dentro, se convierte en coprotagonista de las políticas que son el ADN europeo, políticas sobre el conocimiento y la educación, la innovación tecnológica, el aprovechamiento de la energía, la protección del medio ambiente y el desarrollo sostenible, la cohesión territorial, la cohesión social… y, lo que es más importante, todo ello aderezado de paz, de seguridad, de solidaridad económica y social, de identidad y diversidad europeas con valores humanitarios y progresistas. Pero todo hay que decirlo, hay países como Noruega, Suiza y Liechtenstein que no han querido entrar y otro como el Reino Unido que acaba de salir.

España es país miembro desde 1986 y en su gran desarrollo de estas últimas décadas ha tenido bastante que ver la UE. Se da la circunstancia de que somos receptores netos de ayudas, ya que recibimos más de lo que aportamos a las arcas europeas. Aunque las políticas comunes se surten de un pequeño porcentaje del PIB total europeo, no más allá del 1,06 %, han servido para que los países receptores netos hayan podido mejorar sus infraestructuras, invertir en I+D+i, ayudar a los agricultores, mejorar el medio ambiente, proteger a los consumidores, aumentar las ayudas sociales etc. Navarra no ha sido ajena a estas ayudas y mejoras. La sociedad navarra es consciente de lo que ha supuesto pertenecer a un club de países que fomenta la igualdad, el progreso, la solidaridad y la paz. ¿En qué se parece esta Europa a la de hace unos siglos? ¿Y a la de hace 70 años?

Antonio Purroy Unanua es ingeniero agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra




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Una plaza para Rosalind Franklin

La semana pasada, el 16 de abril se cumplió el sexagésimo aniversario de la muerte de la química británica Rosalind Franklin. Nueve días después, el 25, el sexagesimoquinto de la publicación, en la revista Nature, de los tres artículos que marcaron el inicio de la era del ADN. De estos tres artículos los dos últimos iban firmados por Rosalind Franklin y Maurice Wilkins. El primero, en el que se proponía la estructura en doble hélice del ADN, iba firmado por James Watson y Francis Crick. Wilkins, Watson y Crick recibieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1962. Rosalind Franklin no recibió premio alguno, ni tampoco una mención a su cardinal contribución al hallazgo. Tampoco llegó a enterarse, porque había fallecido por un carcinoma de ovario en 1958, con apenas 37 años. Franklin ha sido, en general, una nota al pie de página en la historia de la Biología hasta su tardía reivindicación. En palabras de su biógrafa, Brenda Maddox, Rosalind Franklin fue “una mujer genial, que vio sus dotes sacrificadas para mayor gloria del macho”.

La historia de Rosalind Franklin tiene un poderoso atractivo porque contiene las adecuadas dosis de talento, gloria científica, injusticia y drama. Ahondando un poco más, hay sombras de un trato condescendiente, si no despectivo, por parte de sus colegas masculinos. Todo ello hace de Rosalind un personaje simpático, que debería ser mucho más conocido de lo que en realidad es.

Quiero invocar a Rosalind Franklin como ejemplo, y sugerir un homenaje que sirva a la vez de reconocimiento e inspiración. Asistimos a una justa reivindicación del papel de la mujer en la ciencia (como en todos los órdenes de la vida). Sin embargo, las carreras científicas no parecen una opción prioritaria para las jóvenes. Quizá episodios de postergación como el de Rosalind Franklin hayan creado un inconsciente poso de conformismo, tanto en las jóvenes que podrían hacer ciencia como en quienes deberían animarles a ello en la familia y el ámbito educativo. El factor ambiental es clave. En el libro “¿Por qué tan pocas?” se afirma que “creer en el potencial de crecimiento intelectual mejora los resultados. Esto es cierto para todos los estudiantes, pero es especialmente útil para las chicas en matemáticas, donde persisten los estereotipos negativos sobre sus capacidades. Creando una mentalidad de crecimiento, profesores y padres pueden alentar el interés y los logros de las jóvenes en matemáticas y ciencias”. Pero claro, para eso hay que querer… y poder.

El trabajo debe ser continuo y en todos los planos. El blog “Mujeres con Ciencia” es una excelente iniciativa de la cátedra de Cultura Científica de la UPV; la celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia también lo es. En este contexto, un homenaje puntual a una persona concreta en una ciudad de mediano tamaño podría parecer irrelevante, pero no lo es.

Insisto: necesitamos ejemplos. Ejemplos tangibles y personales. Necesitamos poder preguntarnos “¿Quién fue Rosalind Franklin?”, para poder buscar la respuesta. Necesitamos que nuestros hijos nos lo puedan preguntar para poderles poner delante el ejemplo de esa mujer excepcional. El cambio y la evolución son acumulativos. Se puede producir un cambio revolucionario en la forma de hacer las cosas a base de sumar acciones aparentemente menores, si estas van en la dirección adecuada y son capaces de inspirar a otros. De ahí la propuesta que expongo a continuación.

No subestimemos el poder inspirador de ponerle el nombre justo al lugar adecuado. Si se hace por una causa universal tal poder se multiplica. Creo haber justificado suficientemente la pertinencia de dedicarle a Rosalind Franklin un espacio público en Pamplona. Habrá quien objete que la doctora Franklin “no era de aquí”. Eso no es un demérito, sino un motivo más de reflexión. No hay ciencia “de aquí” o “de allí”, y nos conviene ir fomentando cierta amplitud de miras, frente al localismo centrípeto imperante. Me permito, por último, sugerir -como lugar predilecto para los amantes de la ciencia de nuestra ciudad- la plaza que queda frente a la puerta de acceso al Planetario.

