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Modo Sánchez

La política española ha entrado en modo Sánchez, es decir, en una dinámica impredecible. El objetivo principal del nuevo presidente de Gobierno es mantenerse en Moncloa para afirmar al PSOE de cara a las próximas elecciones y así poder continuar él en Moncloa. Si de ello se deriva algún bien para España, estupendo. Si no, ya vendrán otros a arreglar los posibles desaguisados. Es una manera muy burda de decirlo, lo cual no quiere decir que no sea verdad.

Los hechos hablan por sí solos, y por supuesto admiten distintas interpretaciones. Sánchez estuvo rápido con la moción de censura. Ni consulta a las bases ni reuniones previas de los órganos del partido. No se podía fallar la ocasión. El Rajoy incombustible, el hombre que sabía medir los tiempos, fue destrozado por el tornado de una tormenta perfecta. La última imagen de Rajoy, no obstante, renunciando a todo antes de desaparecer, deja un claro mensaje en clave de regeneración democrática a quién pudiera alimentar el propósito de ser presidente por un día para disfrutar de las prerrogativas de ex presidente el resto de su vida.

La moción tuvo poco de constructiva, fue una alianza negativa, sin programa ni negociaciones previas, al menos aparentemente. Sánchez invoca el sentido de estado para asegurar la estabilidad política, pero excluye del diálogo a quienes eran sus interlocutores hasta ayer para las cuestiones de estado. Ni el asunto de los presos de ETA ni la situación catalana han sido habladas con el PP y C’s por el actual gobierno. ¿De qué va a hablar Sánchez con Torra el próximo 9 de julio? ¿De la agenda preparada por el líder de Podemos, embajador de Madrid en Cataluña? ¿Qué medidas supeditadas a una reforma constitucional pueden ofrecer sin contar con el PP? ¿O se trata de explorar las posibilidades de un ‘régimen post78’ con el concurso una vez más de los nacionalistas?

Para el presidente Sánchez la fractura social de Cataluña es responsabilidad del anterior Gobierno de Rajoy, no de quienes utilizaron la Generalitat contra el Estado. Seguramente la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, una prioridad nacional, podrá reparar esa brecha poniendo fin a una crisis política abierta desde… ¿la Transición? El discurso lo tiene armado Podemos desde hace años y, si le dieran ocasión desde la nueva RTVE, el vicepresidente oficioso del gobierno (que no cesa de manifestar su voluntad de darle otra vuelta de Tuerka al ente público) lo adaptaría a conveniencia, siguiendo la experiencia de la TV catalana (todo un ejemplo de pluralidad, y que nadie toca).

En la política española no hay pudor ni para esconder las propias obsesiones. La de Sánchez es construirse la imagen de presidente, con álbum de fotos incluido (qué mejor jefe de gabinete que un experto en marketing político). En el PP, que también ha entrado en modo Sánchez, es decir, en una dinámica impredecible, algunos juegan a destruir la imagen de otros (Margallo obsesionado con la ex vicepresidenta), o a recomponer si fuera posible la personal. Resulta casi surrealista el ofrecimiento de Aznar para reconstruir el centro-derecha, olvidando de manera interesada que los lodos de la corrupción que se han tragado a Rajoy, provienen de los barros de Matas, Esperanza Aguirre o Zaplana, aznaristas confesos.

El PP juega ciertamente a la ruleta rusa con vistas al próximo congreso del partido. La sombra de Aznar sobre Casado es presentada por el joven candidato (que apela al relevo generacional) como garantía de unidad; mientras que las dos mujeres que pugnan entre sí por convertirse en la primera presidenta del gobierno de España no pueden desprenderse de la herencia de Rajoy. La aparente ventaja de Cospedal como secretaria general que dispondría de un mayor control sobre el aparato del partido para la elección de los compromisarios, puede quedar anulada por figuras como Arenas que lo saben todo y se sitúan al lado de Soraya, la candidata más alejada de la historia y estructura del partido, y que podría tener mayor tirón electoral. Toda esta incertidumbre beneficia a Sánchez y mantiene a la espera a un descolocado Rivera.

El modo Sánchez genera también un compás de espera en Navarra, no menos impredecible. Cerdán, un fiel del presidente Sánchez, se precipitó a la hora de bendecir el futuro gobierno progresista de la Comunidad Foral donde, sin grandes matizaciones, situaba al PSN al lado cuanto menos de Geroa Bai como signo del nuevo tiempo político. Los nacionalistas, encantados, sin duda. No es un escenario imposible. Quedan por ver las últimas actuaciones en Navarra del circo Podemos, y cómo pueden afectar al incremento del voto socialista. ¿Hasta el punto de adelantar a Geroa Bai? El efecto Sánchez lo puede favorecer, pero ¿se mantendrá éste sin debate alguno de aquí a las próximas elecciones forales?

 

Juan María Sánchez-Prieto es profesor de sociología de la Universidad Pública de Navarra y miembro de Sociedad Civil Navarra




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La corriente animalista, los toros y la insolidaridad

No, el movimiento animalista no descansa y se activa bastante más cuando llegan los Sanfermines. Parece que este año han decidido echar el resto y hacerse presentes en Pamplona unos días antes del chupinazo con una sobreactuación animalista –grupos como Liberal Animalis, PETA, PACMA…-, con el apoyo más o menos velado de movimientos locales de corte izquierdista, populista y nacionalista.

El movimiento animalista tiene como fin último poner en pie de igualdad la condición humana con la de los animales irracionales, ya sean salvajes o domésticos, para equiparar el humanismo con raíces greco-romanas y judeo-cristianas, con la vida de los animales irracionales, un relato equivocado, injusto e innecesario. Niegan el humanismo y apoyan el antiespecismo que sostiene que todas las especies animales son iguales, incluida la humana (P. Singer).

En realidad, no les importa gran cosa lo que ocurra con los toros en el ruedo, pero saben que la Tauromaquia es un buen reclamo para apoyar el movimiento animalista, porque las imágenes distorsionadas que presentan, junto con la aparente crueldad del espectáculo, movilizan a gentes bienintencionadas de cualquier rincón del mundo a favor de sus tesis animalistas.

No contentos con ello, eligen los Sanfermines porque poseen el festejo popular taurino más importante del planeta, el Encierro, acompañado de las corridas vespertinas de prestigio, pues ya se sabe que sin corridas no hay encierros: la desaparición de aquellas haría inviable el encierro. Tome nota señor alcalde de Pamplona. Cualquier acto antitaurino extravagante y bien organizado tiene garantizado su difusión por medio mundo y en pocas horas a través de las redes sociales. Así, la Tauromaquia se convierte en el mejor altavoz y la mayor pantalla del movimiento animalista, que tiene objetivos mucho más ambiciosos que la pequeña influencia económica y social que tiene la fiesta de los toros en los ocho países taurinos donde se celebran corridas (Portugal, España, Francia, México, Venezuela, Ecuador, Colombia, Perú).

