feminismo4.0

Erótica recaudatoria y feminismo 4.0

El otoño foral, además de los colores propios de la estación, se ha teñido de una fuerte e inesperada contestación social a propósito de las devoluciones de las retenciones por las prestaciones de maternidad y de la aplicación del programa Skolae en los centros y comunidades educativas de Navarra.

El bolsillo del ciudadano siempre ha ejercido una irresistible atracción para cualquier gobernante, y el Gobierno del Cambio ha seguido con diligencia y sin rectificación hasta la fecha, el guión de la erótica recaudatoria. Una enorme torpeza del Cuatripartito con las fotos de las madres y sus hijos en las silletas como símbolos gráficos del colosal enfado que estos días ha sacudido la calle.

Si de verdad se quiere ayudar a las familias y, como consecuencia indirecta, incentivar la maternidad y la paternidad, desde luego uno de los caminos tiene que ser la articulación de unas políticas públicas que beneficien a las familias y que no las expriman como un limón. En el caso de Navarra, el tema duele más por su arbitrariedad, ya que la Comunidad foral tiene la capacidad legal para modificar y mejorar esta cuestión tributaria. De modo que se trata de una clara e incomprensible falta de voluntad política del Gobierno de Uxue Barkos.

Por otro lado, el programa de coeducación en igualdad Skolae ha generado también ríos de tinta y un fuerte debate sobre la conveniencia o no de su aplicación. Partimos de la premisa de que cualquier padre sensato y responsable está de acuerdo en fomentar una pedagogía positiva en las aulas de sus hijos en torno a los valores de la igualdad de oportunidades de cualquier persona, sin distinción de su sexo o de su raza, en educación y trabajo; a la tolerancia cero con la violencia y el acoso verbal, sexual o físico, o a la responsabilidad compartida en las tareas domésticas. Entonces, ¿qué subyace detrás de esta polémica?

El neofeminismo estigmatiza al hombre y santifica a la mujer siempre desde una perspectiva reduccionista, la de considerarlos como colectivos homogéneos y enfrentados en una interminable guerra de sexos. A diferencia de otras culturas, la heterogeneidad es una cualidad esencial para las sociedades modernas occidentales. Ocurre que ni todos los hombres son iguales ni lo somos tampoco todas las mujeres. Así, hay mujeres que están encantadas de trabajar a tiempo parcial. Otras, en cambio, prefieren trabajar sus ocho horas sin plantearse, bajo ningún concepto, una reducción de jornada. Y esto no es una imposición del patriarcado, es una elección libre e individual, con sus ventajas y con sus inconvenientes, como casi todas las decisiones de la vida.

Tal vez esté llegando la hora de una revisión urgente del feminismo 4.0 o lo que es lo mismo, un punto de evolución más ajustado a las nuevas y diversas realidades sociales y laborales que las mujeres vivimos hoy en día, desde luego muy alejadas de las que se conocían en la España de ochenta años atrás. No olvidemos que las mujeres votaron por primera vez en el año 1933, en el marco de la Segunda República, y con excepción de 1936, ya no volvieron a votar hasta 1977. La Constitución española garantizó la voz y el voto de las mujeres, además de proteger su igualdad. Sin ir más lejos, las protagonistas de la escena política navarra han tenido y tienen nombre de mujer: Yolanda Barcina, Uxue Barcos, María Chivite, Ana Beltrán, Laura Pérez, Ainhoa Aznárez… La realidad del establishment foral, no solo en la política, sino también en el ámbito de los medios de comunicación, las uni- versidades, la judicatura o la me- dicina, contradice y niega afirmaciones presentes en Skolae como que “La estructura social actual niega la ciudadanía plena de la mujer (…)” o “… la falsa apariencia de que los hombres y las mujeres son iguales en derechos (…)”.

En definitiva, la revisión y actualización de los modelos feministas en pleno siglo XXI empieza a ser una tarea pendiente y puede que el rechazo de padres y madres al programa Skolae sea ya un primer aviso de esta necesidad de cambio. El recurso de considerar la violencia de género como prueba de una violencia perpetua del hombre y del sistema patriarcal puede llevarnos a un bucle sin fin que precipite a las nuevas generaciones a vivir una vida marcada por el enfrentamiento, el resentimiento y la desconfianza entre sexos. En definitiva, a ser menos iguales, justo el efecto contrario de lo que el feminismo persigue.

Elena Sola Zufía es licenciada en Filosofía y Letras y miembro de Sociedad Civil Navarra




tribuna

Reflexión sobre el adoctrinamiento educativo

Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet, publicó sus “Cinco Memorias sobre la Instrucción Pública” allá por 1792. Con sus dos siglos largos a la espalda, el texto es de tal modernidad que su lectura sorprende al tiempo que ilustra. En materia tan importante introduce valores como el laicismo y la igualdad de mujeres y hombres en lo que toca al acceso a la instrucción. Estos son valores presuntamente muy caros a los autoproclamados “progresistas”, incluidos los muchos que militan en el gremio docente, y son bien ilustrativos de hasta qué punto Condorcet es un autor al que todavía hay que tener en cuenta.

Me he acordado mucho de Condorcet esta temporada por culpa de la polémica desatada a cuenta del adoctrinamiento educativo. Aunque el foco de dicha polémica ha estado inevitablemente centrado en Cataluña, considero que es un problema potencialmente general, y de más calado que el político. Lo triste de Cataluña no es que se haya llegado a la situación actual, sino que eso haya ocurrido sin hacer caso de las numerosas advertencias expresadas por múltiples instancias, y desde hace muchos años.

Porque lo del adoctrinamiento en Cataluña viene de lejos, y como siempre en estos casos, los comienzos son soterrados, muy dados a que la reacción general sea algo parecido a “¡Bah, tampoco es para tanto!”, o peor “Eso son obsesiones de agoreros”, o peor aún, y mas frecuente “¿Y a mi qué, si no me afecta?”.

Les pondré un ejemplo que no ha trascendido ni la milésima parte que algunas estomagantes payasadas de esas a las que el “prusés” nos está acostumbrando a nuestro pesar.

El caso es el del profesor Francisco Oya: historiador, profesor de secundaria y miembro de la asociación Profesores por el Bilingüismo. En el ejercicio de su libertad de cátedra, este docente consideró necesario equilibrar la visión histórica oficial que el sistema proporcionaba a sus alumnos, aportando materiales complementarios: textos clásicos del nacionalismo catalán y alguna entrevista periodística a un historiador de referencia. Les faltó tiempo a algunos de sus alumnos para ir a chivarse al director del centro, que diligentemente procedió no a mandarlos a paseo, que es lo que correspondería, sino a expedientar al profesor Oya, que no ha vuelto a ejercer la docencia.