Simbólicamente, la plaza se abre a un espacio científico, pero también a una zona de juegos. No veo un mejor remate a lo que de apasionante y lúdico tiene la actividad científica. No veo mejor manera de proyectar una historia pasada, con sus claroscuros, sobre un futuro que debe construirse sobre el conocimiento y la igualdad.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y máster en Comunicación Científica




tribuna

Sobre toros y escorpiones

Allá por 1980, el PNV andaba a la caza de fondos para construir la nueva sede del partido en el solar de Abando donde antaño se asentara la casa natal de Sabino Arana. Para ello, se fabricaron cinco mil juegos consistentes en un busto de Sabino, diseñado por Jorge Oteiza, y una estela-homenaje a Gernika, obra de Néstor Basterretxea. El PNV pedía ocho mil duros por el juego en bronce, y dos mil duros por un juego más modesto, realizado en material refractario.

La estela es elegante, pero el busto me parece un auténtico desastre, porque salvo por la barba, ni se aproximaa la fisonomía de Arana. De hecho, a quien se parece si se le afeita y se le mira desde tres cuartos es a Andoni Ortuzar cuando se pone firme. Hay en la web algunas imágenes que corroboran lo que digo.

Me he acordado de esta historieta porque Andoni Ortuzar, presidente del PNV, volvió a ponerse firme el domingo de Resurrección. Se puso firme él y de paso nos puso a todos los demás, haciendo referencia a la consolidación del gobierno cuatripartito navarro como parte de la construcción nacional (se entiende que de Euskal Herria).

Lo suyo sería echarse a rabiar por la injerencia de Ortuzar. Las reacciones de los líderes constitucionalistas en Navarra han ido en esa línea. Sin embargo, echo en falta que alguien le dé las gracias a Ortuzar por sus palabras, aunque sea por una vez. Sí: las gracias. A Ortuzar hay que agradecerle la sinceridad y la transparencia. A Ortuzar hay que agradecerle que se comporte como un toro.

Soy de los que piensa que hay dos tipos de peligros. Unos son como el toro, y otros como el escorpión. Los dos pueden ser mortales, pero al toro se le ve venir, se le ven los cuernos y a una mala puedes mantener la distancia o darte la vuelta o trepar a un árbol cuando aún es tiempo. El escorpión sin embargo se esconde, no se le distingue, te puede picar sin que llegues a saber de dónde ha salido.

Ortuzar nos hace un enorme favor diciendo las cosas que dice. Espero que lo haga más a menudo, y que cunda el ejemplo. El suyo y el de aquella consejera de infraestructuras que dijo que la construcción del TAV en Navarra también es (¡qué casualidad!) cuestión de construcción nacional. Hay miles de navarros a los que esto les suena a gloria, y me parece hasta legítimo, siempre que a ellos les parezca legítimo lo que pensamos los demás y que estemos hablando con las cartas boca arriba, los conceptos muy bien definidos y las reglas del juego claras e iguales para todos.

En Navarra, sin embargo, no se trata este asunto con el mismo desparpajo que gastan allende la muga. Ni el Gobierno ni los partidos que lo sustentan (con excepción de EH-Bildu) le tienen demasiada afición a la expresión. En el discurso de investidura que abrió la legislatura, Barkos habló entre otras cosas, de lo social (41 referencias), de derechos (13 referencias), de cultura (12 referencias), de igualdad (8 referencias), de democracia (8 referencias) y de euskera (7 referencias), pero no de esa construcción nacional para la que la consolidación de su gobierno es tan importante a juicio de Ortuzar (y muy probablemente también a juicio de Barkos). Y esto es un problema.

Hay mucho inocente que no solo no ve el riesgo, sino que ni siquiera concibe que exista. Hipnotizados por una verbosidad tan sedante como falaz, no quieren considerar la posibilidad de que lo que Barkos presentó, en su discurso, como “cambio social, igualitario o de valores”, sea en realidad uno de los impulsores de la construcción nacional de Euskal Herria. La presidenta del Gobierno de Navarra goza (no se por qué) de una gran credibilidad. Pero una cosa es la credibilidad, y otra la veracidad, y muchas veces la credibilidad de una persona depende de la credulidad de la audiencia, y no de la consistencia de su discurso.

En el proceso electoral que viene, los logros gubernamentales de esta legislatura y los programas para la siguiente se presentarán de nuevo desde la amable perspectiva planteada en el discurso de investidura de 2015. Cualquier comentario sobre lo que Andoni Ortuzar dejó sentado durante el Aberri Eguna será recibida con el habitual despliegue calificativo: que si fachas, que si vascófobos, que si españolazos… Así, con la cara mas dura que el busto de Sabino Arana.

Porque parece que aquí no está bien visto más que o dejarse cornear por el toro o picar por el escorpión, mientras se jalea el “cambio de valores”.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontologia y máster en Comunicación Científica




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Los ‘peros’ y la libertad de expresión

El lector se habrá percatado de que, cada vez con más frecuencia, quien pretende terciar en alguna conversación sobre un asunto de actualidad comienza con la perífrasis “Yo no soy… pero…”. Póngase en los puntos suspensivos lo que se tercie en cada ocasión: machista, racista, nacionalista español, facha… También cuadra alguno de los “-fobos” que surgen como hongos: homófobo, LGTIfobo, transfobo, euskaráfobo, islamófobo, etc. Hemos interiorizado, para nuestra desgracia, que cualquier discurso o argumentación que contravenga el canon políticamente correcto tiene que ser incoado con una disculpa previa, como si tuviéramos que ir exhibiendo una ejecutoria de hidalguía que nos libre de una postmoderna Santa Inquisición con sus correspondientes autos de fe.

Algo de esto había en un sucedido que viví hace ya muchos años, cuando el propietario de una castiza casa de comidas del burgo de San Cernin, en plenas fiestas, llamó a la Policía Municipal para que se llevaran a un individuo. El buen hombre se me justificaba diciendo “Yo no soy xenófobo, pero el franchute me ha robado”. Se conoce que no estaba muy convencido de que se fueran a llevar al ladrón, y no a él. Entonces me llamó la atención. Hoy, lo de poner el descargo delante de la explicación sale por reflejo, y casi sorprende encontrarse con quien exponga su argumento sin semejantes cautelas. Con todo el cabreo que llevaba, aquel hombre era un precursor.

