Ante una cita electoral histórica

Este domingo los navarros tenemos una cita trascendental con las urnas. Tenemos que elegir a nuestros representantes municipales y a los parlamentarios forales que determinarán quién ostentará la presidencia del Gobierno durante los próximos cuatro años. También elegiremos a los eurodiputados que nos representarán en las instituciones europeas en unos momentos críticos para el futuro de la Unión Europea asediada por el Brexit británico y por los populismos y nacionalismos disgregadores. Tenemos una gran responsabilidad histórica como ciudadanos.

Después de cuatro años de Gobierno cuatripartito, de marcado acento nacionalista, que ha pretendido imponer sus señas de identidad a toda la ciudadanía navarra, tenemos que decidir si queremos que continúe esa política o, por el contrario, reconducirla hacia la defensa de Navarra como Comunidad propia, inclusiva de todas las identidades culturales, políticas y sociales que se dan en su seno.

Sociedad Civil Navarra apuesta por que el próximo Gobierno se sustente en el acuerdo, el consenso y la concordia, no en la exclusión. Un Gobierno que no ponga en marcha políticas de identidad uniformadoras a través de una extensión artificial del euskera que vaya más allá de la realidad lingüística actual y que conduzca a construir de forma soterrada una futura frontera social y geográfica.

Queremos un Gobierno que apueste sinceramente por dos de las grandes infraestructuras de Navarra: Tren de Alta Velocidad y Canal de Navarra. Una política tributaria que no ponga a Navarra en inferioridad de condiciones con relación a otras Comunidades, en definitiva, un Gobierno que apueste por el desarrollo económico y la creación de riqueza como garantía del bienestar social.

Sociedad Civil Navarra defiende una Navarra integrada en España y en Europa. Por lo tanto queremos, un Gobierno que cumpla con el espíritu y la letra del Régimen Foral, de la Constitución Española y de los Tratados de la Unión Europea. Una acción de Gobierno en la que quepamos todos, sin tensiones ni violencias, sin imposiciones, y con la única diferencia de nuestras respectivas posiciones políticas y sociales.

Europa vive hoy momentos difíciles. La Unión se ve amenazada por el Brexit y por los nacionalismos localistas que buscan sustituir la actual organización, basada en una Unión de Estados, por lo que llaman la ”Europa de los Pueblos”, una denominación que esconde la voluntad de constituir una asociación de más de un centenar de pequeños países que harían ingobernables las instituciones europeas. Otra gran amenaza proviene de los populismos de uno y otro signo, que hacen denodados esfuerzos por boicotear las instituciones hasta conseguir su anulación. Por ello, desde Sociedad Civil Navarra queremos hacer también un llamamiento a participar en las elecciones al Parlamento Europeo. Hay quien puede pensar que Europa es una realidad lejana, pero lo cierto es que el proyecto europeo nos ha dado el mayor periodo de paz que ha disfrutado Europa y ha creado prosperidad económica y social, incluso, más allá de sus fronteras por sus continuas actuaciones solidarias.

Es por la continuidad de todos estos logros por lo que votamos este domingo. Cada voto decide y contribuye a marcar el rumbo del presente y el futuro de nuestras vidas.

José Ramón Ganuza, Elena Sola, Joaquín Sagüés, Antonio Purroy, Jesús Irurre, Marian San Martín, Rafael Arellano. Miembros de Sociedad Civil Navarra




La gran peste del siglo XXI

A lo largo de la historia ha habido grandes pestes que han golpeado a la humanidad, pero ninguna ha sido tan dañina y duradera como el hambre existente hoy en el mundo.

Se considera que la peste negra ha provocado las pandemias más letales. Producida por la bacteria Yersinia pestis afectó a Europa a mediados del siglo XIV, causando la muerte de unos 25 millones de personas, un tercio de la población europea de la época. Aunque sigue estando presente en algunas regiones pobres del planeta es menos grave que el drama que suponen unos 700 millones de personas hambrientas en situación de extrema pobreza, que se traduce en unas 35.000 muertes diarias, muchas de ellas de niños de corta edad.

Al mismo tiempo, existen tantas personas obesas como hambrientas, de forma que la obesidad es una nueva enfermedad de los países ricos.