Para defender a los animales, no se les ocurre mejor cosa que ir en contra de la producción de alimentos de origen animal, para lo que no dudan en atacar la cría de animales domésticos –animales de renta- que son los que producen alimentos esenciales en la dieta humana (carne, leche, huevos…), y que lamentablemente escasean en las regiones desfavorecidas del planeta, allí donde se pasa hambre. Se olvidan del enorme daño que pueden generar a los ganaderos y a sus familias y a toda la industria cárnica que gira en torno a esta producción y que es una gran fuente de riqueza para España.

En las regiones avanzadas, como puede ser la Unión Europea (UE), la moderna producción animal está sometida a unas normas rigurosas de bienestar animal que garantizan una vida acorde con el comportamiento animal y los objetivos de producción. Nadie quiere más a sus animales que los propios ganaderos y, aunque parezca una aberración, nadie quiere más a los toros de lidia que los propios ganaderos, toreros y aficionados. Decir que la gente va a las plazas a ver sufrir a los toros es una gran falacia llena de maldad.

Pero es que el movimiento animalista tiene además una gran carga de insolidaridad. Es insolidario con los millones de familias de ganaderos en el mundo que dependen de la producción de sus animales para vivir de su trabajo. Es insolidario cuando animan a abrazar el veganismo a las generaciones jóvenes de los países avanzados, sabiendo que la dieta vegana, libre de alimentos de origen animal, es desequilibrada e incompleta, por tanto, insana. Es insolidario con el mundo de las mascotas -animales de compañía- porque se les somete a una vida humanizada que a menudo choca con su vida natural. Es insolidario con el medio ambiente al ir en contra de la cría de animales que consumen el pasto natural de nuestros campos y montes, que ayuda a mantener fértil y limpio el terreno y a evitar incendios forestales. Es insolidario porque se oponen a la investigación con animales, que está reglada y ordenada por ley, para el avance del conocimiento por el bien general de la sociedad. Es insolidario con los muchos millones de habitantes que pasan hambre en el mundo, a los que de alguna manera se les quiere impedir el acceso a estos alimentos tan necesarios para sus vidas.

Y lo que es más penoso, están haciendo el caldo gordo sin ellos saberlo a grandes firmas multinacionales que viven del mundo de las mascotas o de la fabricación de alimentos “cárnicos” sin carne para los veganos, o de hamburguesas de carne artificial –también sin carne- para el gran público, una gran hipocresía.

Antonio Purroy Unanua es doctor ingeniero agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra

Foto: Pablo Lasaosa




justicia

Justicia, proporcionalidad y clamor popular

El sábado 23 de junio Geroa Bai celebró su acto de cierre de curso político. El repaso de actualidad y balance de actuaciones que realizó la presidenta de Navarra no podía pasar de puntillas ante la agitada actualidad en el ámbito de la administración de Justicia. En este sentido, Barkos realizó -y pido disculpas por la larga cita-, las siguientes consideraciones:

“La Justicia española tiene que esprintar para llegar a los puestos de cabeza de la sociedad si es que quiere seguir andando con ella en un escenario de democracia. Si no tendrá, como en política hemos visto, serios riesgos de divorciarse de una manera importante. Las manifestaciones en la calle que hemos vivido estos últimos años, y muy especialmente estas últimas semanas, son un fiel reflejo de la enorme distancia que separa a la sociedad de una parte de la judicatura”.

Lo que Barkos parecía querernos decir en el churrigueresco estilo habitual, es que ya están tardando los jueces en adaptar y ajustar sus decisiones al clamor popular. La idea suena bien. Lo popular siempre lleva un marchamo extra de legitimidad. Sin embargo, ¿quién nos asegura que no acabemos llegando a la justicia popular? La justicia popular es el disfraz que se pone el linchamiento cuando se quiere colar por la gatera. No creo que nadie considere el linchamiento un modo ejemplar de administrar justicia… aunque con lo que se lee y se oye a veces hay lugar para la sospecha.

La razonable duda sobre donde puede ir a parar todo esto obliga a responder algunas cuestiones. Por ejemplo ¿qué es exactamente el clamor popular? Barkos cita ciertas manifestaciones, pero manifestaciones hay muchas, y no todas sus demandas son atendidas. ¿Cuántos manifestantes hacen falta para que algo sea un clamor? ¿Por qué un número determinado de personas obligan a un poder publico a esprintar, pero otro número no obliga a otro poder público (el de Barkos, sin ir más lejos) a dar siquiera un pasito más largo que otro? Es pertinente también reflexionar sobre por qué en ciertas ocasiones a la Justicia se le exige esprintar mientras que en otras se advierte sobre los males de legislar “en caliente” (si legislar en caliente no es esprintar venga Dios y lo vea). A lo mejor es que algunos le llaman “legislar en caliente” a aquellos esprints que corren en una dirección que les disgusta. Ya nos lo irán explicando.

Por otro lado ¿qué es esa “proporcionalidad en las penas” que se exige ruidosamente en unos casos y se esquiva como a una bicha en otros? Las demandas de celeridad, dureza, contundencia o ejemplaridad que se dirigen a los jueces en unos casos contrastan con las reticencias a aplicar dichos principios a otros casos tan flagrantes o más. Uno llega a pensar que es la conveniencia, y no la justicia, la que lleva a algunas personas a aplicar criterio tan dispar.

Recuerden la petición de firmas que promovieron Juan José Cortés y Juan Carlos Quer en defensa de la pena de prisión permanente revisable frente a los movimientos en su contra de algunos partidos políticos.

Recuerden el debate sobre la revisión de la ley del menor, demanda que choca sistemáticamente con el silencio de los partidos. Les recuerdo el caso Sandra Palo. Un asesinato cruel donde los haya, que no ha despertado, por lo visto, el clamor social necesario para que nadie inicie sprint alguno. ¿Son estos casos testimonio de un “importante divorcio” entre los partidos y la sociedad, según el criterio de la presidenta? Eternas preguntas…

Concluyo. No discuto la legitimidad de muchos de estos planteamientos. Lo que no es legítimo es la incoherencia, el estar pidiendo una cosa y la contraria según de qué o de quién se trate. Porque esto es quizá lo mas grave de todo: que dependiendo de qué se juzgue o a quién se juzgue, el clamor será más ruidoso y la proporcionalidad, paradójicamente, más desproporcionada.

El avance de la sociedad debe ir acompañado, qué duda cabe, del consiguiente ajuste de la legislación, la administración de justicia y del resto de poderes e instituciones. Pero esta es una cuestión de complejidad y trascendencia suficientes como para que ninguna reforma se deba hacer a la ligera, mucho menos estigmatizando a unos profesionales que llevan años a la cabeza de las demandas de mejoras en medios y formación. Es injusto olvidar que pocas actividades humanas habrá tan complejas y de tanta responsabilidad como la de juzgar. Pocas habrá tan solitarias. Al inevitable debate le sobra la algarada tertuliana, furor mediático y, como siempre, barullo politiquero en busca de causa justa que parasitar; le falta, como casi siempre, serenidad, visión a largo plazo y vocación de verdadera mejora social.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología




manifestaciones

Los decibelios de la música anti-Estado

La marcha multitudinaria que recorrió Pamplona el pasado 16 de junio en apoyo de los jóvenes encarcelados por la agresión a dos guardias civiles y a sus parejas en un bar de Alsasua en 2016, entronca con una estrategia política de demonización de todo lo que tenga que ver con el Estado y con la creación de la figura de la víctima colectiva. La frase del alcalde de Pamplona, J. Asirón, resume muy bien el trasfondo real del asunto: “Como siempre, es la juventud de Euskal Herria la que es perseguida y castigada”.