El problema es que esta dinámica disculpatoria está estrechando el campo discursivo a ojos vista. Si consideramos todos los posibles discursos o líneas argumentales como elementos distribuidos sobre una superficie, es evidente que se están generando islas, o más bien áreas de exclusión argumental. Siempre ha sido norma de prudencia no hablar demasiado alto sobre determinados asuntos. Pues bien: esos “determinados asuntos” se han multiplicado, ocupan cada vez más extensión en el campo discursivo, y van dejando libres apenas unos intersticios en los que con cierta comodidad se pueden manejar algunas obviedades y lugares comunes.

Pongamos un ejemplo. Ha resultado particularmente interesante la intervención de María Dolores de Cospedal en el affaire del máster de Cristina Cifuentes. La ministra comentó en Twitter (¡¡cómo no!!), que las criticas a Cifuentes eran, entre otras cosas, “machistas”. Hay una serie de evidencias incontrovertibles: Cristina Cifuentes es mujer, ha habido cierta confusión con su máster, y en tanto que cargo público, tal confusión puede adquirir una relevancia mayor. Cospedal intenta salvar a Cifuentes de la peor manera posible. Pretende ponerla a resguardo en uno de esos espacios protegidos, de esas vacuolas del campo discursivo. No se puede cuestionar a Cifuentes porque es mujer, y como todo el mundo sabe cuestionar a una mujer (incluso si fuera con fundamento) es de machistas y está, por lo tanto, fuera de lo aceptable. Lo malo es que el cierre que Cospedal pretende no es válido por un doble motivo.

En primer lugar, no resuelve el fondo de la cuestión, cosa que sería de agradecer. De momento, las explicaciones de la propia Cifuentes tampoco parecen satisfactorias, pero al menos lo intenta. En segundo lugar, supone asumir la existencia de los amplios campos de excepcionalidad de los que hablábamos al inicio. ¿Tendremos que interesarnos por el máster de Cifuentes diciendo “Yo no soy machista, pero creo que conviene que aclare lo que pasó”? No sería de recibo tener que interpelar a un político gay a la voz de “Señoría, yo no soy homófobo, pero permítame decirle que su gestión ha sido funesta”. Confío en que no hayamos llegado a ese extremo, porque para preguntar de ciertas maneras quizá sea mejor no preguntar.

Como bien dice Cospedal en el mismo tuit, en política no todo vale, pero hay cosas que valen todavía menos que otras. Se le hace un flaquísimo favor a la sociedad cuando se asume y se acepta sin discusión esta reducción del campo discursivo. Se supone que vivimos una pujanza del derecho a la libertad de expresión, pero hemos aceptado con demasiada facilidad que esa supuesta libertad se ejerza en un campo muy limitado. Que tal limitación haya sido codificada e impuesta casi completamente por instancias ideológicas, culturales e incluso académicas muy concretas es comprensible, puesto que se les ha dejado vía libre para ello. Que los demás hayamos tragado el cebo y andemos, en plan Cospedal, bailando al son que nos tocan y esforzándonos por ser más políticamente correctos que nadie… eso es lo que no se puede entender.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




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La historia escondida de Navarra

Una de las acciones más intensas de la brocha gorda ideológica del nacionalismo tiene como objetivo desdibujar la historia para utilizarla como una forma de justificación de sus actitudes presentes. Tal y como advierte el historiador Alvarez-Junco, el nacionalismo es hoy en día “el gran prisma deformador del pasado”. La educación en Cataluña representa el ejemplo más conocido de esta afirmación, pero no podemos soslayar lo que está ocurriendo también en Navarra.

De un modo descarado y sistemático, la imagen que se transmite del pasado de Navarra pone el acento en la cultura vasca como la única capa que conforma la conciencia colectiva de la navarridad y en la conquista de 1512 por la Corona de Castilla como el punto de inflexión fundamental en la historia de la Comunidad Foral. Todo ello en clave de agravio doliente con España y obviando, de modo intencionado que, desde 1515 hasta comienzos del siglo XIX, Navarra fue un reino separado, primero dentro de la Corona de Castilla y luego dentro de la Monarquía hispánica con sus propias Cortes, su Diputación del reino y sus tribunales de justicia.

Analizar los hechos antiguos con los ojos actuales es un despropósito que raya en lo absurdo. La Navarra prerromana era multilingüe y también multicultural. Transformar a los vascones -que no vascos- en una suerte de Estado único cuya capitalidad correspondía a la ciudad de Pamplona, supone ignorar que los vascones carecían de los tres elementos que conforman una entidad política aglutinante: territorio, población y poder.

Las fuentes arqueológicas nos hablan de la presencia de unos grupos humanos muy poco homogéneos y con un considerable grado de penetración de la influencia cultural y lingüística de celtas e iberos. Así, la concentración de poblados de la Edad del Hierro y la antroponimia de las estelas funerarias con nombres como Viriatus, Anbatus, etc. certifican un alto grado de celtización en el occidente de Navarra – la ribera de Estella y la parte que linda con Alava-. La presencia cultural y lingüística ibera se deja sentir sobre todo en la Navarra oriental (Sangüesa, Javier).

Los vestigios arqueológicos confirman también que Pompaelo, en los primeros siglos de nuestra era, fue la ciudad romana más importante del área pirenaica. Los numerosos restos de construcciones termales, calzadas y murallas de la Pamplona romana nos dibujan una trama urbana avanzada y compleja, con presencia además de una rica y variada cultura material (cerámica, sellos, monedas, etc.).

Los documentos del Archivo de Navarra también constatan que la administración del Reino de Navarra escribió primero en latín, luego en romance, y ya durante el siglo XV, se expresó en castellano, al igual que las élites nobiliarias y eclesiásticas. En definitiva, la lengua vasca antigua ya retrocedió de modo natural en Navarra a lo largo de toda la Edad Media. Cuatro siglos después, la llegada de la escuela pública al medio rural a finales del siglo XIX y la alfabetización en castellano serían claves para continuar con el retroceso, marcado además por la fragmentación dialectal del vascuence.

