¿De quién es la calle?

Alfredo Arizmendi (SCN)
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Definitivamente, Marianne no pisa un Parlamento. La imagen canónica de la ruptura se pinta siempre a pie de calle: la toma de la Bastilla, la Comuna de París (“Le temp des cerises”), el asalto al palacio de Invierno… Por mucho que creamos en las virtudes de la democracia parlamentaria -a veces con la fe del carbonero- hemos de reconocer la importancia de la calle. Importancia simbólica, como muestran los ejemplos anteriores, pero no solo simbólica.

Ha llovido lo suyo desde que Manuel Fraga soltó aquello de “La calle es mía”. Se conoce que había percibido que quien tiene la calle de su parte obtiene su plus de relevancia y de legitimidad. Décadas después Pablo Iglesias, no menos astuto que el gallego, opera en parecidos términos, aunque vistos desde la otra ladera.

La convocatoria hace unos días de una manifestación, que se pretende grande, en defensa de los símbolos propios de la Comunidad Foral de Navarra, y las furibundas reacciones que ha suscitado obligan a una reflexión sobre esta cuestión. Reflexión serena, por supuesto, pero también severa, porque severas han sido algunas de las censuras que ha suscitado dicha convocatoria. ¿De quién es la calle en Pamplona?

No hay que ir a la hemeroteca, basta hacer memoria, para percatarse de que en nuestra tierra la calle parece desde hace muchos años patrimonio de la izquierda y del nacionalismo vasco, principalmente del independentista o radical. Esto ha construido un paisaje en el que cualquier pretensión ajena se considera usurpación. Es oportuno recordar cómo, el día de la toma de posesión del actual alcalde de Pamplona, nadie pareció oír las barbaridades que se gritaron a los concejales del principal grupo de la oposición (“Ahora sí vais a necesitar escolta”, ¿recuerdan?), mientras que meses después algunos, en una manifestación en la misma plaza consistorial, aseguraron haber oído claramente gritos que después se demostró que no se profirieron (“Asirón ejecución”, ¿recuerdan?). Sordera, por un lado, mentiras por el otro.

Desde que se produjera la derogación de la Ley Foral de Símbolos de Navarra hemos sido muchos los que públicamente hemos criticado, desde diferentes puntos de vista, semejante decisión. Estábamos en nuestro derecho, y era lícito y legítimo. En diversos lugares de Navarra se han producido homenajes a la bandera que han contado con el apoyo y el cariño de los presentes. Muchos han sido también los que en público y en privado han demandado, desde el mismo momento de la derogación, la convocatoria de un gran acto en el que poder expresar su posición sobre Navarra y sus símbolos. Recogido el guante por ciudadanos y asociaciones, del Gobierno no cabría esperar más que un escrupuloso respeto por el acto, por los convocantes y por los potenciales asistentes.

Por el contrario, y fundado muy probablemente en el concepto patrimonial de la calle al que antes aludía, el Gobierno de Navarra se ha apresurado a poner en duda la legitimidad del acto del día 3 de junio. Su portavoz, literalmente afirma que “una vez conocidos (los convocantes) cabe una reflexión que apunta a que parece evidente que hay alguna intención que no es casualidad. (…) Alguna intención puede haber de intentar tapar con la bandera de Navarra preocupaciones, urgencias o problemas de algunos”.

La verdad es que para ser todo tan evidente, la señora Solana dista mucho de hablar claro. Sí queda clara, sin embargo, la intención de ventilar basura sobre un acto cuya simple existencia les incomoda, como incomoda a mucha gente todo aquello que le saca de la rutina habitual.

A pesar de la pestífera maquina difamatoria puesta ya en marcha con la connivencia de doña Uxue Barkos, la manifestación se celebrará. Será un éxito para unos, y a otros les parecerá fracaso. Estas cosas pasan siempre que hay manifestaciones y no nos debe sorprender. Pero por encima de todo, la manifestación será la prueba de una verdad incómoda: que la calle en Pamplona, y por ende en Navarra, es de todos, y que todos tenemos el derecho de salir a la calle a defender aquello en lo que creemos. Solo por eso merece la pena que se convoque, que se celebre, y por supuesto, y aprovecho la ocasión para pedirlo a los lectores, que acudamos.

 

Alfredo Arizmendi Ubanell es Licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra

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