Así, la manifestación trascendió el legítimo derecho de los familiares, de los amigos o de ciudadanos anónimos bienintencionados que quieren expresar libremente en la calle su desacuerdo con una condena por considerarla desproporcionada, y pasa a convertirse en un estudiado ejercicio masivo de propaganda anti-Estado, coordinado y financiado desde varios puntos del país, con presencia destacada del mundo independentista y de los círculos antisistema.

Sólo así se explica la presencia en Pamplona de bastantes decenas de autobuses fletados por la Assemblea Nacional Catalana (ANC) desde diferentes localidades catalanas y otras muchas ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao, San Sebastián, Vitoria… Los cinco jóvenes alsasuarras se han convertido en las estrellas de la música anti-Estado con el apoyo entusiasta del Gobierno cuatripartito de Navarra, con la presidenta Barkos a la cabeza.

Porque inocular entre los más jóvenes el virus de la desconfianza en el Estado es una de las líneas estratégicas básicas de los nacionalismos y de los nuevos populismos. Sus asesores de comunicación e imagen tienen perfectamente identificados a sus objetivos de mercado: las nuevas generaciones. Los modernos, amables y democráticos partidos nacionalistas y populistas diluyen su discurso político con mensajes de justicia, paz y progreso que confluyen en el mismo denominador común: el Estado es el enemigo y los jóvenes son sus víctimas.

La construcción de un enemigo externo, -el Estado, en definitiva España- es la gasolina de ambas ideologías. Después de todo, la defensa contra un enemigo exterior y la reivindicación de la condición de víctima representan una unidad de destino y dibuja una causa común muy atractiva para ambas: el independentismo y la demolición del actual ordenamiento político y jurídico.

Pero para que la gasolina prenda, se necesita una mecha, y en España esa mecha se llama educación o más bien, como magistralmente denomina Savater, la deseducación cívica. No olvidemos que la manufactura de generaciones de ciudadanos que desconfían de cualquier cosa relacionada o impulsada por el Estado tiene mucho que ver con la absurda disparidad de contenidos en humanidades (historia, filosofía) en las diferentes comunidades autónomas. Y es importante recordar que dichos contenidos propician la base intelectual que un individuo necesita en la vida para poder pensar, valorar y decidir.

¿Cuál es la diferencia del sistema educativo en Francia o en Italia, por poner dos ejemplos próximos por cercanía geográfica e idiosincrasia? En nuestro país vecino, un adolescente de Bretaña estudia los mismos contenidos lingüísticos, históricos o filosóficos que otro del País Vasco francés, faltaría más. Al otro lado del Mediterráneo, un ragazzo de Turín comparte las mismas lecciones que un chico de Nápoles o de Sicilia. Es decir, mientras en Europa la educación se revela como uno de los elementos vertebradores y de cohesión para los estados, en cambio, aquí en España la enseñanza se ha convertido en muchos lugares en una herramienta de disgregación que además alimenta la base social del nacionalismo separatista y del populismo rupturista.

Las fuerzas políticas antisistema (EH Bildu, Podemos, CUP) están viendo crecer sus cuotas de poder y de visibilidad en la calle. La música anti-estado está aumentando de decibelios con performances a lo largo y ancho de nuestro país, hoy por los de Alsatsu, mañana por los presoners, y pasado mañana por cualquier otra causa con tirón mediático. Por ello, resulta urgente que nuestros gobernantes -Pedro Sánchez tiene una excelente oportunidad para ser el pionero en esta materia – empiecen a pensar en fomentar una pedagogía positiva en las aulas de escuelas y universidades que enseñe, con ejemplos prácticos, sencillos y accesibles, los valores de nuestra democracia y de nuestro Estado de derecho.

Elena Sola Zufía es licenciada en Filosofía y Letras y miembro de Sociedad Civil Navarra




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Fobias y latrías

El “Tesoro de la lengua castellana o española”, de Sebastián de Covarrubias (Madrid 1611), recoge la voz “latría”, dándole el significado de “reverencia, obsequio y servidumbre que se debe solo a Dios”. No es palabra que se use ni mucho ni poco, salvo a modo de sufijo, y esto casi exclusivamente en la voz “idolatría”.

Lo contrario ocurre con las “fobias”. Las hay para todos los gustos. Originalmente describen trastornos psiquiátricos de ansiedad. El manual DSM-5 las define, resumidamente, como “aparición de miedo o ansiedad intensos y persistentes, prácticamente inmediata e invariable respecto a un objeto o situación específica, que se evitan o soportan a costa de intenso miedo”. Dichos objetos o situaciones especificas son variadísimos: las alturas, las arañas, volar (y si: también los dentistas). Quede explicitado el componente patológico de las fobias y resérvese la idea para más adelante, que es importante.

El mundo de las fobias se está ensanchando mucho. Si antes se limitaban a su original terreno de la patología, ahora se adueñan también del debate político. Así se nos está llenando el panorama de otro tipo de fobias, aunque algunas ya de prolongado historial: la xenofobia, la homofobia, la transfobia, la LGTIfobia, la islamofobia, la aporofobia y la euskarafobia, que ha reinado indiscutida en los últimos meses.

El recurso a mentarle la fobia al adversario es tan vulgar que casi sonroja. La etiqueta no busca siquiera clasificar. Busca zanjar el debate por la vía de la descalificación. ¿De qué tengo que hablar con usted, si ya lo he reputado como un xenófobo impresentable? ¿Como voy a valorar ni uno solo de sus argumentos, por elaborados o fundamentados que estén, si ya hemos decidido y pregonado que es usted un euskarófobo de manual?.

La trampa lógica que se utiliza es pueril. Usted es, pongamos por caso, un xenófobo en la medida en que se atreve siquiera a discutir mis puntos de vista, que como todo el mundo sabe son la Verdad Revelada. Las únicas opciones para no ser etiquetado son estarse callado o unirse a la opinión dominante sin atisbo de crítica. Lo que se dice un paraíso cívico.

No pongo en duda la existencia de casos en que la aplicación del calificativo esté mas que justificada. Pero la soltura con la que se distribuye me hace sospechar que casi siempre es por motivos bastardos. Por maldad. Por comodidad. Por pereza intelectual.