Aunque es loable que en estas últimas décadas haya descendido la hambruna en el mundo, las muertes por hambre siguen siendo una vergüenza para la humanidad y más cuando se da la paradoja de que producimos muchos más alimentos de los necesarios. Cada español tira unos 170 kg de comida al año y, en el conjunto del planeta, se desperdician unos 1.300 millones de toneladas anuales. Producimos un 60% más de lo que necesitamos pero existen fallos en el acceso de los alimentos.

El hambre tiene una relación directa con la seguridad alimentaria y, por supuesto, con la seguridad mundial. Del hambre nacen todo tipo de conflictos -sociales y bélicos- y la gran corriente migratoria por razones económicas hacia los países ricos, pues al hambre se llega desde la pobreza. El hambre constituye el caldo de cultivo de la violencia y, aunque no es contagiosa, sí es muy peligrosa.

Los mercados agrarios tienen mucha culpa de lo que sucede. La gran crisis económica mundial del 2008 acarreó una fuerte crisis alimentaria provocada por la entrada especulativa de grandes fortunas en el mercado de los alimentos, el mercado de futuros. Los ricos haciéndose más ricos a costa de los pequeños productores agrarios. Por algo la producción de alimentos es estratégica en el mundo.

La producción de alimentos agrarios en el planeta tendría que estar regida por la sostenibilidad medio-ambiental, la biodiversidad de especies y de razas, el equilibrio y la ética, pensando siempre en que los alimentos sean saludables para las personas y que se produzcan cerca de los lugares de consumo. Es penoso que hoy utilicemos, sobre todo, unas 150 especies vegetales frente a las más de 7.000 que se han empleado a lo largo de historia y sólo 4 de ellas -trigo, arroz, maíz, patata- aporten el 60% de nuestra dieta calórica de origen vegetal.

Si tenemos un derecho humano prioritario este es el del acceso a la comida porque sin él no existen los demás. Nos tendríamos que movilizar aunque solo fuera por egoísmo inteligente pues, sin seguridad alimentaria, no habrá paz en el mundo. Erradicar el hambre en el mundo no es una opción, es una necesidad imperiosa que nos atañe a todos si queremos tener futuro.

Esta erradicación pasa forzosamente por ayudar en el desarrollo y en el progreso de los países pobres y, especialmente, en que se instauren sistemas de gobernanza democráticos y el respeto a la libertad. Para ello, hacen falta muchos medios, con mucha formación y acompañamiento, justo lo contrario de lo que se está haciendo ahora donde se acude a las regiones pobres del planeta para explotar sus recursos naturales. Grandes multinacionales compran enormes superficies de las mejores tierras para su explotación agraria y se corrompe a las élites políticas a cambio de favores que esquilman la forma de vida de los nativos.

Estas medidas solo pueden ser implementadas in situ con ayuda de gobiernos democráticos responsables e instituciones internacionales competentes, presionados por la sociedad civil que debería convertir este grandísimo problema en un clamor de reivindicación social.

¿Y qué pasará cuando en 2050 haya previsiblemente 10.000 millones de personas en el mundo? Entendemos que se producirán alimentos suficientes para todos, el reto será que tanto el aprovechamiento como el acceso a los mismos sean eficientes en todos los rincones del planeta. El incremento de la producción estará basado en la mejora de la tecnología de los sistemas de producción (80%) más que en el aumento de las unidades productivas (nº de hectáreas y de cabezas de ganado; 20%). Tendrá que haber un cuidado exquisito con la preservación del medio ambiente, pues el cambio climático ya ha llegado y con intención de quedarse. Este es el otro gran problema que además lleva aparejado el hambre en el mundo.

Antonio Purroy Unanua Catedrático de Producción Agraria y miembro de Sociedad Civil Navarra




No hay respuestas sencillas

El Diccionario Filosófico de José Ferrater Mora define la “Navaja de Ockam” como un principio de pensamiento (de “economía de pensamiento”) tal que, entre dos posibles explicaciones de una realidad, proceso o fenómeno, obliga a elegir siempre aquella que se valga de una menor cantidad de conceptos o, en otros términos, hay que elegir la explicación más simple. Esto no implica que todos los fenómenos o procesos tengan soluciones o explicaciones sencillas, sino que es una invitación a no complicarse mas de lo necesario. En su formulación latina el principio reza “Entia non sunt multiplicanda praeter necesitatem” (Las entidades no deben aumentar más de lo necesario). Conviene añadir que las explicaciones tampoco deben simplificarse más allá de lo conveniente, es decir, no hay que ir tan lejos que la explicación acabe siendo una simpleza.