Este mismo docente sufrió el mismo grado de arbitrariedad hace décadas. Tras obtener en una oposición el número uno -de entre cuatrocientos- fue destinado a un centro a 60 kilómetros de su domicilio, aunque tenía derecho a elegir plaza. La historia, tal como él me la ha contado, es todavía más compleja y dadaísta. Al final el desafuero se acabó arreglando, pero queda patente que la perversión del sistema educativo ha sido continua, sistemática, prolongada y ha afectado a toda la carrera profesional de muchos docentes… además de a la formación intelectual de los alumnos. Por cierto, con lo propensa que es la comunidad docente a la firma de manifiestos y a echarse a la calle para pedir más recursos, menos horas lectivas y mejores ratios, no he visto que nadie se haya movilizado para denunciar esta tropelía. Si esto no era motivo para una “marea”, aunque sea chiquitita, venga Dios y lo vea.

Pero ¿cuál es el delito del profesor Oya?

Muy sencillo: creer que el poder público no es quién para imponer un determinado estado de opinión como verdad única e irrefutable, máxime cuando hay un amplio consenso en considerar ese estado de opinión como una construcción basada en falsedades. Ni mas ni menos. La historia, que es la disciplina a la que el profesor Oya se ha dedicado, es la primera en ser prostituida por los voceros del nuevo orden, pero creo que este principio de no injerencia de lo público debe ser de aplicación general.

No proponía otra cosa el marqués de Condorcet cuando en la primera de sus Memorias afirmaba lo siguiente:

“la libertad (…) no sería sino ilusoria si la sociedad hiciera suyas las generaciones nacientes para dictarles lo que deben creer. Aquel que al entrar en sociedad lleva a ella opiniones que su educación le ha dado ya no es un hombre libre; es un esclavo de sus maestros, y sus cadenas son tanto más difíciles de romper cuanto él mismo no las siente y cree obedecer a su razón cuando no hace sino someterse a la de otro”.

Esta es la radical modernidad de Condorcet, la de ligar la libertad del hombre a la abstención del poder público de imponer una determinada opinión o ideología. Tenga el lector la bondad de ver por qué senderos transita el sistema educativo y valore hasta que punto vamos por el camino equivocado.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




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Paradoja Casado

La juventud, guste o no, es un grado en la política española. Con ocasión del reciente Congreso del PP, muchos han celebrado que el ciclo del 15-M haya llegado por fin a las filas conservadoras, eligiendo un nuevo líder, Pablo Casado, que se sitúa a la par de Iglesias, Rivera y Sánchez: los cuatro jinetes de la nueva política. La política de principios, los valores, la transparencia en la comunicación frente al pasteleo, el pragmatismo o la vacua moderación que se desentiende de los problemas y del compromiso. El PP ha vuelto, han celebrado los nuevos dirigentes populares, presentando ese regreso en términos de regeneración.

La situación no deja de ser paradójica. Casado se postuló como el líder de las bases, pero los militantes apoyaron a la ex vicepresidenta Sáenz de Santamaría y, contrariamente a sus palabras iniciales, cocinó acuerdos de aparato para hacerse con el voto mayoritario de los compromisarios, ensalzando un sistema de elección que no es propiamente de doble vuelta. La alianza negativa de los candidatos vencidos en la primera vuelta no fue muy distinta de la urdida en la moción de censura contra Rajoy, tan criticada en su momento dentro del PP. Tampoco en este caso ha habido debate alguno de ideas ni proyectos.

Casado apela a la renovación, pero pese al relevo generacional que supone su elección, el aire que trae es antiguo. Sus padrinos son el segundo Aznar y Esperanza Aguirre, que han destacado como pocos en la siembra de la discordia entre los populares en tiempos de Rajoy, amén de la responsabilidad de ambos (aunque sea por dejación como reconoció tardíamente la propia Aguirre) en el florecimiento de la corrupción que ha pagado el PP de Rajoy. Vuelve el PP más orgulloso de sí mismo (Aznar nunca ha reconocido ninguna responsabilidad en la decadencia del PP), aunque para disimular Casado se haya paseado durante el cónclave popular con el hijo de Adolfo Suárez colgado del brazo.

Es evidente que una parte del PP está feliz con el supuesto regreso a las esencias, por más que no se haya facilitado una real integración interna, al haberla entendido Casado a la vieja usanza, rodeándose de compañeros fieles y agradecidos a quienes por el hecho de ser muy próximos considera los mejores. Lo mismo ha hecho Pedro Sánchez premiando a sus incondicionales con puestos en los distintos escalones del gobierno o al frente de organismos clave y grandes empresas públicas. Las redes clientelares se entienden mal con la regeneración política, tan mal como con la simple política de gestos o los pildorazos ideológicos, a los que se ha sumado Casado, que nada contribuyen a elevar el nivel del debate público. Casado ha hecho, de golpe, más fuerte al presidente Sánchez.

La nueva política en manos de los viejos partidos no puede quedarse en un simple relevo generacional. Esto puede resultar incluso peligroso. La regeneración política por la que suspira la ciudadanía crítica se vuelve contra el virtuosismo del político que ha sacrificado todo a la cosa pública (casa, hacienda, trabajo, gloria) y convierte así la política en su objeto de ambición y en su única fuente de medro y reconocimiento personal. Los viejos partidos después de cuarenta años de democracia han fabricado políticos jóvenes que no han conocido otra experiencia profesional que la política, pasando de dirigentes juveniles en sus organizaciones a concejales, cargos autonómicos, parlamentarios, hasta conseguir dar el salto a la política nacional. Casado es un buen ejemplo de ello.

De ahí que el caso del máster del nuevo líder popular revista significación. La respuesta inmediata de los actuales dirigentes es preocupante. El caso existía antes de la elección de Casado, quien sin embargo ha reaccionado de manera victimista como el mayor perseguido de la historia, con argumentos improcedentes, llevados al extremo por el nuevo secretario general del PP (originario de Nueva Generaciones como Casado), que se preguntaba si debía presentar los justificantes de educación primaria (evidentemente no, porque es obligatoria en España).

¿Tan difícil es de entender que no cabe ningún trato de favor por una presunta dedicación exclusiva a la política hasta el punto de regalar el esfuerzo que el común de los ciudadanos invierte en su formación? El talento político no se cifra en los títulos superiores obtenidos, pues nadie está forzado a coleccionarlos. Tampoco debe reducirse al aprendizaje de argumentarios de partido o manuales del elector. El talento político implica ciertamente conocimientos, competencias funcionales y también inteligencia moral. Frente a quienes se apresuran a restar cualquier importancia al tema y denuncian su politización, que esta cuestión del máster en las presentes circunstancias, más allá del tema del aforamiento, llegue al Tribunal Supremo es un signo de independencia que honra y compromete a la justicia española. Seguro que revertirá, de una forma u otra, en una mayor madurez de nuestra cultura política.