Porque es tan sencillo, tan cómodo lo de la etiqueta… Debe de resultar muy sedante eso de aparcar al adversario en el cajoncillo de lo patológico o incluso de lo predelincuencial. A base de colgar etiquetas, como si fuera una camisa, se acaba alienando al adversario. Ya no es alguien que tiene una determinada posición y la expone y defiende. Es un “algo”. Algo que, por haber sido incluido en el campo semántico de las fobias, es considerado anómalo o patológico, potencial objeto de tratamiento o reeducación. Una jugada redonda… si los demás nos dejamos calificar y amedrentar.

Hay una cuestión que no quiero dejar pasar. Hace ya tiempo traje a estas mismas paginas el concepto de “transferencia de sacralidad” (El pimpampum anticatólico, 24-3-2016). Según este principio las características de sacralidad que antaño se le atribuían solo a Dios son transferidas a otra realidad (la nación, la patria, la lengua, el partido, la bandera…). Con ellas se transfieren los rituales, la retórica, la estética, y también el sentido de pertenencia a una comunidad que tradicionalmente se asociaban a las religiones organizadas.

Me pregunto, y lo dejo aquí como fermento de futuras reflexiones, si tras lo que algunos machaconamente ven una fobia ajena no se encuentra, en realidad, una latría propia, una sacralización o totemización (da igual si es de la lengua o la nación o la bandera o cualquier otra cosa), frente a la que la indiferencia o la crítica ajena resultan intolerables.

Una latría poco dispuesta a tolerar a quienes no adoptamos la nueva fe, o no mostramos la suficiente devoción, o no secundamos todos los preceptos. O simplemente la consideramos una ridiculez.

Una latría en competencia casi darwiniana con otras de signo distinto, pero de pulsiones equivalentes.
Una latría con sus fiestas de guardar.
Una latría con sus diezmos, sus óbolos y sus limosnas. Con sus jerarquias y sus sacerdocios.
Una latría con sus ortodoxos, sus heterodoxos, sus fieles y sus infieles.
Una latría, lamentablemente, con sus inquisiciones, sus autos de fe y sus fuegos purificadores.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




tribuna

‘No será por imposición’

En el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, a 31 de marzo de 2016, se firmó el manifiesto titulado “Por un verdadero proceso de normalización lingüística en la Cataluña independiente”.

Dicho manifiesto propone la erradicación del bilingüismo en Cataluña, y la designación del catalán como única lengua oficial. En el manifiesto se dicen cosas tales como que “El régimen dictatorial del general Franco avanzó en este proceso de bilingüización forzada mediante el uso de una llegada de inmigración de los territorios de habla hispana”, o que “uno de los mayores problemas de estado de la Nueva República, quizás el más importante, será el problema de la lengua, ya que afecta al fundamento de la cohesión social”. El manifiesto apenas disimula sus resabios racistas, expansionistas y segregacionistas. No dice nada, sin embargo, sobre cómo ha de llevarse a cabo el plan de suprimir por completo una lengua. Lo que sí sabemos es que “no será por imposición”. Algún tiempo después, en Baleares….

… el gobierno regional pensó que sería bueno para la salud de los ciudadanos que el personal sanitario de las Islas hablara catalán. Así que el Gobern anunció un decreto por el que se les exigiría un determinado nivel de catalán. No se requiere un título para presentarse a las oposiciones y obtener una plaza pública, pero quien no acredite el conocimiento del catalán en un plazo de dos años tras obtener el puesto ni cobrará pluses ni podrá optar a concursos de traslados. Peligran los garbanzos y la carrera profesional. De hecho, el 64% de quienes optaban a entrar en las bolsas de trabajo temporal han sido rechazados por este motivo. ¿Se resentirá la calidad asistencial? No lo sabemos todavía. Lo que sí sabemos es que, pase lo que pase, “no será por imposición”. Lejos de allí, en Euskadi…

…cursar estudios en castellano es un arduo propósito. Curiosamente las estadísticas demuestran que el uso del euskera es francamente minoritario en la calle. (El 31,1% en Guipúzcoa, 8,8% en Vizcaya, 6.7% en Navarra, 5.3 en Iparralde y 5.6% en Álava, según datos de la VII Medición del Uso de las Lenguas en la Calle). El porcentaje de alumnos que estudian en euskera ha crecido mucho más que el de hablantes habituales, y se da la paradoja de estar muchos niños estudiando en una lengua tan materna y familiar como pudieran serlo el swahili, el chino mandarín o el urdu. Los adultos se apuntan a aprender un euskera que en realidad no les interesa para poder acceder a ciertos trabajos. Así cualquiera convierte el euskera en “motor de la economía”. Pero por supuesto, nada “habrá sido por imposición”. Mientras tanto en Navarra…

… no estamos -todavía- en una situación equiparable a la de Cataluña. Baleares o Euskadi., pero podríamos llegar a estarlo. Un ejemplo. La recientemente aprobada Ley de Contratos Públicos, en la disposición adicional decimoquinta, “incentiva la presencia del euskera” estipulando que “Las empresas subcontratadas, cuando el cumplimento del contrato exija un servicio de atención al público, elaborarán un plan de euskera para que los y las personas trabajadoras (sic) que ocupen los puestos de atención al público puedan formarse en dicha lengua”. Pido una ovación, de paso, para el calamitoso e hilarante lenguaje inclusivo usado por el legislador. Vale que fomenten el euskera, pero por favor, no empuerquen el castellano.

José Miguel Nuin explica que dichos planes pueden ser “permisos retribuidos para aprender euskera o que se facilite la página web de la Escuela de Idiomas”. La web la puede encontrar cualquiera sin ayuda; en cuanto a los permisos, la dilatada trayectoria empresarial de José Miguel Nuin le faculta sin duda para hablar de ellos y de su incidencia en la rentabilidad y viabilidad de las empresas, sobre todo de las pequeñas. ¿No pretenderán más bien que las empresas contraten directamente a quien sí habla euskera, distorsionando así un mercado, el laboral, cada día más reñido?

Mas inquietante me resulta Adolfo Araiz cuando comenta “Esta ley desgraciadamente no obliga a nada. Ojalá, ojalá, se fomentase de forma decidida el euskera”. Seguro que cuando esta o cualquier otra ley cumpla las exigentes expectativas de Adolfo Araiz tampoco obrará “por imposición”. Obligar sin imponer: misteriosa cuadratura del círculo foral.

Estos cuatro cuadros son fotos fijas del proceso de “normalización” lingüística en distintas comunidades autónomas. Me cuesta entender, aunque tengo que respetarlo, que nadie vea deseable recorrer el camino completo. En cualquier caso, los que pensamos que así no se normaliza nada exigimos también respeto a nuestra posición, a nuestras reflexiones y a la voluntad de manifestarnos públicamente el día 2 de junio, no contra el euskera (¡qué más quisieran algunos!), sino “’Por el futuro de todos en igualdad”.
Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




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El legado ambivalente del 68

El 68 fue un movimiento que alcanza al conjunto de los países industrializados estableciendo referentes subversivos fuera de esas fronteras. Los historiadores han enfatizado el carácter transnacional del fenómeno, así como la pertinencia de atender a un contexto temporal más amplio (‘los años 68’, la década 1965-1975), donde los movimientos de los 60 y el propio 68 francés no serían más que el acelerador de un conjunto de transformaciones en marcha desde la segunda posguerra mundial. Asimismo, han insistido en la dimensión cultural del 68 y retomado desde esa perspectiva la reflexión sobre el legado del 68 como derivada de una memoria global del 68.