La simplificación degenerada en simpleza es quizá el más viejo de los vicios de la nueva política española. También de la vieja, que en esto son parecidos los recién llegados y los de rancio abolengo. Curiosamente, cuando se habla de los peligros que corre la democracia, o de los enemigos de la democracia, no se suele hablar de ello. Se habla de los populismos, de las “fake news”, sin reparar en que para que todo esto opere, es necesario haber modulado la mente del consumidor de política para que se sienta satisfecho con material de baja calidad. Es el mercado del “fast-food” ideológico, en el que el producto se monta como si fuera comida basura: en cadena y a buen precio, atractivo y de fácil masticación.

Las respuestas simples a problemas complejos tienen un poder adictivo terrorífico. Son rápidas, cerradas, estables, reconocibles, reproducibles y transmisibles. Responden bastante bien al concepto de “meme” acuñado por Richard Dawkins. Son capaces de cumplir el deseo de aquel rector de la catalana Universidad de Cervera, que deseaba alejar de sí “la funesta manía de pensar”. La manía de pensar es costosa en todos los términos concebibles. Lleva tiempo, exige tener voluntad de recabar información previa, es hasta cierto punto impopular (prueben ustedes a contraponer un argumento bien trabado al graznido del que más chifla en la cuadrilla, que suele ser el más gañán, y verán a que me refiero). Pensar, además, genera incertidumbres y, en general, le pone a uno en contra de la corriente dominante, eso que los enterados llaman el “mainstream”, y que viene a ser la tendencia lanar a ir todos juntos en rebaño.

Otra cuestión de interés es lo manejables que resultan estas respuestas. No se puede comparar, por ejemplo, la comodidad de decir “España nos roba” y con eso dar por resuelta la cuestión catalana, a la incomodidad de leerse o manejar informaciones detalladas sobre cuestiones económicas y financieras para las que la mayoría no estamos capacitados (cabe aquí invocar la capital importancia de un periodismo de calidad). Todavía recuerdo con vergüenza haber oído a algún energúmeno despacharse durante los años de plomo a la voz de “todos los vascos son etarras”, burrada que solía ir indefectiblemente seguida de un pretencioso “yo eso lo arreglaba en dos días”.

Lo manejable y atractivo de estas respuestas ha encontrado su complemento ideal en los nuevos métodos de difusión de la información, predominantemente aquellos que favorecen la viralidad, es decir, la transmisión a escala geométrica, con las redes sociales a la cabeza. No es cuestión de acabar como menonitas de la estricta observancia, leyendo solo la Biblia y deambulando en carruaje, pero sí de ser conscientes de que la involución argumental y la revolución tecnológica se retroalimentan mutuamente. Juntas, tienen poder suficiente para acabar con la democracia. Ya lo han hecho en otras tesituras históricas, y yo personalmente no soy de los que cree que Europa esté inmunizada frente a tiranías o guerras.

En este contexto, resuenan como plenamente actuales las palabras del alegato final de Albert Speer en Nuremberg: “La pesadilla de muchos de que un día las naciones podrían ser dominadas por medios técnicos se hizo realidad en el régimen totalitario de Hitler. Hoy día, el peligro de ser aterrorizados por la tecnocracia amenaza a todos los países del mundo. Por lo tanto, cuanto más tecnológico se vuelve el mundo, más necesaria es la promoción de la libertad individual y la conciencia individual de uno mismo como un contrapeso”.

Speer, que había sido Ministro de Armamento del tercer Reich, sabía perfectamente de qué estaba hablando.

Alfredo Arizmendi Ubanell Licenciado en Medicina y Odontología




Dos grandes naciones que defienden la tauromaquia

Nadie pretende que todos los españoles amen la tauromaquia ni que todos los franceses la defiendan. Cualquier demócrata español o francés tendría que estar en contra de que se prohíban los espectáculos taurinos como proponen antitaurinos, animalistas y populistas, a menudo, con violencia.