Otra de las improntas culturales que han marcado a Navarra ha sido, sin duda, la de Francia, por su proximidad geográfica y porque nada menos que cuatro de las siete dinastías que ocuparon el trono del reino de Navarra hasta 1512 fueron de origen francés: los Champagne, los Capetos, los Evreux y los Foix-Albret. Los usos y costumbres de la administración del Reino de Navarra tuvieron una inequívoca influencia francesa y su reflejo consiguiente en la lengua de la nobleza y de los funcionarios, el romance navarro, y en la arquitectura civil y religiosa.

Finalmente, nos quedan las innegables aportaciones islámicas y judías. La huella islámica está presente entre los siglos VIII y X, como así lo atestigua el cementerio localizado en la Plaza del Castillo con cerca de 200 individuos musulmanes orientados hacia la Meca, uno de los más antiguos del norte de España. Pero más significativa es, si cabe, la conocida vinculación consanguínea entre los Iñigo o Arista -el linaje familiar al que pertenecieron los caudillos del territorio pamplonés del siglo IX- con los Banu Qa- si, la familia árabe que dominó el sur de Navarra. La presencia de las juderías de Navarra quedó documentada ya en el año 1063, y su existencia se prolongó hasta su expulsión en 1498 por los reyes Juan de Labrit y Catalina de Foix.

El reduccionismo de las corrientes historiográficas nacionalistas, con el apoyo de una parte del mundo de la cultura que busca el agradable calor de la subvención, persigue, en definitiva, la imposición del relato de la vasquidad como la única impronta cultural en Navarra. Algo tan falso como peligroso por su objetivo final.

Elena Sola Zufía es licenciada en Filosofía y Letras y miembro de Sociedad Civil Navarra




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Secesionismo y deconstrucción

Es frecuente asociar el término deconstrucción a la voluntad de desmontar los planteamientos metafísicos, al empeño de anulas los opuestos o, en general, a la operación de desmitificación o desideologización de cualquier discurso esencialista, ignorante de los estratos temporales que esconde su propia estructura conceptual cuando aborda la pregunta ‘¿qué es…?’. Nos gusta deconstruir, no tanto que nos deconstruyan, pues estamos convencidos que ideología es el pensamiento del otro, no el nuestro, siempre capaces del más fino análisis intelectual.

La cuestión catalana ha pasado ya de la fase puramente destructiva a la propiamente deconstructiva, más sugestiva. Durante la última década asistimos, incrédulos e impotentes la mayoría, al proceso de metamorfosis del catalanismo. Contemplamos cómo del nacionalismo moderado se pasaba al secesionismo; del sentido común y el pragmatismo de los líderes a la sinrazón y la sinvergonzonería; del posibilismo político a la obcecación ideológica; de la modernización económica a la destrucción del tejido empresarial y a la fractura social.

Ha sido un espectáculo excesivamente largo y tedioso, sin mayor aliciente para las gentes sensatas que la especulación sobre la forma que revestiría el fracaso final de la intentona secesionista. Ha sido un puro acontecimiento de palabras, muy disociado de la experiencia del mundo real, si no fuera por las consecuencias demasiado visibles y desgraciadas que tanto discurso fatuo ha acarreado. Todos convienen que el ‘procés’ está muerto, aunque no sepan cómo enterrarlo. Este es el último acto del drama que presenciamos.

La parafernalia discursiva y los simulacros de acción de los secesionistas (consultas populares y declaraciones parlamentarias incluidas), sin verdadera referencia a la auténtica realidad de las cosas, han mostrado su impotencia ante lo que no ha sido, paradójicamente, más que silencio y acción contenida por parte del Gobierno: la aplicación de un 155 mínimo precedido y seguido de un discurso también mínimo. En representación del Estado, aquí quien ha hablado ha sido el rey Felipe, con bastante claridad y dureza, por lo que no ha gustado evidentemente a todos.

La prudencia del PP gobernante (su falta de coraje y los complejos en el sentir de muchos de sus votantes) le ha pasado factura en las elecciones catalanas convocadas por el propio Rajoy al amparo del 155, y el futuro pinta amenazador, a tenor de las encuestas que desde entonces apuntan a un ‘sorpasso’ de Ciudadanos (C’s) en el centro derecha español, sino sucede algo mayor. El fantasma de UCD sigue vivo. El presidente invoca su principal responsabilidad de defender el orden institucional de libertad, antes que atender a sus intereses particulares o electorales, pero eso no le valió a Suárez (que incluso se atrevió a dimitir) para evitar la destrucción de su partido.

El golpe catalán ha puesto a prueba la capacidad de aguante de la sociedad española, muy resentida tras la experiencia de la crisis económica. Rajoy se reivindica como artífice de la recuperación, pero no valora suficientemente el efecto de cansancio acumulado y hasta agotamiento que ha venido a añadir la cuestión catalana, jugando desde el inicio el secesionismo con explotar a su favor la presunta debilidad española ante la crisis. Los detalles conocidos a raíz de las investigaciones policiales y judiciales sobre la utilización concreta que se ha hecho de las instituciones autonómicas catalanas para atentar contra el Estado y contra las reglas democráticas de convivencia y respeto político al adversario, se vuelven también contra la inacción del Gobierno de España.

La desmoralización de la sociedad hacia sus gobernantes y los políticos en general ha sido instrumentalizada por el populismo, cuyo potencial destructivo se acaba de poner de manifiesto en Italia, pero ha provocado también el rearme de la sociedad civil, con logros evidentes como se está viendo en Cataluña con la reciente irrupción de Tabarnia. Con ella, la cuestión catalana ha iniciado – sorpresivamente por su eficacia– la etapa deconstructiva. El secesionismo ante su espejo se muestra realmente impotente. Resulta más fácil desmontar una estructura conceptual, como sin duda es el nacionalismo, utilizando su misma argumentación, pero en sentido inverso.

