Nicaragua: otra revolución de sangre

El Mundo
19 Jul 2018
SCNavarra

Hemos visto tantas veces lo que está pasando en Nicaragua que solo sorprende que siga sucediendo. Un líder carismático de inspiración marxista-leninista, que un día luchó contra una dictadura conservadora, acaba con las instituciones democráticas que lo auparon, instaura otro régimen dictatorial -más arbitrario y corrupto que aquel contra el que luchó- y trata de perpetuarse en el poder. Cuando la gente protesta, la reprime con brutalidad sirviéndose del aparato de terror estatal. La cifra de muertos sube día tras día -ya va por tres centenares-, sin contar heridos y desaparecidos. La resistencia civil, aterrorizada, pide ayuda a la comunidad internacional y aguarda a que Naciones Unidas se pronuncie claramente contra el dictador. Al mismo tiempo, confía en que la Organización de Estados Americanos vote de una vez una resolución que sirva para aislar al régimen, incluyendo las sanciones pertinentes. Hasta la fecha, Estados Unidos, 13 países latinoamericanos y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, se han limitado a pedir el fin de la violencia contra los manifestantes, pero Guterres se resiste a señalar a Daniel Ortega como responsable directo de los crímenes.

Una ley histórica establece que las dictaduras se endurecen a medida que se perciben más débiles: cuando nota que pierde el control, el tirano se vuelve más cruel. Esa norma juega en contra de la oposición a Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, a la sazón vicepresidenta de Nicaragua. El hecho de que el jueves se cumplan los 39 años del triunfo de la revolución sandinista explica la escalada represiva que el oficialismo, deseoso de llegar a los fastos conmemorativos con las calles bien quietas, está desatando en los últimos días. Primero atacó la Universidad Nacional de Managua, donde se habían hecho fuertes los estudiantes. Después envió dos millares de efectivos armados -entre Ejército, Policía y paramilitares a las órdenes de Ortega- a la ciudad histórica de Masaya, bastión resistente ubicado a 35 kilómetros de Managua. La orden era «limpiar la ciudad» a cualquier precio. Entretanto, la propaganda del régimen trata de desacreditar a la oposición presentando a los manifestantes como terroristas y antipatriotas y cercenando la libertad de prensa. Pero en la era de las redes sociales bastan unas horas para sacar una multitud a la calle con una convocatoria digital. Ortega cree que la mano dura los desmovilizará, pero según pasa el tiempo las manifestantes crecen, probando el coraje de quien lucha por su libertad aunque sepa que hay orden de tirar a matar.La comunidad internacional debe reaccionar si no quiere otro caso como Venezuela: la triste imposición por aplastamiento de un dictador cuya vesania termina por desmoralizar a una oposición abandonada a su suerte. Lo hemos visto tantas veces que sorprende que el comunismo tenga hoy un solo apóstol sobre la faz de la tierra.

Artículo de Elmundo.es

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