La tauromaquia constituye la reencarnación de esa obsesión fundamental de las civilizaciones mediterráneas, el enfrentamiento del hombre con un animal temible, plasmada en un mito también fundamental: el de la lucha entre Teseo y el Minotauro en sus vertientes apolínea -la victoria de la inteligencia sobre la bestialidad- y dionisíaca -la complicidad para crear belleza con un animal indómito e imprevisible-.

Tiene que llamar a la reflexión que dos grandes países de la Unión Europea, España y Francia, democráticos y solidarios, con unas economías desarrolladas, permitan espectáculos donde los hombres y los animales juegan con la vida y con la muerte, acompañados de la emoción y del arte. Por ello, no se entiende que en ambos países la tauromaquia esté cuestionada, aunque sea perfectamente legal. En Francia está permitida “allí donde exista una tradición ininterrumpida” (1951), que coincide con el tercio sur del país, cuyo carácter legal fue confirmado por una decisión del Consejo Constitucional (2012). En España es legal en todo el territorio nacional, incluida Cataluña. Además, está aprobada la ley 18/2013 en la que se regula la tauromaquia como Patrimonio Cultural español.

La práctica de la tauromaquia disfrutó de una gran expansión a partir de los años 70 del pasado siglo, hasta alcanzar su clímax en 2007. En ese año se celebraron en España 3.637 festejos de lidia en el ruedo, cifra jamás antes alcanzada. La crisis económica ha supuesto un gran varapalo aunque ahora se esté produciendo un repunte. En 2017 se celebraron en España 1.553 festejos de lidia y 18.357 espectáculos populares, cerca de 20.000 en total. ¿Alguien puede creer que esta realidad taurina se puede borrar de un plumazo en España? ¿Qué pasaría con los 1.700 festejos taurinos que se celebran cada año en Francia?

¿Qué hacer para que la gente no abandone los tendidos o para que los jóvenes vayan a los toros? No puede ser consuelo que otras muchas actividades estén soportando la presión social en su contra como la caza, la pesca, el circo… e, incluso, un aspecto tan aberrante como el ataque a la producción animal, que es la responsable de la existencia de alimentos de origen animal tan necesarios para la alimentación y la salud humanas.

Tenemos que convencernos de que la emoción es consustancial a la fiesta de los toros. En los toros “el arte sin emoción no es arte”. Por la puerta de toriles tiene que salir un animal íntegro, con trapío, bravo y con fuerza, que después de pasar por una suerte de varas bien realizada, quede un toro con una nobleza encastada que permita realizar al torero una faena de muleta artística y con emoción.

La emoción es la que también mantiene vivos los festejos populares de encierros y capeas por calles y plazas, y ha hecho que cada vez tengan más aceptación. El riesgo, la autenticidad y la belleza es lo que ha hecho crecer la tauromaquia popular en ambos países.

También es necesario dar protagonismo a los aficionados que luchan por la defensa de la fiesta. En este campo, la tauromaquia francesa l999e ha sacado ventaja a la española, pues desde hace dos o tres décadas los aficionados franceses han tomado un fuerte protagonismo en la organización y supervisión de los festejos por petición de los propios ayuntamientos de las ciudades taurinas. La colaboración estrecha entre las dos aficiones es una obligación para el éxito de la tauromaquia.

Es el momento de considerar el gran valor cultural de la tauromaquia pues se ha hecho presente en todas las artes. Son muy numerosos los artistas que han escrito sobre cualquier aspecto de la tauromaquia (Hemingway, Cocteau, Leiris, Gª Lorca, Bergamín, G. Diego, Cela, Vargas Llosa…) y han plasmado en lienzos escenas relacionadas con la misma (Goya, Manet, Fortuny, Zuloaga, Picasso, Botero, Barceló…), sin olvidar la escultura (Benlliure, Gargallo, Venancio Blanco, Lozano…), la música, la arquitectura, el cine, la moda…

El gran reto de la cultura taurina sería el conseguir que la UNESCO declarara a la tauromaquia Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad, por lo que la unión de España y Francia en la defensa de la fiesta es fundamental. Existen dos organismos en estos países, la Fundación del Toro de Lidia y el Observatoire National des Cultures Taurines, que deben trabajar conjuntamente en la consecución de este objetivo.