Juan María Sánchez-Prieto es profesor universitario y miembro de Sociedad Civil Navarra




monos

Ver y oír, pero sobre todo callar

En el santuario japonés de NikkoToshoguse encuentra la talla llamada “Los Tres Monos Sabios”. Uno de los monos se tapa los ojos para no ver el Mal, otro se cubre las orejas para no oír el Mal, y el tercero se tapa la boca para no decir el Mal. La representación ha trascendido a la cultura popular; se pueden comprar estatuas decorativas que los representan y se han colado entre los emoticonos de WhatsApp.

Los humanos no hemos llegado al grado de sabiduría de los tres monos del Japón. Nos hemos acostumbrado a las tropelías, y si muchos se ponen la mano en la boca -como el tercer monito de Nikko-, lo hacen para aparentar que no han visto ni oído nada. Algunos a esto lo llaman “tener la fiesta en paz” o “no meterse en lo que a uno no le importa”. Sobra material para disfrazar la cobardía de prudencia.

No debe de resultar fácil convivir con la propia cobardía. Se comprende que quien se enfrenta a ello haga todo lo posible por deformar lo que ve y lo que oye para hacer que lo injusto parezca justo, lo malo bueno, y la víctima sea culpable de lo que le pasa. Me permito recordarles -una vez más- el siniestro soniquete “algo habrá hecho”, que era lo único que algunos de por aquí eran capaces de articular cuando a otros de por aquí les daba por despanzurrar a un conciudadano. Era lo más que el monito mudo decía si levantaba la mano de la boca.

Últimamente lo que se lleva es llamar “provocador” a quien co- meta el atropello… de reaccionar ante un atropello. La anomalía permanente es la nueva normalidad, y el que se revuelve es un tocapelotas y un provocador. Al descontento no le queda otra que ver, oír y callar por la cuenta que le tiene. En una cultura en la que la unidad elemental de argumentación es el “zasca” al que saca los pies del tiesto establecido le llueven bofetadas. Otra cosa es que después vistan las tortas de pelea de bar o, como en la reciente agresión de Barcelona, acabe pareciendo que el puño de un inocente individuo fue golpeado por la nariz de una indeseable.
Y el caso es que hay motivos para revolverse.

Si uno llegara a su pueblo y se encontrara la plaza pública completamente ocupada e inutilizada con bidones metálicos, podría quejarse con todo motivo. Seguramente encontraría quien le ayudara a quitar los bidones, o una administración municipal presta a resolver el desafuero, denunciar al ocupante y devolver la plaza a la normalidad. Ocurriría lo mismo si un servidor pusiera en marcha un negocio para vender talos en medio del arenal de la Concha. El municipal donostiarra haría valer los derechos de todos, y me obligaría a retirar el txoko y montarlo en otro lado previa autorización administrativa y el pago de las tasas correspondientes.

Si esto es tan claro cuando se trata de bidones y de talos ¿por qué no lo es cuando se trata de cruces y lazos amarillos, o de pancartas y pintadas, o de los okupas de un edificio de titularidad pública. ¿Por qué la cobertura de una ideología -ciertas ideologías, para ser exacto- otorga una patente de corso que los demás ni soñamos?

Recordemos que en Cataluña la Fiscalía está investigando a los Mossos por obligar a identificarse a ciudadanos que cometen el presunto delito de descolgar lazos de plástico amarillo, intentando devolver su medio a su aspecto normal y neutral. Esos mismos Mossos trataron de hacer desaparecer en una incineradora la alerta emitida por los Esta- dos Unidos avisando del atentado de la Rambla. Esas Fuerzas de Orden ¿Público?, presuntos servidores de todos los catalanes, pagados con el dinero de todos los catalanes, pero generando una deuda de la que solemos hacernos cargo todos los españoles.

No quiero imaginar el contagio de semejante modelo a otras policías autonómicas. No es descabellado pensarlo: para muchos Cataluña es un ejemplo, y en eso quizá incluyen la conversión de la policía autonómica en una Stasi con gorra de plato o boina. ¿Nos parecería bien y miraríamos hacia otro lado o nos revolveríamos para protestar?

Callamos demasiado. No se si será la naturaleza humana, la comodidad, las cautelas o la herencia envenenada de los años de plomo, pero tendemos a seguir callados o a ser tibiamente condescendientes ante situaciones que parecen no afectarnos directamente, pero que si lo hicieran obtendrían sin duda respuesta más contundente.
Lo que si se es que cuando finalmente uno se percata de que ha callado demasiado, y por demasiado tiempo, es casi imposible recuperar lo perdido.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología




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Toros y violencia animalista

Hace unas semanas me entretuve en estudiar cómo actuaban un centenar escaso de antitaurinos a las puertas de una de las principales plazas del norte de España. Ese día hubo un llenazo hasta la bandera, con más de 10.000 espectadores, pues coincidió con una de las despedidas de Padilla, junto con Talavante y Roca Rey, con toros de Jandilla. Los reventas se hartaron de ganar dinero y aún se quedaron fuera unas 500 personas. El grupo de antis perfectamente ordenados actuaron a las órdenes de una chica joven y guapa, que parecía salida de la mismísima calle de Serrano de Madrid. Ella marcaba los tiempos y las formas de protesta, coros y escenografía, y todos obedecían sin rechistar. Diez minutos antes del comienzo de la corrida les conminó con su ejemplo a que encendieran unas bengalas rojas, a modo de humo sanguíneo, para después disolverse pacíficamente. Saqué como conclusión lo que ya suponía: fue un acto organizado y pagado por alguno de los lobbies animalistas que utilizan la tauromaquia como un gran escaparate para extender sus ideas a lo largo del planeta. Por eso todo fue perfecta- mente grabado. El acto se reflejó rápidamente en las redes sociales, ese era su gran objetivo.

Lo que acaba de ocurrir en el Club Taurino de Pamplona persigue el mismo fin pero utilizando el atajo de la violencia, mediante el ataque con nocturnidad y alevosía de la sede de un club privado (270 socios, 70 años de vida) de ciudadanos que aman los toros con pasión y sin complejos, sede que, por cierto, siguen pagando. Los que atacaron la sede aman la violencia, los socios del club aman la libertad y el respeto.

El grupo animalista Frente de Liberación Animal (Animalien Askapenerako Frontea) no ha tardado mucho en revindicar la acción violenta y curiosamente es el mismo que provocó el ataque en los corralillos del gas antes de los Sanfermines pasados. Dicen que no son antitaurinos y animalistas, que son antiespecistas, habrá que deducir que también son antihumanistas. La gente se pregunta cuándo van a ser detenidos para ser llevados hasta el juez, porque, ¿quién va a pagar los daños de tamaño desaguisado?

Se empeñan en ir en contra de una actividad, la tauromaquia, que es totalmente legal en nuestro país y que posiblemente un día no muy lejano sea reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad por la UNESCO. El flamenco ya fue reconocido en 2010. No se dan cuenta que cuanto más se le ataca más se unen los diferentes estamentos de la Fiesta en su defensa.

