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La Memoria Negra

La vida cotidiana nos envuelve y el tiempo transcurre implacable y sin pausa. Por eso es tan importante que todos los años, cada 11 de febrero, los ciudadanos navarros encontremos juntos un pequeño espacio de tiempo para recordar y homenajear a las víctimas de ETA, siguiendo el espíritu de la declaración institucional adoptada por el Parlamento de Navarra en el año 2015, aunque con los votos en contra de Bildu-Nafarroa, Aralar-Nabai e I-E.

Hoy más que nunca, resulta esencial que los ciudadanos subrayemos en todos los foros posibles, incluidos los académicos, la distinción de moral y de calidad humana entre las víctimas de ETA y sus asesinos y, además, que nos neguemos a la aceptación acrítica del elemento clave de la nueva narrativa sobre el terrorismo: el relato del “conflicto”, el mito que lo justifica.
La presencia en las instituciones democráticas de quienes se niegan a condenar la historia del terror y justifican con piruetas semánticas los asesinatos de la banda terrorista, está proyectando sobre las nuevas generaciones de navarros una nueva narrativa sobre el terrorismo. Como último ejemplo, el informe del “Mapa del Sufrimiento” impulsado desde el ayuntamiento de Etxarri-Aranaz por EH-Bildu.

La derrota de ETA se consiguió porque la respuesta a la violencia terrorista fue el Estado de Derecho. La sociedad española y las víctimas nunca respondieron con violencia, tal y como ETA deseaba. Por este motivo, a todos los ciudadanos que sufrieron el horror de ese monstruo llamado ETA, les debemos cada 11 de febrero, el Día de la Memoria, un merecido homenaje por la lección de humanidad que nos han dado a lo largo de todos estos años y por su explícita generosidad en muchísimos actos.
Por supuesto que los ciudadanos también recordamos con tristeza que hubo excepciones que mancharon este buen camino. Durante los años conocidos como los años de plomo, la convicción de que la eliminación física de los terroristas podía ayudar en la lucha contra ETA impulsaron, de modo equivocado, la creación del GAL y del Batallón Vasco Español, además de los execrables abusos de una pequeña parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Detrás de estos abusos y asesinatos no hubo ningún proyecto político totalitario orquestado durante décadas para desestabilizar la democracia y, además, la respuesta del Estado de derecho fue la detención, juicio y condena de sus responsables por parte de otros funcionarios públicos. En cambio, ETA fue una estructura temible que oprimió durante más de cincuenta años fundamentalmente a toda la sociedad vasca y navarra, hasta llevarla a una situación de miedo y de terror inimaginables.

Por ello, de ningún modo estos actos violentos empañaron la trayectoria del colectivo de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, con el que toda la sociedad tiene una deuda de gratitud por su incansable trabajo y espíritu de servicio para librar a la sociedad española del cruel azote terrorista.

Finalmente, no podemos olvidar que ETA pretendió imponer su proyecto totalitario con la fantasía historicista del conflicto vasco como agente legitimador de la violencia. La fantasía de un pueblo vasco oprimido y en conflicto perpetuo con España no tiene ninguna base histórica y responde a la construcción victimista que todo nacionalismo necesita para tener razón de su existencia.

En realidad, los terroristas tuvieron la voluntad de matar en democracia por odio político a personas que, simplemente, no querían un modelo de sociedad para el País Vasco y Navarra con ese independentismo totalitarista como máximo referente.
Superados los años de la Memoria Negra, la nueva y malintencionada educación emocional busca desvincular la cuestión moral de la memoria de las víctimas. Todos son considerados a la vez víctimas y culpables, lo que en la práctica, les exonera de cualquier responsabilidad. En palabras de Hanna Arendt, la filósofa judía de origen alemán, “Donde todos son culpables, nadie lo es”.

El viejo proyecto independentista abertzale, que fue la base ideológica para asesinar en democracia, necesita ofrecer una imagen renovada y limpia para aliviar conciencias y captar nuevos adeptos para la causa. Pero el espejo de la memoria de las víctimas no miente.

El monstruo que vino a vernos, devorando tantas y tantas vidas y envenenando a nuestra sociedad, se llamaba ETA. Y los ciudadanos no podemos, de ninguna manera, cerrar los ojos ante la intensa operación de cosmética oficial dirigida a las nuevas generaciones de navarros.

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