Desde los resultados electorales del 21-D, donde la concurrencia separada de los secesionistas permitió a Ciudadanos convertirse en el partido más votado de Cataluña, las cosas siguen cambiando. El discurso del actor Boadella en el exilio, semanas después, emulando mucho más a Tarradellas que a Puigdemont, ha dignificado la virtud del humor como virtud cívica frente a las inadmisibles patochadas de algunos políticos que envueltos en su bandera personal han perdido hasta el sentido del ridículo. Ha demostrado también su poder moralizador (en el sentido orteguiano de elevar la moral) y movilizador, no ya en la calle como se vio el pasado 4 de marzo, sino en la opinión pública. La última encuesta de voto catalana, con fuerte descenso del apoyo al secesionismo, parece certificar el éxito de la deconstrucción como estrategia de lectura aplicada a la política.

Juan María Sánchez-Prieto es profesor de Sociología de la UPNA y miembro de Sociedad Civil Navarra




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Podemos, las pensiones y el desfibrilador

Inmediatamente después de las elecciones de junio de 2016, Diario de Navarra publicó un artículo firmado por quien esto escribe, titulado “Desagravio a los viejos”. El texto no era más que una reivindicación de la impagable aportación de los pensionistas y jubilados a la cohesión y supervivencia de la sociedad española durante la crisis que comenzó en 2008.

Si consideré necesario redactar tal desagravio, fue en respuesta a algunas posiciones sumamente ofensivas sobre dicho colectivo, según las cuales su voto había sido determinante en el resultado de las elecciones recién celebradas. Más concretamente se achacaba a estas cohortes de población la frustración del “cambio”, y la victoria del Partido Popular. Esta posición fue abanderada por Podemos, principal damnificado por el resultado electoral, y tuvo mucho eco en sus resonadores digitales y mediáticos.

Conviene recordar la ristra de salvajadas que prefirió el tuiterío podemita, poniendo la “jeunesse caviar” (ellos), frente a una España casposa, avejentada y carca, secuestrada por el facherío. Recuérdenlo, porque a veces parece que en este país la memoria funciona solo para lo que les conviene a algunos.

De aquello hace menos de dos años, y hasta donde uno sabe, la situación del sistema de pensiones era entonces tan insostenible como ahora, las pensiones eran tan “de miseria” como ahora, la hucha se vaciaba a ojos vista, y las soluciones al problema estaban muy lejos, como ahora. Sin embargo los pensionistas, para Iglesias y los suyos, no eran más que un estorbo, una incómoda alambrada de espino en su asalto a los cielos.

Las pensiones no están sustancialmente peor, aunque estén fatal… pero Podemos sí que está peor, mucho peor que en 2016. De estar pensando en asaltar los cielos y gobernar España, Podemos ha pasado a ser un partido catatónico, paralizado, dividido, desangrado en purgas y disensiones internas, zurrándose la badana por seguir pisando moqueta y con un líder que ha pasado de ser el perejil de todas las salsas a vivir bunkerizado.

Y en estas andábamos cuando llegó la carta. La carta, ya lo habrán adivinado, es el papel -o papelón, más bien- en el que el ministerio del ramo anunciaba la ambiciosa subida de un cuartillo en las pensiones. Llegó la carta, se indignaron los pensionistas, se echaron a la calle y ardió Troya.

Cabría esperar que aquel mismo podemismo que despreciaba sin contemplaciones a las quintas más añejas en 2016 sería refractario a sus problemas en 2018. Si les sobraban entonces ¿por qué les iban a necesitar ahora? La respuesta es sencilla: porque Podemos estaba urgentemente necesitado de un desfibrilador que lo devolviera a la vida, un carro reivindicativo al que subirse -aunque tiren otros, como siempre-, y una causa que abanderar con el ojo puesto en las próximas elecciones, municipales y autonómicas de 2019. Un caso de parasitismo de los de manual.

Podemos se ha revelado como una máquina bastante precisa cuando se trata de gestionar el barullo y el descontento. Cuando se trata de gestionar, a secas, la cosa cambia. En un asunto tan complicado como el sistema de pensiones, tiran por la calle de en medio: “la solución al problema de las pensiones bajas es… subirlas”. Cierto, pero insuficiente. Pero si mientras tanto se capitaliza políticamente la frustración y volvemos a abrir los informativos ¿qué importancia tiene que propongamos los remedios de Perogrullo?

Podemos siempre ha presumido de abrazar causas justas. Las reivindicaciones de los pensionistas seguramente lo son. Curiosamente, en España se ha tratado otra causa justa que tiene que ver con pensionistas. Se trataba de ver cómo ayudar a los pensionistas venezolanos -varios miles- que llevan desde 2015 sin cobrar sus pensiones. Pues bien, hubo casi unanimidad a la hora de apoyar estas iniciativas. Solamente Podemos y asociados se opusieron a las medidas propuestas, porque “todo lo que tiene que ver con Venezuela se instrumentaliza con fines políticos”.

Evidentemente, es exactamente eso, instrumentalizar con fines políticos, lo que Podemos pretende hacer con las pensiones y los pensionistas españoles. Al tiempo.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología




trashumancia

El gran patrimonio de la trashumancia

Que nadie piense que la trashumancia es una tradición reciente, es una costumbre ancestral. La trashumancia es el desplazamiento de los animales en busca de alimentos y de condiciones climáticas favorables. Siempre se han producido las grandes migraciones de animales rumiantes salvajes hacia zonas de pastos frescos y abundantes. Posiblemente, la más numerosa sea la de millones de ñus, cebras, gacelas… que atraviesan el río Mara desde el Serengueti a la reserva Masai- Mara de Kenya –y al contrario-, un gran espectáculo que se sigue produciendo cada año.

