El problema moral de Cataluña

Alfredo Arizmendi (SCN)
cataluna

En la medida en que no están auténticamente embriagados (por el régimen), consideran inoportuno indignarse por bagatelas como la represión de las libertades cívicas, la falsificación de la verdad científica y la destrucción sistemática de toda moral. Todos tiemblan por su pan, por su vida, todos son horriblemente cobardes”.

En la entrada de su diario del 18 de mayo de 1936, Víctor Klemperer dejó esta cita, que quizá sea una de las más significativas de toda la obra. Es difícil definir con tal concisión la naturaleza del proceso de aniquilamiento de la civilizada Alemania en las garras de un régimen fanáticamente nacionalista. La reflexión de Klemperer se refiere al nazismo, pero no es en absoluto privativa de la Alemania de su tiempo. Los términos elegidos bien pueden aplicarse, con algunos matices, a realidades más cercanas en la distancia y en el tiempo. Tal es el caso de Cataluña.

La comparación no es excesiva, aunque pueda parecerlo. El establecimiento de autoritarismos y totalitarismos es un proceso histórico y progresivo. El intento de secesión catalán no es más que la última fase -por el momento- de un proceso más amplio y más lesivo por sus connotaciones sociales, políticas, económicas, pero sobre todo morales.

Este proceso “matriz” puede afectar a cualquier comunidad política, y básicamente consiste en la apropiación del espacio público por parte de una construcción ideológica con pretensión hegemónica, hasta la supresión de todo lo ajeno a dicha construcción, incluido el sustrato moral.

¿Es Cataluña unánimemente independentista? Ni por asomo. ¿Parece Cataluña unánimemente independentista? Se diría que sí, y se pueden apuntar varios motivos.

El primero, el virtual monopolio de la calle, bien de manera organizada (por ejemplo en la Diada, que ya es una apoteosis independentista más que una conmemoración cívica plural) o por medio del entramado antisistema. Las acciones antiturísticas de este verano fueron un ejemplo de cómo poner al servicio del antisistematismo independentista lo que originalmente era una protesta de los vecinos de la Barceloneta.

El segundo motivo podría ser la poco disimulada entrega a la causa nacionalista de instituciones que, por su propia naturaleza transversal, debieran mantenerse al margen. Tal es el caso de la Conferencia Episcopal Tarraconense, uno de cuyos miembros (el titular de la sede de Solsona monseñor Xavier Novell) publicó poco antes de la Diada una glosa en la que asumía todas las tesis del independentismo. Es pertinente destacar que, dada la gigantesca diferencia de medios y financiación entre los sectores nacionalistas y el resto, el santurrón posicionamiento en favor del “derecho a decidir” es, de facto, un posicionamiento proindependentista. Tras décadas de doparlo a base de dinero público y políticas educativas y mediáticas más que favorables, el independentismo no concurre en justa lid. Bien es cierto que, con lo que llevan gastado, tampoco es que arrase, ni mucho menos.

El tercer motivo puede ser que, como consecuencia de lo expuesto, la atmósfera sea tan opresiva, tan intimidatoria, que acabe reprimiendo cualquier atisbo de reacción. No seré yo quien, como Klemperer, aplique el calificativo de cobarde a quien, sopesados pros y contras y desmoralizado por el panorama, decida mirar hacia otro lado y acomodarse. Quien reacciona es, no cabe duda, un valiente. Quien antepone la seguridad, el trabajo o la supervivencia civil quizá no merezca admiración, pero tampoco somos quiénes para juzgarlo con demasiada dureza. Sobre todo, si hacemos examen de conciencia.

¿Qué hacemos nosotros en situaciones similares? ¿Cuántos de nosotros hemos callado por tener la fiesta en paz, por no tener una discusión en el trabajo, o con ese cuñado que sienta cátedra en todas las celebraciones, o por no importunar a esa omnímoda Administración de la que quizá dependen nuestros ingresos? Muchos de los que ahora en Cataluña se amargan en un silencio impuesto por el vocerío general ¿pudieron alzar la voz hace años cuando la situación no era tan crítica? ¿prefirieron quizá unirse a la corriente, como si fuera una sardana inofensiva?. Los sucesivos gobiernos centrales tienen su buena parte de culpa.

Durante décadas la política sobre Cataluña ha sido la del apaciguamiento y la contemporización. El apoyo de Pujol (el de los “misales”) se compraba al precio de ni ver, ni preguntar. Solo así se explica que semejante personaje fuera calificado como “hombre de Estado”. No quiero acabar sin resaltar un último punto. En la cita que abre este artículo, Victor Klemperer habla de la “destrucción de la moral”. El 11 de Septiembre, la misma Barcelona que hace años padeció la masacre de Hipercor o el asesinato de Ernest Lluch contempló, sin demasiado conflicto interior, cómo se jaleaba a Arnaldo Otegi, mientras se vituperaba al PSC. A la luz de lo escrito ¿tiene o no tiene Cataluña, principalmente, un problema moral?

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología

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