Lo que no puede ser no puede ser… y además es imposible

Eduardo Serra (El Independiente)
31 Oct 2017
SCNavarra

La larga crisis económica que gestada en el 2007 en Estados Unidos llegó a Europa el año siguiente, produjo, de modo parecido al crack de 1929, una estela de movimientos populistas y autoritarios, de izquierda o de derecha, que buscaban al elector ofreciéndole recetas de soluciones, mas simplistas que simples, como remedio taumatúrgico contra los males de la crisis.

En los años 30, esos movimientos totalitarios originaron, entre otros, el nazismo y el fascismo y, en definitiva, la Segunda Guerra Mundial, con sus millones de muertos.
En estos comienzos del siglo XXI, la crisis también ha producido movimientos populistas y antisistema tanto de derechas como de izquierdas. En España, probablemente porque la sombra del franquismo es alargada, estas tendencias han aparecido sólo en la extrema izquierda donde se encuentran tanto Podemos como la CUP quienes, en cuanto tienen oportunidad, intentan confundirse, para fagocitarlos, con otros partidos tradicionales. Es, por ejemplo, el caso del PSOE, quien afortunadamente parece que se ha dado cuenta a tiempo y empieza a tratar, a mi juicio con éxito, de marcar distancias con los recién llegados.

Una de las características de estos recién llegados es su fervor por el proteccionismo bien sea económico bien sea político; en este último coinciden con los nacionalismos que intentan proteger, o mejor sobreproteger, a su propia nación frente a ataques, reales o imaginarios, de otra u otras, frecuentemente las vecinas y que ven sus sentimientos exacerbados por las consecuencias de la propia crisis. Es así como dos movimientos tan dispares como el nacionalismo catalán, tradicionalmente de derechas y moderado, se alía (y se aliena) con los antisistema de la CUP para alcanzar, literalmente a cualquier precio, la tan soñada independencia, añadiéndose además otros componentes, difícilmente miscibles con ellos que han complicado aún más el panorama, es el caso de ERC.

Ha sido tal el grado de obnubilación que no se han dado cuenta de que España ya es un país rico, que la sociedad española – y por supuesto la catalana – tiene mucho que conservar y no está dispuesta a tirar todo lo conseguido por la borda.

Tampoco se dieron cuenta de que las empresas catalanas y españolas, como cualquier otra, necesitan como el aire para respirar, la seguridad jurídica; para invertir, para crecer o simplemente para ser, y que no podrían soportar ni un solo día la temible inseguridad que genera un movimiento de secesión. Tampoco fueron conscientes de que nadie en Europa, por propio interés, apoyaría un movimiento secesionista en el seno de la Unión Europea, entre otras razones porque ellos no son los únicos que pueden albergar esas aspiraciones. Pero sobre todo porque no entendieron que van en contra del sentido de la Historia: la globalización exige unidades políticas grandes, unidades supranacionales. El mundo, hoy, se está reordenando; hace tan solo quince o veinte años había cinco economías europeas entre las diez más grandes del mundo y, si no finalizamos la construcción europea, en el año 2050 quedará, si acaso y con suerte, tan solo una (Alemania).

¿Cómo los líderes del independentismo han sido capaces de proclamar que la Unión Europea estaría encantada de acoger en su seno a una Cataluña independiente?; ¿cómo han sido capaces de repetir que no se iría ni una sola empresa de Cataluña sino que, al contrario, se pelearían por continuar allí o por establecerse allí? ¿Tienen sus cerebros embotados por la quimera de la independencia o son simplemente mentirosos compulsivos?

En definitiva, una alianza tan contranatura, con intereses diametralmente opuestos como la del partido moderado, burgués y nacionalista, con entre otros unos grupos radicales y antisistema, no podía llegar a ningún puerto, ni siquiera de refugio. Por eso han sido tan explicables las desavenencias de última hora (siempre salen a la luz en el último momento); las dudas, los desacuerdos, las contradicciones, los retrasos, las convocatorias y desconvocatorias, las diferencias entre las declaraciones orales y las escritas, las proclamas fuera del lugar adecuado y sobre todo las infinitas ambigüedades. Y es que no podían ser más claros, más precisos, más puntuales, más directos y más rigurosos porque siendo sus intereses tan diametralmente opuestos lo que satisfacía a unos era intolerable para los otros y viceversa; porque, en definitiva, eran hijos de una alianza “contra natura” y lo que no puede ser… no puede ser.

No quiero terminar estas palabras hoy 30 de octubre sin hacer referencia a un hecho que me parece de la máxima importancia y muy revelador: esta alianza de la que hablamos ha producido ya consecuencias desastrosas: incremento del paro, menor crecimiento económico, pérdida enorme de prestigio de Cataluña y, de rebote, del de España; pero por encima de todas ha producido una fractura social sin precedentes en Cataluña, que tardará mucho tiempo en suturarse y cuyo único remedio estará en la sociedad civil que padece y padecerá esas funestas consecuencias; y ha sido precisamente la Sociedad Civil Catalana la que, como nos ha mostrado ayer por la mañana con su magnífica manifestación, que ella sí tiene los ingredientes de la poción mágica capaz de solventar, eso sí con la ayuda del tiempo, esa fractura: la tolerancia, la firmeza y la comprensión necesarias para conseguir la concordia.

Eduardo Serra Rexach es presidente de la Fundación Transforma España y presidente de Park Row Digital, sociedad editora de El Independiente.

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