La primera trashumancia gestionada por el hombre se produce con el nomadismo a partir de las primeras domesticaciones – ¡hace más de 10.000 años!-, en la que familias y rebaños se desplazaban continuamente en busca de alimento para el ganado, es el primer gran ejemplo del buen trato del hombre hacia el animal.

Lo que se conoce como trashumancia en España es el traslado a pie en primavera de los rebaños de ovejas de raza Merina hacia los pastos tiernos de montaña en el norte (Castilla), y la vuelta en otoño hacia las zonas más bajas y templadas (Extremadura y Andalucía), con unos trayectos largos de unos 800-1.000 km.

El rey Alfonso X El Sabio creó la Mesta (1273) para apoyar a los ganaderos que realizaban esta práctica por el gran valor que tenía su lana para el Reyno de Castilla, también llamada el “oro blanco”. Los rebaños se desplazaban por las cañadas reales (con una anchura de 90 varas castellanas ó 75,2 m), los cordeles, las veredas y los ramales, que supusieron una red de unos 124.000 km en total y unas 421.000 ha de superficie, un gran tejido geográfico que unió y vertebró la España de la época.
Mucho más tarde, en 1501, se promulgó el polémico Derecho de Posesión por el que los ganaderos trashumantes podían disfrutar “de por vida” de los pastos a cambio de una renta vitalicia. Este edicto se abolió en 1786 y, 50 años más tarde, la propia Mesta.

La Mesta llegó a organizarse en 4 asambleas o cuadrillas en las principales cabeceras de las cañadas reales: León, Segovia, Soria y Cuenca. Cada cuadrilla nombraba un Alcalde Entregador que podía ejercer de juez si llegaba el caso. Debido a su carácter recaudador existían los Procuradores –recaudadores- y los Contadores –contables-. Toda la gran organización estaba presidida por el Alcalde Entregador Mayor, nombrado por el rey, que tenía asiento en el Consejo del Reino, tal era su importancia.
De manera regular, entre 3 y 4 millones de ovejas merinas realizaban la trashumancia. A lo largo de las cañadas reales se instalaron los Esquileos, grandes edificios donde las ovejas se esquilaban en primavera, y los Lavaderos para lavar la lana antes de su aprovechamiento industrial. Dada su gran calidad, prácticamente la mitad de la lana producida se exportaba al Reino Unido, Países Bajos, Francia, Italia…, donde era muy apreciada para la industria textil.

En aquella época la lana era la principal materia prima del comercio exterior: quien controlaba su mercado se convertía en la primera potencia mundial, este papel le correspondió a España durante mucho tiempo. Los principales centros textiles europeos dependían de la lana fina española por lo que según la época entre 2.000 y 5.000 Tm de lana salían cada año de los puertos castellanos –Laredo, Bilbao, Fuenterrabía…- rumbo a Europa. En los años de esplendor la corona de Castilla llegó a ingresar hasta un tercio de la recaudación total de los impuestos provenientes de la lana. La trashumancia ha supuesto un gran patrimonio social, económico y cultural en nuestro país.

¿Y qué ha ocurrido en Navarra? Ya el rey Sancho Ga otorgó en el s. IX (882) a los pastores roncaleses el disfrute de los pastos bardeneros; más tarde, los reyes Catalina de Foix y Juan de Albret se lo con-cedieron a los salacencos. Aunque los principales trayectos son de los valles pirenaicos a las Bardenas, de norte a sur, y viceversa, también se diseñaron de este a oeste de recorrido más corto, con lo que Navarra quedaba ampliamente surcada y vertebrada en todas las direcciones. Aquí las vías pecuarias recibían el nombre de Caña- das Reales (40 m), Traviesas, Pasa- das y Ramales, con una menor longitud y anchura que las castellanas.

La trashumancia sigue vigente en Navarra, aunque quedan pocos rebaños que la siguen haciendo a pie. La entrada en las Bardenas en el mes de setiembre se ha convertido en un espectáculo festivo. Este paraje tan singular se convierte en un gran refugio durante el invierno para unas 60.000 ovejas navarras, gracias a la gestión ganadera y ambiental que realiza la Junta General de Bardenas formada por miembros de los 19 pueblos riberos congozantes, junto con los valles del Roncal, Salazar y el Monasterio de la Oliva.

La existencia de la trashumancia ha facilitado que la Navarra del norte y la del sur hayan estado más unidas a través de la economía pastoril y de las uniones familiares. La Asociación de Amigos de las Cañadas de Navarra sigue manteniendo viva la llama de una tradición tan interesante que no debería perderse.

Antonio Purroy Unanua es catedrático de Producción Agraria y miembro de Sociedad Civil Navarra




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La Memoria Negra

La vida cotidiana nos envuelve y el tiempo transcurre implacable y sin pausa. Por eso es tan importante que todos los años, cada 11 de febrero, los ciudadanos navarros encontremos juntos un pequeño espacio de tiempo para recordar y homenajear a las víctimas de ETA, siguiendo el espíritu de la declaración institucional adoptada por el Parlamento de Navarra en el año 2015, aunque con los votos en contra de Bildu-Nafarroa, Aralar-Nabai e I-E.

Hoy más que nunca, resulta esencial que los ciudadanos subrayemos en todos los foros posibles, incluidos los académicos, la distinción de moral y de calidad humana entre las víctimas de ETA y sus asesinos y, además, que nos neguemos a la aceptación acrítica del elemento clave de la nueva narrativa sobre el terrorismo: el relato del “conflicto”, el mito que lo justifica.
La presencia en las instituciones democráticas de quienes se niegan a condenar la historia del terror y justifican con piruetas semánticas los asesinatos de la banda terrorista, está proyectando sobre las nuevas generaciones de navarros una nueva narrativa sobre el terrorismo. Como último ejemplo, el informe del “Mapa del Sufrimiento” impulsado desde el ayuntamiento de Etxarri-Aranaz por EH-Bildu.