La tauromaquia sólo desaparecerá cuando el gran público deje de asistir a las plazas porque deje de emocionarse con lo que allí presencia y vive. Esto solo ocurrirá con la falta de autenticidad del espectáculo por la ausencia de un toro bravo y bien presentado, capaz de trasladar peligro y emoción a los tendidos, ante el que se juegue la vida un torero creando arte, también con emoción, porque en los toros “el arte sin emoción no es arte”. El secreto está por tanto en la emoción, que no falta en los espectáculos populares de calle, por eso gozan de tan buena salud.
Que los aficionados navarros no se dejen amedrentar por acciones que nacen totalmente desacreditadas por sus formas e intenciones, que pretenden coartar su voluntad y libertad. Más vale que la ciudadanía va perdiendo el miedo a este tipo de actos que se asemejan a los de corte nacionalista radical (kale borroka) que han sido tan frecuentes en nuestra tierra. El Club Taurino de Pamplona tiene que seguir siendo un baluarte abierto no solo a los aficionados, sino a todo el que quiera conocer el rito y la cultura de la tauromaquia.

Antonio Purroy Unanua es doctor ingeniero agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra




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Modo Sánchez

La política española ha entrado en modo Sánchez, es decir, en una dinámica impredecible. El objetivo principal del nuevo presidente de Gobierno es mantenerse en Moncloa para afirmar al PSOE de cara a las próximas elecciones y así poder continuar él en Moncloa. Si de ello se deriva algún bien para España, estupendo. Si no, ya vendrán otros a arreglar los posibles desaguisados. Es una manera muy burda de decirlo, lo cual no quiere decir que no sea verdad.

Los hechos hablan por sí solos, y por supuesto admiten distintas interpretaciones. Sánchez estuvo rápido con la moción de censura. Ni consulta a las bases ni reuniones previas de los órganos del partido. No se podía fallar la ocasión. El Rajoy incombustible, el hombre que sabía medir los tiempos, fue destrozado por el tornado de una tormenta perfecta. La última imagen de Rajoy, no obstante, renunciando a todo antes de desaparecer, deja un claro mensaje en clave de regeneración democrática a quién pudiera alimentar el propósito de ser presidente por un día para disfrutar de las prerrogativas de ex presidente el resto de su vida.

La moción tuvo poco de constructiva, fue una alianza negativa, sin programa ni negociaciones previas, al menos aparentemente. Sánchez invoca el sentido de estado para asegurar la estabilidad política, pero excluye del diálogo a quienes eran sus interlocutores hasta ayer para las cuestiones de estado. Ni el asunto de los presos de ETA ni la situación catalana han sido habladas con el PP y C’s por el actual gobierno. ¿De qué va a hablar Sánchez con Torra el próximo 9 de julio? ¿De la agenda preparada por el líder de Podemos, embajador de Madrid en Cataluña? ¿Qué medidas supeditadas a una reforma constitucional pueden ofrecer sin contar con el PP? ¿O se trata de explorar las posibilidades de un ‘régimen post78’ con el concurso una vez más de los nacionalistas?

Para el presidente Sánchez la fractura social de Cataluña es responsabilidad del anterior Gobierno de Rajoy, no de quienes utilizaron la Generalitat contra el Estado. Seguramente la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, una prioridad nacional, podrá reparar esa brecha poniendo fin a una crisis política abierta desde… ¿la Transición? El discurso lo tiene armado Podemos desde hace años y, si le dieran ocasión desde la nueva RTVE, el vicepresidente oficioso del gobierno (que no cesa de manifestar su voluntad de darle otra vuelta de Tuerka al ente público) lo adaptaría a conveniencia, siguiendo la experiencia de la TV catalana (todo un ejemplo de pluralidad, y que nadie toca).

En la política española no hay pudor ni para esconder las propias obsesiones. La de Sánchez es construirse la imagen de presidente, con álbum de fotos incluido (qué mejor jefe de gabinete que un experto en marketing político). En el PP, que también ha entrado en modo Sánchez, es decir, en una dinámica impredecible, algunos juegan a destruir la imagen de otros (Margallo obsesionado con la ex vicepresidenta), o a recomponer si fuera posible la personal. Resulta casi surrealista el ofrecimiento de Aznar para reconstruir el centro-derecha, olvidando de manera interesada que los lodos de la corrupción que se han tragado a Rajoy, provienen de los barros de Matas, Esperanza Aguirre o Zaplana, aznaristas confesos.

El PP juega ciertamente a la ruleta rusa con vistas al próximo congreso del partido. La sombra de Aznar sobre Casado es presentada por el joven candidato (que apela al relevo generacional) como garantía de unidad; mientras que las dos mujeres que pugnan entre sí por convertirse en la primera presidenta del gobierno de España no pueden desprenderse de la herencia de Rajoy. La aparente ventaja de Cospedal como secretaria general que dispondría de un mayor control sobre el aparato del partido para la elección de los compromisarios, puede quedar anulada por figuras como Arenas que lo saben todo y se sitúan al lado de Soraya, la candidata más alejada de la historia y estructura del partido, y que podría tener mayor tirón electoral. Toda esta incertidumbre beneficia a Sánchez y mantiene a la espera a un descolocado Rivera.

El modo Sánchez genera también un compás de espera en Navarra, no menos impredecible. Cerdán, un fiel del presidente Sánchez, se precipitó a la hora de bendecir el futuro gobierno progresista de la Comunidad Foral donde, sin grandes matizaciones, situaba al PSN al lado cuanto menos de Geroa Bai como signo del nuevo tiempo político. Los nacionalistas, encantados, sin duda. No es un escenario imposible. Quedan por ver las últimas actuaciones en Navarra del circo Podemos, y cómo pueden afectar al incremento del voto socialista. ¿Hasta el punto de adelantar a Geroa Bai? El efecto Sánchez lo puede favorecer, pero ¿se mantendrá éste sin debate alguno de aquí a las próximas elecciones forales?

 

Juan María Sánchez-Prieto es profesor de sociología de la Universidad Pública de Navarra y miembro de Sociedad Civil Navarra




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La corriente animalista, los toros y la insolidaridad

No, el movimiento animalista no descansa y se activa bastante más cuando llegan los Sanfermines. Parece que este año han decidido echar el resto y hacerse presentes en Pamplona unos días antes del chupinazo con una sobreactuación animalista –grupos como Liberal Animalis, PETA, PACMA…-, con el apoyo más o menos velado de movimientos locales de corte izquierdista, populista y nacionalista.

El movimiento animalista tiene como fin último poner en pie de igualdad la condición humana con la de los animales irracionales, ya sean salvajes o domésticos, para equiparar el humanismo con raíces greco-romanas y judeo-cristianas, con la vida de los animales irracionales, un relato equivocado, injusto e innecesario. Niegan el humanismo y apoyan el antiespecismo que sostiene que todas las especies animales son iguales, incluida la humana (P. Singer).