La originalidad del escenario francés, con la conjunción incompleta y conflictiva del movimiento estudiantil y la huelga obrera, dificulta su interpretación, aunque refuerce el sentimiento de rechazo frontal a una sociedad volcada al consumismo y que es percibida como hipócrita y conformista. ¿Qué fue el 68 francés? ¿Una experiencia “insaisissable” (de Gaulle), una revolución “introuvable” (Aron), un acontecimiento “monstre” (Nora) o un fundamental “événement de paroles” (Canut y Prieur)? “Se puede hacer decir todo a mayo del 68”, consideraba un antiguo activista al filo del 40o aniversario. Por ello, medio siglo después, es más necesario que nunca repensar el 68.

El mayo francés significó una doble explosión de la palabra y la acción. La imagen de Certeau, en la inmediatez de los hechos, resulta sugestiva: “En mayo pasado, se tomó la palabra como se tomó la Bastilla en 1789”. El 68 se presenta como una liberación de la palabra, la reivindicación del ‘derecho a hablar’ de todos, pero en nombre propio. Por primera vez, una revolución social se vuelve un fenómeno de lenguaje, que resulta al mismo tiempo un desafío político. La palabra impertinente y excesiva, como nueva arma simbólica, se convierte en una fuerza de emancipación política.

El mito de la barricada adquiere un nuevo sentido: pierde su utilidad militar para constituir la “delimitación de un lugar de la palabra, de un lugar donde el deseo puede inscribirse y llegar a la palabra” (Geismar). La ciudad como libro colectivo acoge la “palabra salvaje” (Barthes) de las auténticas fuerzas vivas del movimiento, ansiosas de pronunciarse contra el orden establecido o simplemente de desenmascarar a través del humor, la parodia, la paradoja o lo insólito los límites de todos los viejos discursos. Se trata de poner la palabra al servicio de la vida, como refleja la proximidad del situacionismo con el lenguaje de mayo (“Queremos vivir”, “Vivir sin tiempos muertos”, “Sed solidarios y no solitarios”, “La cultura es la inversión de la vida”, “Creatividad, espontaneidad, vida”).

El 68 apela a una política creativa donde la vida cotidiana quede en el centro de la cuestión social, y sea capaz de alumbrar una nueva civilización que trascienda la cosificación económica (Marcuse). Esa aspiración ha recobrado actualidad: una nueva política sensible a la vida de la gente, que mueve a la presencia y participación ciudadanas, un deseo de vivificar las instituciones tanto como el lenguaje. El 68 establece así un doble compromiso con la creatividad y la crítica, entendidas como herramientas fundamentales para la construcción social. El deseo inscrito en la palabra no como carencia sino como producción y extensión del campo social (Deleuze).

La sublimación subversiva del deseo hizo aflorar una cultura de la autenticidad entendida como afirmación absoluta del propio ser singular. Frente a cualquier norma externa se defiende el derecho a la diferencia, sea cual fuere. Las normas de vocación universal desaparecen en beneficio de los particularismos, lo que dificulta seriamente la comunicación y el fortalecimiento del pensamiento: el pensamiento débil acabará identificado con el pensamiento correcto, soslayándose toda discusión sobre una política de límites. Esta es, sin duda, la parte más incómoda del legado del 68, y la que invita a reflexionar.

De la dinámica de transgresión del orden establecido se ha pasado a la banalización actual de cualquier realidad, reducido todo a una única dimensión, lo que nos devuelve a la crítica marcuseana. El relativismo del 68 ha favorecido, por paradójico que resulte respecto a la atmósfera en que se desenvolvió el movimiento, un nuevo conformismo –la instalación en el presente, sin mayores expectativas de futuro– cuyos contornos ideológicos superan el individualismo liberal/libertario de los 80, tal y como ha sugerido Castoriadis al caracterizar el posmodernismo como conformismo generalizado.

Esta ausencia de verdades madres facilita la disgregación de la comunidad, el abandono de la búsqueda de la unidad, y reduce la pluralidad a una amalgama (posmoderna) de espíritus que erosiona el valor de la democracia. La actual amenaza populista, de derecha o izquierda, no es una casualidad. Es lo que sobreviene cuando la palabra liberada prescinde de toda
palabra de autoridad, y acaba convertida en vieja demagogia, como se registra últimamente en el discurso de algunos grupos o movimientos que, en su origen, como el 68, hicieron de la calle un lugar de la palabra al que atender y escuchar.

Juan María Sánchez-Prieto es profesor de Sociología de la UPNA y miembro de Sociedad Civil Navarra




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Aquella Europa atormentada

Nuestro país ha dado lugar a personajes extraordinarios. Uno de ellos es sin duda el médico humanista segoviano Andrés Laguna de familia judeoconversa (1510). Estudió artes en Salamanca y se graduó en medicina en París, también se formó en lenguas clásicas. Varios de sus biógrafos mantienen que fue profesor de las universidades de Alcalá y de Toledo, y el emperador Carlos V y el papa Julio III le nombraron su médico personal. Se doctoró en la Universidad de Bolonia y trabajó en media Europa como médico, botánico, farmacólogo, escritor, traductor…

Le traemos a estas líneas porque el rector de la Universidad de Colonia le encargó un discurso sobre lo que le acontecía a Europa. En su “Discurso de Europa”, que él mismo representó de forma teatralizada ante el claustro universitario repleto de los principales nobles y príncipes eclesiásticos y seglares de la época, el 22 de enero de 1543, llama a la concordia y a la paz de una Europa en continuas guerras por el poder y la religión que solo acarreaban hambre, peste y muerte. Laguna veía a Europa como un ente cultural y político que estaba llamada, a pesar de las rivalidades y diferencias, a conquistar el mundo y la modernidad. Pero en aquel momento era pesimista y veía cómo Europa “míseramente a sí misma se atormenta y lamenta su propia desgracia”. El texto fue escrito en latín y después publicado y muy leído en toda Europa. Recientemente, ha sido traducido al castellano y una compañía de teatro segoviana (Nao d ́amores) lo representa lleno de sensibilidad artística y de sentimiento europeísta.

Y si Europa estaba así era por algo. Europa hunde sus raíces en las culturas griega y romana, que se enfrentan entre sí. Más tarde, llegan los pueblos germánicos que se extienden de norte a sur, acompañados de las correspondientes batallas. Tampoco se puede obviar la invasión árabe, de sur a norte. La llegada del Renacimiento no aplaca los ánimos y también se enfrentan las principales monarquías entre ellas. La reforma de Lutero trajo consigo también numerosos conflictos. La Ilustración hace su aparición y con ella la revolución francesa, la invasión de España por los franceses, la revolución industrial inglesa… Ya en el siglo XX las dos guerras mundiales y la revolución rusa. Guerras y conflictos que generan bastantes millones de víctimas mortales.

