La hora de los tibios

Alfredo Arizmendi (SCN)
plaza-castillo

Siempre he envidiado a esas personas que están convencidas de tener la razón, toda la razón y nada más que la razón. Debe de ser muy cómodo vivir en una realidad de blancos y negros, de buenos y malos, de conmigo o contra mí, de “los míos” y “los de enfrente”. Debe de ser muy cómodo, pero no es real, y la ficticia comodidad en la que muchos se han (¿nos hemos?) instalado, es la antesala de una lamentable degradación de la vida colectiva; una degradacion que ya es una realidad que padecemos cotidianamente.

Las nuevas reglas sobre las que se fundamenta la política no son ajenas a esta situación. Sospecho que la evolución hacia lo emocional, y de ahí a lo pasional y visceral es un cambio irreversible, y que habrá que ir acostumbrándose a este proceder, y a sus dañinas consecuencias. Habrá que ir acostumbrándose a que sean los principios del marketing político o la estrategia digital los que dicten de qué manera se han de hacer las cosas. Después habrá quien se extrañe de que, como consecuencia de todo ello, lo que debería ser foro se haya convertido en gallinero, y lo que fue ágora haya devenido en el patio de Monipodio.

Siempre les he tenido cierto miedo a quienes discurren por la vida revestidos de certezas. Me causan prevención aquellos que intentan vender como firmeza y convicciones lo que no es sino intransigencia con lo ajeno. También sospecho de quienes, so capa de integridad nos cuelan de rondón el integrismo, y pongo en cuarentena a quien es incapaz de pensar, siquiera por una vez, que la razón puede estar en varios sitios a la vez, y que el mundo no es un tablero de ajedrez, ni la convivencia una partida de negras contra blancas. Me produce gran desconfianza todo aquel que se encuentra cómodo en el barullo y la gresca, en la provocación gratuita y en la descalificación “ad hominem”, aunque en demasiadas ocasiones esta actitud es jaleada como si en vez de vivir en sociedad estuviéramos en una pelea de gladiadores.

En este contexto veo necesario, aunque resulte polémico, reivindicar la figura de los “tibios”. Los que van sobrados de certezas suelen tachar de “tibios” a los que no tenemos semejante baga- je. Los que, como dije en una ocasión, tenemos la sana costumbre de dudar somos apartados, con cierto deje de desprecio, a una especie de purgatorio térmico, en el que expiamos nuestras culpas mientras los de corazón caliente, verbo incendiario y actividad febril hacen” lo que se debe hacer”.

Sin embargo, creo que los denostados “tibios”, con sus dudas y sus transigencias, con su ambivalencia y sus cautelas, pueden ser quienes hallen un denominador común a las distintas visiones y concepciones de la convivencia. Son los despreciados tibios, no los intransigentes de cualquier pelaje, los que proponen y consiguen los acuerdos; son los tibios los que calibran las cesiones y las concesiones que permiten acomodar a toda una sociedad en un proyecto común. Si es eso lo que se necesita en España y en Navarra (y de esto estoy convencido sin sombra de duda), entonces ésta es la hora de los tibios.

No soy un ingenuo. Durante mucho tiempo aún lo de “tibios” se esgrimirá como un insulto o un baldón. Eso no cambia en una época en la que, como ahora, se impone el griterío. De hecho, es más probable que, precisamente por la atmósfera encrespada en que nos movemos, el tibio aún perderá el poco prestigio que le quede ante las masas airadas, antes de poder remontar.

Gregorio Marañón, en un precioso artículo publicado en Argentina en 1940, definía, con su habitual lucidez, el drama de sus queridos liberales, que son los tibios de hoy: “En todos lados le miran con desconfianza, las dos puertas se le abren hoscamente, y se le cierran en las narices, desde ambos lados le lapidan”. Los casi ochenta años transcurridos desde entonces se han repartido casi a partes iguales entre una dictadura y una democracia. Esta democracia pudo ver la luz gracias a los consensos construidos por gente que, en un momento convulso, supo ver y defender que la vida pública tiene grises y que la razón no está siempre de un lado. La duda es si el tiempo y la experiencia nos han enseñado algo.

 

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra

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