En realidad, no les importa gran cosa lo que ocurra con los toros en el ruedo, pero saben que la Tauromaquia es un buen reclamo para apoyar el movimiento animalista, porque las imágenes distorsionadas que presentan, junto con la aparente crueldad del espectáculo, movilizan a gentes bienintencionadas de cualquier rincón del mundo a favor de sus tesis animalistas.

No contentos con ello, eligen los Sanfermines porque poseen el festejo popular taurino más importante del planeta, el Encierro, acompañado de las corridas vespertinas de prestigio, pues ya se sabe que sin corridas no hay encierros: la desaparición de aquellas haría inviable el encierro. Tome nota señor alcalde de Pamplona. Cualquier acto antitaurino extravagante y bien organizado tiene garantizado su difusión por medio mundo y en pocas horas a través de las redes sociales. Así, la Tauromaquia se convierte en el mejor altavoz y la mayor pantalla del movimiento animalista, que tiene objetivos mucho más ambiciosos que la pequeña influencia económica y social que tiene la fiesta de los toros en los ocho países taurinos donde se celebran corridas (Portugal, España, Francia, México, Venezuela, Ecuador, Colombia, Perú).

Para defender a los animales, no se les ocurre mejor cosa que ir en contra de la producción de alimentos de origen animal, para lo que no dudan en atacar la cría de animales domésticos –animales de renta- que son los que producen alimentos esenciales en la dieta humana (carne, leche, huevos…), y que lamentablemente escasean en las regiones desfavorecidas del planeta, allí donde se pasa hambre. Se olvidan del enorme daño que pueden generar a los ganaderos y a sus familias y a toda la industria cárnica que gira en torno a esta producción y que es una gran fuente de riqueza para España.

En las regiones avanzadas, como puede ser la Unión Europea (UE), la moderna producción animal está sometida a unas normas rigurosas de bienestar animal que garantizan una vida acorde con el comportamiento animal y los objetivos de producción. Nadie quiere más a sus animales que los propios ganaderos y, aunque parezca una aberración, nadie quiere más a los toros de lidia que los propios ganaderos, toreros y aficionados. Decir que la gente va a las plazas a ver sufrir a los toros es una gran falacia llena de maldad.

Pero es que el movimiento animalista tiene además una gran carga de insolidaridad. Es insolidario con los millones de familias de ganaderos en el mundo que dependen de la producción de sus animales para vivir de su trabajo. Es insolidario cuando animan a abrazar el veganismo a las generaciones jóvenes de los países avanzados, sabiendo que la dieta vegana, libre de alimentos de origen animal, es desequilibrada e incompleta, por tanto, insana. Es insolidario con el mundo de las mascotas -animales de compañía- porque se les somete a una vida humanizada que a menudo choca con su vida natural. Es insolidario con el medio ambiente al ir en contra de la cría de animales que consumen el pasto natural de nuestros campos y montes, que ayuda a mantener fértil y limpio el terreno y a evitar incendios forestales. Es insolidario porque se oponen a la investigación con animales, que está reglada y ordenada por ley, para el avance del conocimiento por el bien general de la sociedad. Es insolidario con los muchos millones de habitantes que pasan hambre en el mundo, a los que de alguna manera se les quiere impedir el acceso a estos alimentos tan necesarios para sus vidas.

Y lo que es más penoso, están haciendo el caldo gordo sin ellos saberlo a grandes firmas multinacionales que viven del mundo de las mascotas o de la fabricación de alimentos “cárnicos” sin carne para los veganos, o de hamburguesas de carne artificial –también sin carne- para el gran público, una gran hipocresía.

Antonio Purroy Unanua es doctor ingeniero agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra

Foto: Pablo Lasaosa




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Justicia, proporcionalidad y clamor popular

El sábado 23 de junio Geroa Bai celebró su acto de cierre de curso político. El repaso de actualidad y balance de actuaciones que realizó la presidenta de Navarra no podía pasar de puntillas ante la agitada actualidad en el ámbito de la administración de Justicia. En este sentido, Barkos realizó -y pido disculpas por la larga cita-, las siguientes consideraciones:

“La Justicia española tiene que esprintar para llegar a los puestos de cabeza de la sociedad si es que quiere seguir andando con ella en un escenario de democracia. Si no tendrá, como en política hemos visto, serios riesgos de divorciarse de una manera importante. Las manifestaciones en la calle que hemos vivido estos últimos años, y muy especialmente estas últimas semanas, son un fiel reflejo de la enorme distancia que separa a la sociedad de una parte de la judicatura”.

Lo que Barkos parecía querernos decir en el churrigueresco estilo habitual, es que ya están tardando los jueces en adaptar y ajustar sus decisiones al clamor popular. La idea suena bien. Lo popular siempre lleva un marchamo extra de legitimidad. Sin embargo, ¿quién nos asegura que no acabemos llegando a la justicia popular? La justicia popular es el disfraz que se pone el linchamiento cuando se quiere colar por la gatera. No creo que nadie considere el linchamiento un modo ejemplar de administrar justicia… aunque con lo que se lee y se oye a veces hay lugar para la sospecha.

La razonable duda sobre donde puede ir a parar todo esto obliga a responder algunas cuestiones. Por ejemplo ¿qué es exactamente el clamor popular? Barkos cita ciertas manifestaciones, pero manifestaciones hay muchas, y no todas sus demandas son atendidas. ¿Cuántos manifestantes hacen falta para que algo sea un clamor? ¿Por qué un número determinado de personas obligan a un poder publico a esprintar, pero otro número no obliga a otro poder público (el de Barkos, sin ir más lejos) a dar siquiera un pasito más largo que otro? Es pertinente también reflexionar sobre por qué en ciertas ocasiones a la Justicia se le exige esprintar mientras que en otras se advierte sobre los males de legislar “en caliente” (si legislar en caliente no es esprintar venga Dios y lo vea). A lo mejor es que algunos le llaman “legislar en caliente” a aquellos esprints que corren en una dirección que les disgusta. Ya nos lo irán explicando.

Por otro lado ¿qué es esa “proporcionalidad en las penas” que se exige ruidosamente en unos casos y se esquiva como a una bicha en otros? Las demandas de celeridad, dureza, contundencia o ejemplaridad que se dirigen a los jueces en unos casos contrastan con las reticencias a aplicar dichos principios a otros casos tan flagrantes o más. Uno llega a pensar que es la conveniencia, y no la justicia, la que lleva a algunas personas a aplicar criterio tan dispar.

Recuerden la petición de firmas que promovieron Juan José Cortés y Juan Carlos Quer en defensa de la pena de prisión permanente revisable frente a los movimientos en su contra de algunos partidos políticos.