Ante este panorama, la creación de una nueva Europa tenía que llegar. Desde el final de la devastadora 2a guerra mundial (1945) hasta nuestros días se produce el periodo más largo de paz en Europa. Hoy 9 de mayo se celebra el día de Europa para conmemorar el germen de la actual Unión Europea, que fue la creación en 1951 de un organismo supranacional para administrar el carbón y el acero: la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA). La CECA dio lugar al Tratado de Roma para crear el Mercado Común Europeo con sólo seis países miembros (1957). A lo largo de los años se fue ampliando el número hasta llegar a 28 (27 sin el Reino Unido), para conformar la Unión Europea. Europa es en la actualidad una de las regiones más próspera del planeta, donde el progreso y el desarrollo intentan garantizar el bienestar de los 510 millones de europeos, pues somos la región que mayor porcentaje del PIB dedica al estado de bienestar, el 30%. Además, Europa es el ente político supranacional más solidario en cooperación al desarrollo del mundo y aporta ella sola por encima de la mitad de la ayuda total.

Para poder ser admitido como país miembro es necesario acreditar valores como la libertad, la democracia, la igualdad, el respeto al estado de derecho y a los derechos humanos: tan fácil de decir como difícil de cumplir. Una vez dentro, se convierte en coprotagonista de las políticas que son el ADN europeo, políticas sobre el conocimiento y la educación, la innovación tecnológica, el aprovechamiento de la energía, la protección del medio ambiente y el desarrollo sostenible, la cohesión territorial, la cohesión social… y, lo que es más importante, todo ello aderezado de paz, de seguridad, de solidaridad económica y social, de identidad y diversidad europeas con valores humanitarios y progresistas. Pero todo hay que decirlo, hay países como Noruega, Suiza y Liechtenstein que no han querido entrar y otro como el Reino Unido que acaba de salir.

España es país miembro desde 1986 y en su gran desarrollo de estas últimas décadas ha tenido bastante que ver la UE. Se da la circunstancia de que somos receptores netos de ayudas, ya que recibimos más de lo que aportamos a las arcas europeas. Aunque las políticas comunes se surten de un pequeño porcentaje del PIB total europeo, no más allá del 1,06 %, han servido para que los países receptores netos hayan podido mejorar sus infraestructuras, invertir en I+D+i, ayudar a los agricultores, mejorar el medio ambiente, proteger a los consumidores, aumentar las ayudas sociales etc. Navarra no ha sido ajena a estas ayudas y mejoras. La sociedad navarra es consciente de lo que ha supuesto pertenecer a un club de países que fomenta la igualdad, el progreso, la solidaridad y la paz. ¿En qué se parece esta Europa a la de hace unos siglos? ¿Y a la de hace 70 años?

Antonio Purroy Unanua es ingeniero agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra




rosalind

Una plaza para Rosalind Franklin

La semana pasada, el 16 de abril se cumplió el sexagésimo aniversario de la muerte de la química británica Rosalind Franklin. Nueve días después, el 25, el sexagesimoquinto de la publicación, en la revista Nature, de los tres artículos que marcaron el inicio de la era del ADN. De estos tres artículos los dos últimos iban firmados por Rosalind Franklin y Maurice Wilkins. El primero, en el que se proponía la estructura en doble hélice del ADN, iba firmado por James Watson y Francis Crick. Wilkins, Watson y Crick recibieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1962. Rosalind Franklin no recibió premio alguno, ni tampoco una mención a su cardinal contribución al hallazgo. Tampoco llegó a enterarse, porque había fallecido por un carcinoma de ovario en 1958, con apenas 37 años. Franklin ha sido, en general, una nota al pie de página en la historia de la Biología hasta su tardía reivindicación. En palabras de su biógrafa, Brenda Maddox, Rosalind Franklin fue “una mujer genial, que vio sus dotes sacrificadas para mayor gloria del macho”.

La historia de Rosalind Franklin tiene un poderoso atractivo porque contiene las adecuadas dosis de talento, gloria científica, injusticia y drama. Ahondando un poco más, hay sombras de un trato condescendiente, si no despectivo, por parte de sus colegas masculinos. Todo ello hace de Rosalind un personaje simpático, que debería ser mucho más conocido de lo que en realidad es.

Quiero invocar a Rosalind Franklin como ejemplo, y sugerir un homenaje que sirva a la vez de reconocimiento e inspiración. Asistimos a una justa reivindicación del papel de la mujer en la ciencia (como en todos los órdenes de la vida). Sin embargo, las carreras científicas no parecen una opción prioritaria para las jóvenes. Quizá episodios de postergación como el de Rosalind Franklin hayan creado un inconsciente poso de conformismo, tanto en las jóvenes que podrían hacer ciencia como en quienes deberían animarles a ello en la familia y el ámbito educativo. El factor ambiental es clave. En el libro “¿Por qué tan pocas?” se afirma que “creer en el potencial de crecimiento intelectual mejora los resultados. Esto es cierto para todos los estudiantes, pero es especialmente útil para las chicas en matemáticas, donde persisten los estereotipos negativos sobre sus capacidades. Creando una mentalidad de crecimiento, profesores y padres pueden alentar el interés y los logros de las jóvenes en matemáticas y ciencias”. Pero claro, para eso hay que querer… y poder.

El trabajo debe ser continuo y en todos los planos. El blog “Mujeres con Ciencia” es una excelente iniciativa de la cátedra de Cultura Científica de la UPV; la celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia también lo es. En este contexto, un homenaje puntual a una persona concreta en una ciudad de mediano tamaño podría parecer irrelevante, pero no lo es.

Insisto: necesitamos ejemplos. Ejemplos tangibles y personales. Necesitamos poder preguntarnos “¿Quién fue Rosalind Franklin?”, para poder buscar la respuesta. Necesitamos que nuestros hijos nos lo puedan preguntar para poderles poner delante el ejemplo de esa mujer excepcional. El cambio y la evolución son acumulativos. Se puede producir un cambio revolucionario en la forma de hacer las cosas a base de sumar acciones aparentemente menores, si estas van en la dirección adecuada y son capaces de inspirar a otros. De ahí la propuesta que expongo a continuación.

No subestimemos el poder inspirador de ponerle el nombre justo al lugar adecuado. Si se hace por una causa universal tal poder se multiplica. Creo haber justificado suficientemente la pertinencia de dedicarle a Rosalind Franklin un espacio público en Pamplona. Habrá quien objete que la doctora Franklin “no era de aquí”. Eso no es un demérito, sino un motivo más de reflexión. No hay ciencia “de aquí” o “de allí”, y nos conviene ir fomentando cierta amplitud de miras, frente al localismo centrípeto imperante. Me permito, por último, sugerir -como lugar predilecto para los amantes de la ciencia de nuestra ciudad- la plaza que queda frente a la puerta de acceso al Planetario.