La derrota de ETA se consiguió porque la respuesta a la violencia terrorista fue el Estado de Derecho. La sociedad española y las víctimas nunca respondieron con violencia, tal y como ETA deseaba. Por este motivo, a todos los ciudadanos que sufrieron el horror de ese monstruo llamado ETA, les debemos cada 11 de febrero, el Día de la Memoria, un merecido homenaje por la lección de humanidad que nos han dado a lo largo de todos estos años y por su explícita generosidad en muchísimos actos.
Por supuesto que los ciudadanos también recordamos con tristeza que hubo excepciones que mancharon este buen camino. Durante los años conocidos como los años de plomo, la convicción de que la eliminación física de los terroristas podía ayudar en la lucha contra ETA impulsaron, de modo equivocado, la creación del GAL y del Batallón Vasco Español, además de los execrables abusos de una pequeña parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Detrás de estos abusos y asesinatos no hubo ningún proyecto político totalitario orquestado durante décadas para desestabilizar la democracia y, además, la respuesta del Estado de derecho fue la detención, juicio y condena de sus responsables por parte de otros funcionarios públicos. En cambio, ETA fue una estructura temible que oprimió durante más de cincuenta años fundamentalmente a toda la sociedad vasca y navarra, hasta llevarla a una situación de miedo y de terror inimaginables.

Por ello, de ningún modo estos actos violentos empañaron la trayectoria del colectivo de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, con el que toda la sociedad tiene una deuda de gratitud por su incansable trabajo y espíritu de servicio para librar a la sociedad española del cruel azote terrorista.

Finalmente, no podemos olvidar que ETA pretendió imponer su proyecto totalitario con la fantasía historicista del conflicto vasco como agente legitimador de la violencia. La fantasía de un pueblo vasco oprimido y en conflicto perpetuo con España no tiene ninguna base histórica y responde a la construcción victimista que todo nacionalismo necesita para tener razón de su existencia.

En realidad, los terroristas tuvieron la voluntad de matar en democracia por odio político a personas que, simplemente, no querían un modelo de sociedad para el País Vasco y Navarra con ese independentismo totalitarista como máximo referente.
Superados los años de la Memoria Negra, la nueva y malintencionada educación emocional busca desvincular la cuestión moral de la memoria de las víctimas. Todos son considerados a la vez víctimas y culpables, lo que en la práctica, les exonera de cualquier responsabilidad. En palabras de Hanna Arendt, la filósofa judía de origen alemán, “Donde todos son culpables, nadie lo es”.

El viejo proyecto independentista abertzale, que fue la base ideológica para asesinar en democracia, necesita ofrecer una imagen renovada y limpia para aliviar conciencias y captar nuevos adeptos para la causa. Pero el espejo de la memoria de las víctimas no miente.

El monstruo que vino a vernos, devorando tantas y tantas vidas y envenenando a nuestra sociedad, se llamaba ETA. Y los ciudadanos no podemos, de ninguna manera, cerrar los ojos ante la intensa operación de cosmética oficial dirigida a las nuevas generaciones de navarros.

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non-grata

¿Non grata?, no gracias

El 24 de octubre de 2017, el ayunta- miento de San Andreu de Llavaneres declaró “personae non gratae” al Rey, al presidente y a la vicepresidenta de Gobierno de España, al delegado del Gobierno en Cataluña, a la líder de la oposición en el Parlament, y a otras personalidades de las que no me consta el nombre. Es digna de reseñar esa industriosidad, tan catalana, que permitió gestionar la declaración en bloque, ahorrando esfuerzos y recursos. Parafraseando a Francisco de Rojas Zorrilla, los de Sant Andreu no dejaron en gracia “del Rey abajo, ninguno”.

La declaración se fundaba en una petición firmada por trescientos convecinos. El censo de Sant Andreu de Llavaneres es de unos 10.000 habitantes, así que la petición fue endosada por sólo el 3% de la población. ¡Bendito “tres por ciento”, que aparece, como el número pi, cada vez que ingresa uno en el círculo catalán!

Recientemente, el Parlamento de Navarra ha rechazado otra solicitud de declaración de “persona non grata” contra la consejera de Infraestructuras del Gobierno Vasco, señora Tapia. La consejera dijo que lo de unir las tres capitales de la CAV con Pamplona era unir “cuatro capitales vascas” y que era una cuestión de “construcción nacional”. La consejera debió de confundir el suelo del salón con las verdes campas de Foronda, y en vez de dejarse las ansias constructivas a la entrada del acto prefirió aprovechar el momento para invocar La Causa. Fue un ejemplo de oportunismo, pero no de diplomacia.

Del ámbito diplomático procede la práctica de declarar a alguien persona non grata. La convención de Viena de 1961, sobre Relaciones Diplomáticas, reza en su artículo noveno que “El Estado receptor podrá (…) comunicar al Estado acreditante que el jefe u otro miembro del personal diplomático de la misión es persona non grata. (…) El Estado acreditante retirará entonces a esa persona o pondrá término a sus funciones en la misión”. En este contexto original, la declaración conlleva unas consecuencias jurídicas que en el ámbito parlamentario o municipal (o en cualquier otro) no existen.

Nadie pierde un derecho o prerrogativa por ser declarado persona non grata por un ayuntamiento o parlamento, aunque existen dudas sobre si el derecho al honor puede verse afectado, al ser el término “non grato” un juicio de valor sobre la persona en conjunto, y no sobre una determinada conducta u opinión.

Vistas así, las declaraciones de “persona non grata” no trascienden del nivel simbólico -que no es poco-. Podrían entenderse como un exabrupto institucional, como si el parlamento o el ayuntamiento dijeran: “Es usted un impresentable, pero se lo digo desde el respeto institucional, sin acritud y por mayoría”. Ya se sabe que cuando uno suelta un exabrupto se queda muy aliviado.

Sin embargo, estas declaraciones, si proliferan, serán un problema serio. En primer lugar, el exabrupto, por institucional que sea, intoxica el debate, y acaba envenenando las relaciones. Imaginen que un ciudadano es marcado con el sambenito del “non grato” con la consiguiente exposición pública. ¿Puede sentirse posteriormente coartado en su libertad de expresión, conciencia o actuación? ¿Puede ser esa declaración un aviso a navegantes para que el resto ande con ojo?.