Antonio Purroy Catedrático de Producción Animal

François Zumbiehl Docteur en Anthropologie Culturelle




El año de la bici

Si 2018 fue el Año del Perro en el calendario chino, sin duda para los pamploneses quedará señalado en su calendario mental como el Año de la Bicicleta. El controvertido carril bici de Pío XII será, por derecho propio, la impronta más visible del paso del Ayuntamiento cuatripartito en el paisaje urbano de la ciudad. El llamado Plan de Amabilización del centro de Pamplona, destinado a priorizar a los peatones y a los ciclistas a través de la creación de nuevas calles peatonales, la ampliación de algunas aceras y el mencionado carril bici, ha sido el proyecto urbanístico estrella de la legislatura.

La extraordinaria campaña de marketing impulsada desde el Ayuntamiento para vender el proyecto de Pío XII, además de pasar de puntillas por el elevado coste económico del mismo, ha tenido también la habilidad suficiente para disimular y quitar el foco de un aspecto clave para cambiar el modo de transporte en la Pamplona del siglo XXI: si la Administración municipal restringe la movilidad personal motorizada, el coche, entonces tiene que ofrecer soluciones de transporte colectivo y no solo vehículos alternativos de movilidad individual como son la bici y el patinete.

Los argumentos que sostienen esta afirmación son contundentes en el caso de Pamplona. De entrada, invitan a pensar que los plácidos paseos en bicicleta del concejal Armando Cuenca no han alcanzado todavía los polígonos industriales de la Comarca de Pamplona, en su mayoría dedicados a esa industria que tanto bienestar aporta a nuestra Comunidad, el sector de la automoción, que da empleo a casi 16.000 personas.

Las bicis y los patinetes no son una solución, en la práctica, para los miles de trabajadores de los polígonos de la periferia de Pamplona (Agustinos, Landaben, Talluntxe, Arazuri-Orcoyen, etc.), donde la carencia de un transporte público eficiente obliga a que las empresas más grandes (Volkswagen, Kayaba) asuman el coste y la gestión de los autobuses. Capítulo aparte son las graves deficiencias en la iluminación y en la pavimentación de los viales que transitan dichos polígonos. Ninguna Administración pública toma cartas en el asunto y son las personas que circulan diariamente por estos polígonos de la Comarca de Pamplona, en muchas ocasiones en horarios intempestivos, quienes acusan estos problemas.

Tampoco parece que bicicletas y patinetes cubran las necesidades de aquellos ciudadanos que necesitan recorrer la ciudad en un tiempo razonable (por ejemplo, llevar a los niños al colegio cada día o trasladar a un enfermo crónico a la zona de hospitales para su tratamiento diario) o que, sencillamente, necesitan salir de Pamplona en coche porque su actividad laboral se desarrolla en localidades cercanas como Vitoria, Logroño o San Sebastián y no existe una adecuada red de trenes de cercanías que cubra dicha necesidad (por cierto, ¿para cuándo el TAV?).

No nos podemos olvidar de un colectivo especialmente necesitado de unas soluciones de transporte accesibles: los pamploneses con problemas de movilidad motora o sensorial. La propia ubicación geográfica de la ciudad, en lo alto de una meseta, con una importante presencia de barrios periféricos y de municipios aledaños, supone una evidente dificultad añadida para el desplazamiento hasta el centro de la ciudad, con su vertiente de aislamiento y hasta de discriminación respecto a los barrios del centro.

Otro aspecto importante que penaliza la utilización de bicicletas y patinetes de modo diario y continuado es, sin duda, la edad. Pamplona no es una excepción en el patrón de envejecimiento paulatino de la población. Si atendemos a la estructura de edad del municipio de Pamplona, y de acuerdo con el censo de 2017, sobre una población de 197.000 habitantes, aproximadamente 66.000 pamploneses superaban ya los 55 años.

En definitiva, las bicis y los patinetes han venido para quedarse y bienvenidas sean para reducir la contaminación y mejorar la relación del ciudadano con su entorno urbano, pero no son la respuesta para los desplazamientos colectivos de los pamploneses. Gracias a nuestros impuestos, los políticos y las Administraciones públicas (Ayuntamiento, Mancomunidad de Pamplona, y el propio Gobierno de Navarra) deben trabajar de modo coordinado y eficaz para ofrecer soluciones de transporte eficaces, baratas y accesibles que ayuden a mejorar la vida diaria de las personas. A la vista de lo aquí expuesto, ¿la llamada legislatura del cambio ha trabajado en esta dirección respecto a la movilidad urbana en Pamplona?