Simbólicamente, la plaza se abre a un espacio científico, pero también a una zona de juegos. No veo un mejor remate a lo que de apasionante y lúdico tiene la actividad científica. No veo mejor manera de proyectar una historia pasada, con sus claroscuros, sobre un futuro que debe construirse sobre el conocimiento y la igualdad.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y máster en Comunicación Científica




tribuna

Sobre toros y escorpiones

Allá por 1980, el PNV andaba a la caza de fondos para construir la nueva sede del partido en el solar de Abando donde antaño se asentara la casa natal de Sabino Arana. Para ello, se fabricaron cinco mil juegos consistentes en un busto de Sabino, diseñado por Jorge Oteiza, y una estela-homenaje a Gernika, obra de Néstor Basterretxea. El PNV pedía ocho mil duros por el juego en bronce, y dos mil duros por un juego más modesto, realizado en material refractario.

La estela es elegante, pero el busto me parece un auténtico desastre, porque salvo por la barba, ni se aproximaa la fisonomía de Arana. De hecho, a quien se parece si se le afeita y se le mira desde tres cuartos es a Andoni Ortuzar cuando se pone firme. Hay en la web algunas imágenes que corroboran lo que digo.

Me he acordado de esta historieta porque Andoni Ortuzar, presidente del PNV, volvió a ponerse firme el domingo de Resurrección. Se puso firme él y de paso nos puso a todos los demás, haciendo referencia a la consolidación del gobierno cuatripartito navarro como parte de la construcción nacional (se entiende que de Euskal Herria).

Lo suyo sería echarse a rabiar por la injerencia de Ortuzar. Las reacciones de los líderes constitucionalistas en Navarra han ido en esa línea. Sin embargo, echo en falta que alguien le dé las gracias a Ortuzar por sus palabras, aunque sea por una vez. Sí: las gracias. A Ortuzar hay que agradecerle la sinceridad y la transparencia. A Ortuzar hay que agradecerle que se comporte como un toro.

Soy de los que piensa que hay dos tipos de peligros. Unos son como el toro, y otros como el escorpión. Los dos pueden ser mortales, pero al toro se le ve venir, se le ven los cuernos y a una mala puedes mantener la distancia o darte la vuelta o trepar a un árbol cuando aún es tiempo. El escorpión sin embargo se esconde, no se le distingue, te puede picar sin que llegues a saber de dónde ha salido.

Ortuzar nos hace un enorme favor diciendo las cosas que dice. Espero que lo haga más a menudo, y que cunda el ejemplo. El suyo y el de aquella consejera de infraestructuras que dijo que la construcción del TAV en Navarra también es (¡qué casualidad!) cuestión de construcción nacional. Hay miles de navarros a los que esto les suena a gloria, y me parece hasta legítimo, siempre que a ellos les parezca legítimo lo que pensamos los demás y que estemos hablando con las cartas boca arriba, los conceptos muy bien definidos y las reglas del juego claras e iguales para todos.

En Navarra, sin embargo, no se trata este asunto con el mismo desparpajo que gastan allende la muga. Ni el Gobierno ni los partidos que lo sustentan (con excepción de EH-Bildu) le tienen demasiada afición a la expresión. En el discurso de investidura que abrió la legislatura, Barkos habló entre otras cosas, de lo social (41 referencias), de derechos (13 referencias), de cultura (12 referencias), de igualdad (8 referencias), de democracia (8 referencias) y de euskera (7 referencias), pero no de esa construcción nacional para la que la consolidación de su gobierno es tan importante a juicio de Ortuzar (y muy probablemente también a juicio de Barkos). Y esto es un problema.

Hay mucho inocente que no solo no ve el riesgo, sino que ni siquiera concibe que exista. Hipnotizados por una verbosidad tan sedante como falaz, no quieren considerar la posibilidad de que lo que Barkos presentó, en su discurso, como “cambio social, igualitario o de valores”, sea en realidad uno de los impulsores de la construcción nacional de Euskal Herria. La presidenta del Gobierno de Navarra goza (no se por qué) de una gran credibilidad. Pero una cosa es la credibilidad, y otra la veracidad, y muchas veces la credibilidad de una persona depende de la credulidad de la audiencia, y no de la consistencia de su discurso.

En el proceso electoral que viene, los logros gubernamentales de esta legislatura y los programas para la siguiente se presentarán de nuevo desde la amable perspectiva planteada en el discurso de investidura de 2015. Cualquier comentario sobre lo que Andoni Ortuzar dejó sentado durante el Aberri Eguna será recibida con el habitual despliegue calificativo: que si fachas, que si vascófobos, que si españolazos… Así, con la cara mas dura que el busto de Sabino Arana.

Porque parece que aquí no está bien visto más que o dejarse cornear por el toro o picar por el escorpión, mientras se jalea el “cambio de valores”.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontologia y máster en Comunicación Científica




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Los ‘peros’ y la libertad de expresión

El lector se habrá percatado de que, cada vez con más frecuencia, quien pretende terciar en alguna conversación sobre un asunto de actualidad comienza con la perífrasis “Yo no soy… pero…”. Póngase en los puntos suspensivos lo que se tercie en cada ocasión: machista, racista, nacionalista español, facha… También cuadra alguno de los “-fobos” que surgen como hongos: homófobo, LGTIfobo, transfobo, euskaráfobo, islamófobo, etc. Hemos interiorizado, para nuestra desgracia, que cualquier discurso o argumentación que contravenga el canon políticamente correcto tiene que ser incoado con una disculpa previa, como si tuviéramos que ir exhibiendo una ejecutoria de hidalguía que nos libre de una postmoderna Santa Inquisición con sus correspondientes autos de fe.

Algo de esto había en un sucedido que viví hace ya muchos años, cuando el propietario de una castiza casa de comidas del burgo de San Cernin, en plenas fiestas, llamó a la Policía Municipal para que se llevaran a un individuo. El buen hombre se me justificaba diciendo “Yo no soy xenófobo, pero el franchute me ha robado”. Se conoce que no estaba muy convencido de que se fueran a llevar al ladrón, y no a él. Entonces me llamó la atención. Hoy, lo de poner el descargo delante de la explicación sale por reflejo, y casi sorprende encontrarse con quien exponga su argumento sin semejantes cautelas. Con todo el cabreo que llevaba, aquel hombre era un precursor.

El problema es que esta dinámica disculpatoria está estrechando el campo discursivo a ojos vista. Si consideramos todos los posibles discursos o líneas argumentales como elementos distribuidos sobre una superficie, es evidente que se están generando islas, o más bien áreas de exclusión argumental. Siempre ha sido norma de prudencia no hablar demasiado alto sobre determinados asuntos. Pues bien: esos “determinados asuntos” se han multiplicado, ocupan cada vez más extensión en el campo discursivo, y van dejando libres apenas unos intersticios en los que con cierta comodidad se pueden manejar algunas obviedades y lugares comunes.