He hablado de sambenito con intención. Las declaraciones de “persona non grata” son públicas. ¿Y si a alguien le diera por pasar de las palabras a los hechos y evidenciar a mamporrazos lo non grata que le resulta la persona en cuestión? Al Rey no le van a lapidar en Llavaneras ni a la consejera en Pamplona, principalmente porque no los pisan y porque la mayoría de la gente está civilizada y sabe distinguir. Pero la mayoría no son todos, y si la tendencia a colgar el sambenito de non grato se consolida y se extiende, estaríamos ante una nueva situación, con nuevos riesgos y funestas consecuencias para la libertad. Señalamiento e indefensión son un excelente caldo de cultivo para el mal, y el mal nunca es anecdótico.

Quizá estemos en el momento adecuado para que parlamentos, ayuntamientos y otras instituciones se dediquen de una buena vez a aquello para lo que están constituidos, y se autoimpongan un límite en esa creciente afición a juzgar y colgar estigmas a las personas, por más que sus opiniones les resulten fastidiosas a sus ilustres componentes.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




tabarnia

Todas las ‘Tabarnias’ del mundo

Yo la considero la palabra del año; la que llegó casi a humo de velas, en los estertores finales de 2017, para ponerle una nota de desfachatez y de sana locura a la insana locura del proceso independentista catalán. Por tener, tiene hasta esa resonancia fantasiosa y tintinesca de los países imaginados: Syldavia, Ruritania, Fridonia y, desde hace unos días Tabarnia.

Si algún lector desconoce qué es Tabarnia, la Wikipedia la define como “la denominación propuesta para un territorio de Cataluña por parte de la organización Barcelona is not Catalonia, también llamada Plataforma por la Autonomía de Barcelona, que persiguen establecer como comunidad autónoma independiente una serie de comarcas de Tarragona y Barcelona”. En las últimas elecciones autonómicas, esta área se ha caracterizado por un voto bastante menos independentista que el resto de Cataluña.

En tiempos menos vistosos, Tabarnia hubiera sido poco más que una inocentada. Ahora las cosas se han trastocado de tal manera que hace falta poner en cuarentena casi todo lo que se lee. En este ambiente, Tabarnia ha pasado de divertimento marginal, a ser portada de medios tradicionales y digitales, nacionales y extranjeros, trending topic en las redes sociales socorrido tema de conversación en los corrillos.

La gloria mediática de Tabarnia pasará. Creo que está viviendo aquellos quince minutos de fama que Andy Warhol le recetaba a todo el mundo, pero sería una pena dejar languidecer el fenómeno como una anécdota o un episodio colateral. Tabarnia lleva algunas interesantes lecciones en su seno.

Tabarnia es la verbalización de algunas serias deficiencias estructurales de los movimientos secesionistas. El secesionista es un nuevo absolutismo. Del mismo modo que Luis XIV dijo “El Estado soy yo”, el secesionista dice “El pueblo somos nosotros”. Trapaceramente se constituye en juez y parte. El nacionalismo delimita los criterios para “ser pueblo”, y lo hace de modo que sólo él entra en la definición. A quien no cumple le caben dos remedios. O se fastidia y se queda fuera de la comunidad nacional (lo cual tiene costes que la Historia ha perseverado en evidenciar) o claudica -con más o menos sinceridad- para tener la fiesta en paz y quien sabe si el pan más o menos asegurado.

En toda comunidad afectada por tensiones secesionistas existe una Tabarnia difusa, volátil, de gentes que ni comulgan, ni quieren comulgar, ni falta que les hace, con semejantes planteamientos. Otra cosa es que se haya promovido (y financiado) que el secesionista esté más cohesionado desde el punto de vista asociativo, y que además monte más bulla por la calle. En esto ha tenido mucho que ver la capitalización del folklore local, que han llevado a buen puerto, así como la interesada difusión entre dicho folklore (que es un muy respetable estrato de la cultura), con la Cultura en mayúsculas, por fortuna mucho más rica y universal. Siempre insisto en que muchas actividades de claro tinte político se cuelgan el escapulario de lo cultural para resultar poco menos que intocables y para lograr pingües subvenciones. Así está la Omnium Cultural para demostrar lo que digo.

Lo que Tabarnia materializa en Cataluña es la rebelión contra este estado de cosas de esa poco cohesionada parte de la ciudadanía y su aglutinación en un hipotético Pueblo Disidente dentro, pero a la vez fuera, del Pueblo Elegido. Por eso la simple mención de Tabarnia molesta a los capirotes secesionistas: saben perfectamente que lo que comienza como una broma puede acabar en serio. Muy en serio.

Otras de las deficiencias reveladas por el fenómeno Tabarnia consiste en que, también de forma torticera, el secesionismo determina la escala de su propia actividad. Es su Alfa y Omega. El mismo derecho que prácticamente obliga a separarse de España no podría ejercerse en un nivel ulterior. ¿Valdría el derecho a decidir para, pongamos por caso, escindir la Merindad de Tudela de ese hipotético Estado Vasco Independiente? De nuevo, quien se autoproclama “pueblo que decide” niega la categoría de pueblo y la capacidad de decidir a quien no se quiere conformar con la propuesta. Tabarnia es el segundo paso para llegar a una organización política compuesta por multitud de “repúblicas independientes de mi casa”.

Tabarnia ya no es broma. No es una entelequia, ni una utopía. No es, ni mucho menos, un asunto estrictamente catalán. En cierto modo, Tabarnia somos todos; por lo menos todos aquellos que creemos que ni el nacionalismo ni el independentismo, da igual el pelo que luzcan, tienen superioridad moral alguna sobre quienes no profesamos tan salvíficas ideologías.

 

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra

Tribuna de opinión publicada en Diario de Navarra el 16 de enero de 2018