Recuerden el debate sobre la revisión de la ley del menor, demanda que choca sistemáticamente con el silencio de los partidos. Les recuerdo el caso Sandra Palo. Un asesinato cruel donde los haya, que no ha despertado, por lo visto, el clamor social necesario para que nadie inicie sprint alguno. ¿Son estos casos testimonio de un “importante divorcio” entre los partidos y la sociedad, según el criterio de la presidenta? Eternas preguntas…

Concluyo. No discuto la legitimidad de muchos de estos planteamientos. Lo que no es legítimo es la incoherencia, el estar pidiendo una cosa y la contraria según de qué o de quién se trate. Porque esto es quizá lo mas grave de todo: que dependiendo de qué se juzgue o a quién se juzgue, el clamor será más ruidoso y la proporcionalidad, paradójicamente, más desproporcionada.

El avance de la sociedad debe ir acompañado, qué duda cabe, del consiguiente ajuste de la legislación, la administración de justicia y del resto de poderes e instituciones. Pero esta es una cuestión de complejidad y trascendencia suficientes como para que ninguna reforma se deba hacer a la ligera, mucho menos estigmatizando a unos profesionales que llevan años a la cabeza de las demandas de mejoras en medios y formación. Es injusto olvidar que pocas actividades humanas habrá tan complejas y de tanta responsabilidad como la de juzgar. Pocas habrá tan solitarias. Al inevitable debate le sobra la algarada tertuliana, furor mediático y, como siempre, barullo politiquero en busca de causa justa que parasitar; le falta, como casi siempre, serenidad, visión a largo plazo y vocación de verdadera mejora social.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología




manifestaciones

Los decibelios de la música anti-Estado

La marcha multitudinaria que recorrió Pamplona el pasado 16 de junio en apoyo de los jóvenes encarcelados por la agresión a dos guardias civiles y a sus parejas en un bar de Alsasua en 2016, entronca con una estrategia política de demonización de todo lo que tenga que ver con el Estado y con la creación de la figura de la víctima colectiva. La frase del alcalde de Pamplona, J. Asirón, resume muy bien el trasfondo real del asunto: “Como siempre, es la juventud de Euskal Herria la que es perseguida y castigada”.

Así, la manifestación trascendió el legítimo derecho de los familiares, de los amigos o de ciudadanos anónimos bienintencionados que quieren expresar libremente en la calle su desacuerdo con una condena por considerarla desproporcionada, y pasa a convertirse en un estudiado ejercicio masivo de propaganda anti-Estado, coordinado y financiado desde varios puntos del país, con presencia destacada del mundo independentista y de los círculos antisistema.

Sólo así se explica la presencia en Pamplona de bastantes decenas de autobuses fletados por la Assemblea Nacional Catalana (ANC) desde diferentes localidades catalanas y otras muchas ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao, San Sebastián, Vitoria… Los cinco jóvenes alsasuarras se han convertido en las estrellas de la música anti-Estado con el apoyo entusiasta del Gobierno cuatripartito de Navarra, con la presidenta Barkos a la cabeza.

Porque inocular entre los más jóvenes el virus de la desconfianza en el Estado es una de las líneas estratégicas básicas de los nacionalismos y de los nuevos populismos. Sus asesores de comunicación e imagen tienen perfectamente identificados a sus objetivos de mercado: las nuevas generaciones. Los modernos, amables y democráticos partidos nacionalistas y populistas diluyen su discurso político con mensajes de justicia, paz y progreso que confluyen en el mismo denominador común: el Estado es el enemigo y los jóvenes son sus víctimas.

La construcción de un enemigo externo, -el Estado, en definitiva España- es la gasolina de ambas ideologías. Después de todo, la defensa contra un enemigo exterior y la reivindicación de la condición de víctima representan una unidad de destino y dibuja una causa común muy atractiva para ambas: el independentismo y la demolición del actual ordenamiento político y jurídico.

Pero para que la gasolina prenda, se necesita una mecha, y en España esa mecha se llama educación o más bien, como magistralmente denomina Savater, la deseducación cívica. No olvidemos que la manufactura de generaciones de ciudadanos que desconfían de cualquier cosa relacionada o impulsada por el Estado tiene mucho que ver con la absurda disparidad de contenidos en humanidades (historia, filosofía) en las diferentes comunidades autónomas. Y es importante recordar que dichos contenidos propician la base intelectual que un individuo necesita en la vida para poder pensar, valorar y decidir.

¿Cuál es la diferencia del sistema educativo en Francia o en Italia, por poner dos ejemplos próximos por cercanía geográfica e idiosincrasia? En nuestro país vecino, un adolescente de Bretaña estudia los mismos contenidos lingüísticos, históricos o filosóficos que otro del País Vasco francés, faltaría más. Al otro lado del Mediterráneo, un ragazzo de Turín comparte las mismas lecciones que un chico de Nápoles o de Sicilia. Es decir, mientras en Europa la educación se revela como uno de los elementos vertebradores y de cohesión para los estados, en cambio, aquí en España la enseñanza se ha convertido en muchos lugares en una herramienta de disgregación que además alimenta la base social del nacionalismo separatista y del populismo rupturista.

Las fuerzas políticas antisistema (EH Bildu, Podemos, CUP) están viendo crecer sus cuotas de poder y de visibilidad en la calle. La música anti-estado está aumentando de decibelios con performances a lo largo y ancho de nuestro país, hoy por los de Alsatsu, mañana por los presoners, y pasado mañana por cualquier otra causa con tirón mediático. Por ello, resulta urgente que nuestros gobernantes -Pedro Sánchez tiene una excelente oportunidad para ser el pionero en esta materia – empiecen a pensar en fomentar una pedagogía positiva en las aulas de escuelas y universidades que enseñe, con ejemplos prácticos, sencillos y accesibles, los valores de nuestra democracia y de nuestro Estado de derecho.

Elena Sola Zufía es licenciada en Filosofía y Letras y miembro de Sociedad Civil Navarra




Sin-título-1

Fobias y latrías

El “Tesoro de la lengua castellana o española”, de Sebastián de Covarrubias (Madrid 1611), recoge la voz “latría”, dándole el significado de “reverencia, obsequio y servidumbre que se debe solo a Dios”. No es palabra que se use ni mucho ni poco, salvo a modo de sufijo, y esto casi exclusivamente en la voz “idolatría”.

Lo contrario ocurre con las “fobias”. Las hay para todos los gustos. Originalmente describen trastornos psiquiátricos de ansiedad. El manual DSM-5 las define, resumidamente, como “aparición de miedo o ansiedad intensos y persistentes, prácticamente inmediata e invariable respecto a un objeto o situación específica, que se evitan o soportan a costa de intenso miedo”. Dichos objetos o situaciones especificas son variadísimos: las alturas, las arañas, volar (y si: también los dentistas). Quede explicitado el componente patológico de las fobias y resérvese la idea para más adelante, que es importante.