Pongamos un ejemplo. Ha resultado particularmente interesante la intervención de María Dolores de Cospedal en el affaire del máster de Cristina Cifuentes. La ministra comentó en Twitter (¡¡cómo no!!), que las criticas a Cifuentes eran, entre otras cosas, “machistas”. Hay una serie de evidencias incontrovertibles: Cristina Cifuentes es mujer, ha habido cierta confusión con su máster, y en tanto que cargo público, tal confusión puede adquirir una relevancia mayor. Cospedal intenta salvar a Cifuentes de la peor manera posible. Pretende ponerla a resguardo en uno de esos espacios protegidos, de esas vacuolas del campo discursivo. No se puede cuestionar a Cifuentes porque es mujer, y como todo el mundo sabe cuestionar a una mujer (incluso si fuera con fundamento) es de machistas y está, por lo tanto, fuera de lo aceptable. Lo malo es que el cierre que Cospedal pretende no es válido por un doble motivo.

En primer lugar, no resuelve el fondo de la cuestión, cosa que sería de agradecer. De momento, las explicaciones de la propia Cifuentes tampoco parecen satisfactorias, pero al menos lo intenta. En segundo lugar, supone asumir la existencia de los amplios campos de excepcionalidad de los que hablábamos al inicio. ¿Tendremos que interesarnos por el máster de Cifuentes diciendo “Yo no soy machista, pero creo que conviene que aclare lo que pasó”? No sería de recibo tener que interpelar a un político gay a la voz de “Señoría, yo no soy homófobo, pero permítame decirle que su gestión ha sido funesta”. Confío en que no hayamos llegado a ese extremo, porque para preguntar de ciertas maneras quizá sea mejor no preguntar.

Como bien dice Cospedal en el mismo tuit, en política no todo vale, pero hay cosas que valen todavía menos que otras. Se le hace un flaquísimo favor a la sociedad cuando se asume y se acepta sin discusión esta reducción del campo discursivo. Se supone que vivimos una pujanza del derecho a la libertad de expresión, pero hemos aceptado con demasiada facilidad que esa supuesta libertad se ejerza en un campo muy limitado. Que tal limitación haya sido codificada e impuesta casi completamente por instancias ideológicas, culturales e incluso académicas muy concretas es comprensible, puesto que se les ha dejado vía libre para ello. Que los demás hayamos tragado el cebo y andemos, en plan Cospedal, bailando al son que nos tocan y esforzándonos por ser más políticamente correctos que nadie… eso es lo que no se puede entender.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




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La historia escondida de Navarra

Una de las acciones más intensas de la brocha gorda ideológica del nacionalismo tiene como objetivo desdibujar la historia para utilizarla como una forma de justificación de sus actitudes presentes. Tal y como advierte el historiador Alvarez-Junco, el nacionalismo es hoy en día “el gran prisma deformador del pasado”. La educación en Cataluña representa el ejemplo más conocido de esta afirmación, pero no podemos soslayar lo que está ocurriendo también en Navarra.

De un modo descarado y sistemático, la imagen que se transmite del pasado de Navarra pone el acento en la cultura vasca como la única capa que conforma la conciencia colectiva de la navarridad y en la conquista de 1512 por la Corona de Castilla como el punto de inflexión fundamental en la historia de la Comunidad Foral. Todo ello en clave de agravio doliente con España y obviando, de modo intencionado que, desde 1515 hasta comienzos del siglo XIX, Navarra fue un reino separado, primero dentro de la Corona de Castilla y luego dentro de la Monarquía hispánica con sus propias Cortes, su Diputación del reino y sus tribunales de justicia.

Analizar los hechos antiguos con los ojos actuales es un despropósito que raya en lo absurdo. La Navarra prerromana era multilingüe y también multicultural. Transformar a los vascones -que no vascos- en una suerte de Estado único cuya capitalidad correspondía a la ciudad de Pamplona, supone ignorar que los vascones carecían de los tres elementos que conforman una entidad política aglutinante: territorio, población y poder.

Las fuentes arqueológicas nos hablan de la presencia de unos grupos humanos muy poco homogéneos y con un considerable grado de penetración de la influencia cultural y lingüística de celtas e iberos. Así, la concentración de poblados de la Edad del Hierro y la antroponimia de las estelas funerarias con nombres como Viriatus, Anbatus, etc. certifican un alto grado de celtización en el occidente de Navarra – la ribera de Estella y la parte que linda con Alava-. La presencia cultural y lingüística ibera se deja sentir sobre todo en la Navarra oriental (Sangüesa, Javier).

Los vestigios arqueológicos confirman también que Pompaelo, en los primeros siglos de nuestra era, fue la ciudad romana más importante del área pirenaica. Los numerosos restos de construcciones termales, calzadas y murallas de la Pamplona romana nos dibujan una trama urbana avanzada y compleja, con presencia además de una rica y variada cultura material (cerámica, sellos, monedas, etc.).

Los documentos del Archivo de Navarra también constatan que la administración del Reino de Navarra escribió primero en latín, luego en romance, y ya durante el siglo XV, se expresó en castellano, al igual que las élites nobiliarias y eclesiásticas. En definitiva, la lengua vasca antigua ya retrocedió de modo natural en Navarra a lo largo de toda la Edad Media. Cuatro siglos después, la llegada de la escuela pública al medio rural a finales del siglo XIX y la alfabetización en castellano serían claves para continuar con el retroceso, marcado además por la fragmentación dialectal del vascuence.

Otra de las improntas culturales que han marcado a Navarra ha sido, sin duda, la de Francia, por su proximidad geográfica y porque nada menos que cuatro de las siete dinastías que ocuparon el trono del reino de Navarra hasta 1512 fueron de origen francés: los Champagne, los Capetos, los Evreux y los Foix-Albret. Los usos y costumbres de la administración del Reino de Navarra tuvieron una inequívoca influencia francesa y su reflejo consiguiente en la lengua de la nobleza y de los funcionarios, el romance navarro, y en la arquitectura civil y religiosa.

Finalmente, nos quedan las innegables aportaciones islámicas y judías. La huella islámica está presente entre los siglos VIII y X, como así lo atestigua el cementerio localizado en la Plaza del Castillo con cerca de 200 individuos musulmanes orientados hacia la Meca, uno de los más antiguos del norte de España. Pero más significativa es, si cabe, la conocida vinculación consanguínea entre los Iñigo o Arista -el linaje familiar al que pertenecieron los caudillos del territorio pamplonés del siglo IX- con los Banu Qa- si, la familia árabe que dominó el sur de Navarra. La presencia de las juderías de Navarra quedó documentada ya en el año 1063, y su existencia se prolongó hasta su expulsión en 1498 por los reyes Juan de Labrit y Catalina de Foix.

El reduccionismo de las corrientes historiográficas nacionalistas, con el apoyo de una parte del mundo de la cultura que busca el agradable calor de la subvención, persigue, en definitiva, la imposición del relato de la vasquidad como la única impronta cultural en Navarra. Algo tan falso como peligroso por su objetivo final.

Elena Sola Zufía es licenciada en Filosofía y Letras y miembro de Sociedad Civil Navarra