El mundo de las fobias se está ensanchando mucho. Si antes se limitaban a su original terreno de la patología, ahora se adueñan también del debate político. Así se nos está llenando el panorama de otro tipo de fobias, aunque algunas ya de prolongado historial: la xenofobia, la homofobia, la transfobia, la LGTIfobia, la islamofobia, la aporofobia y la euskarafobia, que ha reinado indiscutida en los últimos meses.

El recurso a mentarle la fobia al adversario es tan vulgar que casi sonroja. La etiqueta no busca siquiera clasificar. Busca zanjar el debate por la vía de la descalificación. ¿De qué tengo que hablar con usted, si ya lo he reputado como un xenófobo impresentable? ¿Como voy a valorar ni uno solo de sus argumentos, por elaborados o fundamentados que estén, si ya hemos decidido y pregonado que es usted un euskarófobo de manual?.

La trampa lógica que se utiliza es pueril. Usted es, pongamos por caso, un xenófobo en la medida en que se atreve siquiera a discutir mis puntos de vista, que como todo el mundo sabe son la Verdad Revelada. Las únicas opciones para no ser etiquetado son estarse callado o unirse a la opinión dominante sin atisbo de crítica. Lo que se dice un paraíso cívico.

No pongo en duda la existencia de casos en que la aplicación del calificativo esté mas que justificada. Pero la soltura con la que se distribuye me hace sospechar que casi siempre es por motivos bastardos. Por maldad. Por comodidad. Por pereza intelectual.

Porque es tan sencillo, tan cómodo lo de la etiqueta… Debe de resultar muy sedante eso de aparcar al adversario en el cajoncillo de lo patológico o incluso de lo predelincuencial. A base de colgar etiquetas, como si fuera una camisa, se acaba alienando al adversario. Ya no es alguien que tiene una determinada posición y la expone y defiende. Es un “algo”. Algo que, por haber sido incluido en el campo semántico de las fobias, es considerado anómalo o patológico, potencial objeto de tratamiento o reeducación. Una jugada redonda… si los demás nos dejamos calificar y amedrentar.

Hay una cuestión que no quiero dejar pasar. Hace ya tiempo traje a estas mismas paginas el concepto de “transferencia de sacralidad” (El pimpampum anticatólico, 24-3-2016). Según este principio las características de sacralidad que antaño se le atribuían solo a Dios son transferidas a otra realidad (la nación, la patria, la lengua, el partido, la bandera…). Con ellas se transfieren los rituales, la retórica, la estética, y también el sentido de pertenencia a una comunidad que tradicionalmente se asociaban a las religiones organizadas.

Me pregunto, y lo dejo aquí como fermento de futuras reflexiones, si tras lo que algunos machaconamente ven una fobia ajena no se encuentra, en realidad, una latría propia, una sacralización o totemización (da igual si es de la lengua o la nación o la bandera o cualquier otra cosa), frente a la que la indiferencia o la crítica ajena resultan intolerables.

Una latría poco dispuesta a tolerar a quienes no adoptamos la nueva fe, o no mostramos la suficiente devoción, o no secundamos todos los preceptos. O simplemente la consideramos una ridiculez.

Una latría en competencia casi darwiniana con otras de signo distinto, pero de pulsiones equivalentes.
Una latría con sus fiestas de guardar.
Una latría con sus diezmos, sus óbolos y sus limosnas. Con sus jerarquias y sus sacerdocios.
Una latría con sus ortodoxos, sus heterodoxos, sus fieles y sus infieles.
Una latría, lamentablemente, con sus inquisiciones, sus autos de fe y sus fuegos purificadores.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




tribuna

‘No será por imposición’

En el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, a 31 de marzo de 2016, se firmó el manifiesto titulado “Por un verdadero proceso de normalización lingüística en la Cataluña independiente”.

Dicho manifiesto propone la erradicación del bilingüismo en Cataluña, y la designación del catalán como única lengua oficial. En el manifiesto se dicen cosas tales como que “El régimen dictatorial del general Franco avanzó en este proceso de bilingüización forzada mediante el uso de una llegada de inmigración de los territorios de habla hispana”, o que “uno de los mayores problemas de estado de la Nueva República, quizás el más importante, será el problema de la lengua, ya que afecta al fundamento de la cohesión social”. El manifiesto apenas disimula sus resabios racistas, expansionistas y segregacionistas. No dice nada, sin embargo, sobre cómo ha de llevarse a cabo el plan de suprimir por completo una lengua. Lo que sí sabemos es que “no será por imposición”. Algún tiempo después, en Baleares….

… el gobierno regional pensó que sería bueno para la salud de los ciudadanos que el personal sanitario de las Islas hablara catalán. Así que el Gobern anunció un decreto por el que se les exigiría un determinado nivel de catalán. No se requiere un título para presentarse a las oposiciones y obtener una plaza pública, pero quien no acredite el conocimiento del catalán en un plazo de dos años tras obtener el puesto ni cobrará pluses ni podrá optar a concursos de traslados. Peligran los garbanzos y la carrera profesional. De hecho, el 64% de quienes optaban a entrar en las bolsas de trabajo temporal han sido rechazados por este motivo. ¿Se resentirá la calidad asistencial? No lo sabemos todavía. Lo que sí sabemos es que, pase lo que pase, “no será por imposición”. Lejos de allí, en Euskadi…

…cursar estudios en castellano es un arduo propósito. Curiosamente las estadísticas demuestran que el uso del euskera es francamente minoritario en la calle. (El 31,1% en Guipúzcoa, 8,8% en Vizcaya, 6.7% en Navarra, 5.3 en Iparralde y 5.6% en Álava, según datos de la VII Medición del Uso de las Lenguas en la Calle). El porcentaje de alumnos que estudian en euskera ha crecido mucho más que el de hablantes habituales, y se da la paradoja de estar muchos niños estudiando en una lengua tan materna y familiar como pudieran serlo el swahili, el chino mandarín o el urdu. Los adultos se apuntan a aprender un euskera que en realidad no les interesa para poder acceder a ciertos trabajos. Así cualquiera convierte el euskera en “motor de la economía”. Pero por supuesto, nada “habrá sido por imposición”. Mientras tanto en Navarra…

… no estamos -todavía- en una situación equiparable a la de Cataluña. Baleares o Euskadi., pero podríamos llegar a estarlo. Un ejemplo. La recientemente aprobada Ley de Contratos Públicos, en la disposición adicional decimoquinta, “incentiva la presencia del euskera” estipulando que “Las empresas subcontratadas, cuando el cumplimento del contrato exija un servicio de atención al público, elaborarán un plan de euskera para que los y las personas trabajadoras (sic) que ocupen los puestos de atención al público puedan formarse en dicha lengua”. Pido una ovación, de paso, para el calamitoso e hilarante lenguaje inclusivo usado por el legislador. Vale que fomenten el euskera, pero por favor, no empuerquen el castellano.

José Miguel Nuin explica que dichos planes pueden ser “permisos retribuidos para aprender euskera o que se facilite la página web de la Escuela de Idiomas”. La web la puede encontrar cualquiera sin ayuda; en cuanto a los permisos, la dilatada trayectoria empresarial de José Miguel Nuin le faculta sin duda para hablar de ellos y de su incidencia en la rentabilidad y viabilidad de las empresas, sobre todo de las pequeñas. ¿No pretenderán más bien que las empresas contraten directamente a quien sí habla euskera, distorsionando así un mercado, el laboral, cada día más reñido?

Mas inquietante me resulta Adolfo Araiz cuando comenta “Esta ley desgraciadamente no obliga a nada. Ojalá, ojalá, se fomentase de forma decidida el euskera”. Seguro que cuando esta o cualquier otra ley cumpla las exigentes expectativas de Adolfo Araiz tampoco obrará “por imposición”. Obligar sin imponer: misteriosa cuadratura del círculo foral.

Estos cuatro cuadros son fotos fijas del proceso de “normalización” lingüística en distintas comunidades autónomas. Me cuesta entender, aunque tengo que respetarlo, que nadie vea deseable recorrer el camino completo. En cualquier caso, los que pensamos que así no se normaliza nada exigimos también respeto a nuestra posición, a nuestras reflexiones y a la voluntad de manifestarnos públicamente el día 2 de junio, no contra el euskera (¡qué más quisieran algunos!), sino “’Por el futuro de todos en igualdad”.
Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




mayo-68

El legado ambivalente del 68

El 68 fue un movimiento que alcanza al conjunto de los países industrializados estableciendo referentes subversivos fuera de esas fronteras. Los historiadores han enfatizado el carácter transnacional del fenómeno, así como la pertinencia de atender a un contexto temporal más amplio (‘los años 68’, la década 1965-1975), donde los movimientos de los 60 y el propio 68 francés no serían más que el acelerador de un conjunto de transformaciones en marcha desde la segunda posguerra mundial. Asimismo, han insistido en la dimensión cultural del 68 y retomado desde esa perspectiva la reflexión sobre el legado del 68 como derivada de una memoria global del 68.

La originalidad del escenario francés, con la conjunción incompleta y conflictiva del movimiento estudiantil y la huelga obrera, dificulta su interpretación, aunque refuerce el sentimiento de rechazo frontal a una sociedad volcada al consumismo y que es percibida como hipócrita y conformista. ¿Qué fue el 68 francés? ¿Una experiencia “insaisissable” (de Gaulle), una revolución “introuvable” (Aron), un acontecimiento “monstre” (Nora) o un fundamental “événement de paroles” (Canut y Prieur)? “Se puede hacer decir todo a mayo del 68”, consideraba un antiguo activista al filo del 40o aniversario. Por ello, medio siglo después, es más necesario que nunca repensar el 68.

El mayo francés significó una doble explosión de la palabra y la acción. La imagen de Certeau, en la inmediatez de los hechos, resulta sugestiva: “En mayo pasado, se tomó la palabra como se tomó la Bastilla en 1789”. El 68 se presenta como una liberación de la palabra, la reivindicación del ‘derecho a hablar’ de todos, pero en nombre propio. Por primera vez, una revolución social se vuelve un fenómeno de lenguaje, que resulta al mismo tiempo un desafío político. La palabra impertinente y excesiva, como nueva arma simbólica, se convierte en una fuerza de emancipación política.

El mito de la barricada adquiere un nuevo sentido: pierde su utilidad militar para constituir la “delimitación de un lugar de la palabra, de un lugar donde el deseo puede inscribirse y llegar a la palabra” (Geismar). La ciudad como libro colectivo acoge la “palabra salvaje” (Barthes) de las auténticas fuerzas vivas del movimiento, ansiosas de pronunciarse contra el orden establecido o simplemente de desenmascarar a través del humor, la parodia, la paradoja o lo insólito los límites de todos los viejos discursos. Se trata de poner la palabra al servicio de la vida, como refleja la proximidad del situacionismo con el lenguaje de mayo (“Queremos vivir”, “Vivir sin tiempos muertos”, “Sed solidarios y no solitarios”, “La cultura es la inversión de la vida”, “Creatividad, espontaneidad, vida”).

El 68 apela a una política creativa donde la vida cotidiana quede en el centro de la cuestión social, y sea capaz de alumbrar una nueva civilización que trascienda la cosificación económica (Marcuse). Esa aspiración ha recobrado actualidad: una nueva política sensible a la vida de la gente, que mueve a la presencia y participación ciudadanas, un deseo de vivificar las instituciones tanto como el lenguaje. El 68 establece así un doble compromiso con la creatividad y la crítica, entendidas como herramientas fundamentales para la construcción social. El deseo inscrito en la palabra no como carencia sino como producción y extensión del campo social (Deleuze).

La sublimación subversiva del deseo hizo aflorar una cultura de la autenticidad entendida como afirmación absoluta del propio ser singular. Frente a cualquier norma externa se defiende el derecho a la diferencia, sea cual fuere. Las normas de vocación universal desaparecen en beneficio de los particularismos, lo que dificulta seriamente la comunicación y el fortalecimiento del pensamiento: el pensamiento débil acabará identificado con el pensamiento correcto, soslayándose toda discusión sobre una política de límites. Esta es, sin duda, la parte más incómoda del legado del 68, y la que invita a reflexionar.

De la dinámica de transgresión del orden establecido se ha pasado a la banalización actual de cualquier realidad, reducido todo a una única dimensión, lo que nos devuelve a la crítica marcuseana. El relativismo del 68 ha favorecido, por paradójico que resulte respecto a la atmósfera en que se desenvolvió el movimiento, un nuevo conformismo –la instalación en el presente, sin mayores expectativas de futuro– cuyos contornos ideológicos superan el individualismo liberal/libertario de los 80, tal y como ha sugerido Castoriadis al caracterizar el posmodernismo como conformismo generalizado.

Esta ausencia de verdades madres facilita la disgregación de la comunidad, el abandono de la búsqueda de la unidad, y reduce la pluralidad a una amalgama (posmoderna) de espíritus que erosiona el valor de la democracia. La actual amenaza populista, de derecha o izquierda, no es una casualidad. Es lo que sobreviene cuando la palabra liberada prescinde de toda
palabra de autoridad, y acaba convertida en vieja demagogia, como se registra últimamente en el discurso de algunos grupos o movimientos que, en su origen, como el 68, hicieron de la calle un lugar de la palabra al que atender y escuchar.

Juan María Sánchez-Prieto es profesor de Sociología de la UPNA y miembro de Sociedad Civil Navarra