Elena Sola Zufía Licenciada en Filosofía y Letras y miembro de Sociedad Civil Navarra.




Davalor y el valor de las palabras

Meses antes de la quiebra del banco Lehman Brothers, los humoristas John Bird y John Fortune interpretaron un brillante diálogo satírico en el que daban un repaso memorable al modo de proceder de la economía especulativa. El diálogo es divertidísimo e inteligentísimo, y cuenta verdades como puños. Verdades de entonces y también de ahora.

En un determinado momento, Mr. Bird, que interpretaba a un especulador, explica cómo un montón de deudas hipotecarias de alto riesgo (textualmente “firmadas por un desempleado negro en camiseta sentado en un porche en ruinas de Alabama”) se empaquetan y convierten en un “Vehículo de Inversión Estructurado”, y cómo, a pesar del riesgo, la gente compra esos fondos porque tienen buenos nombres. Por buen nombre, explica Bird, no se entiende nada relativo a reputación, sino que han sido bautizados con nombres tales como “Fondo Estructurado Mejorado de Alta Gama”.

“Suena bien”, dice Bird. “Suena fiable”, añade. Y remata “Si se hubiera llamado Fondo del Desempleado Negro la cosa quizá sería distinta”.

Vivimos en la era de la imagen. No de la mera imagen visual, sino más bien de la imagen global (la “marca” en sentido amplio), que de sí mismas construyen empresas y personas, y que implantan en la mente del consumidor. El marketing se ha sofisticado hasta generar subdivisiones como el “packaging” (envolver el producto en cuestión para que resulte más atractivo) o el “naming” (poner al producto un nombre adecuado). Lejos quedan las rudimentarias artes de un León Salvador, aunque no su espíritu: vender, vender y vender.

En lo de bautizar cosas con nombres apabullantes el mundo empresarial y financiero no va rezagado. Imaginemos que un asesor bancario nos hubiera ofrecido comprar “deuda subordinada”. Deuda suena mal, y subordinado ni les cuento, así que quizá nos lo hubiéramos pensado dos veces. Sin embargo el mismo asesor ofreció “participaciones preferentes” y la cosa, como decía Mr Bird , fue distinta. Participar está muy bien (dicen que es lo importante) y tener preferencia siempre ha sido una maravilla. En su momento lo que se vendió a un montón de confiados ahorradores fue lo primero, pero bautizado como lo segundo, y explicado de mala manera, con las consecuencias que todos conocemos.

Más cerca de nosotros, el caso Davalor es buena muestra de lo que cuento. ¿Cómo se va a negar uno a contribuir al equity crowdfundig de una start up que presenta tecnologías disruptivas y secretas con un enorme potencial de beneficios a futuro? Reconozco que debe de ser difícil resistir los cantos de sirena… sobre todo si la canción tiene versitos en inglés y se acompaña del tintineo de los beneficios. Imaginemos que la cosa se hubiera presentado como “pasar la gorra para recaudar fondos que financien una nueva empresa cuya actividad no se sabe muy bien cómo va a acabar, aunque promete hacerse con todo el mercado mundial en su campo”. Si la presentación comercial invitaría a jugárselo todo, la verdad desnuda recomienda ser cautos.

Cuando la Administración pretende sustentar el proyecto, la cautela, por arriesgar dinero público, debe multiplicarse exponencialmente. Además, al menos en teoría, la Administración cuenta con técnicos sobradamente competentes para realizar una evaluación de riesgos mucho más precisa y orientada que la que pueda llevar a cabo un particular, que muchas veces no cuenta mas que con su intuición y su experiencia. Aun así, son muchos los casos en que una decisión política ha contravenido las más elementales normas de cautela y prevención (recuerden el escándalo Elf Aquitaine), muchas veces contra el criterio técnico, y con la estúpida pretensión de que el supuesto beneficio “no se lo lleven otros”.

Las últimas noticias sobre Davalor abundan en lo relatado. Técnicas de Sodena afirman que las previsiones de negocio “no eran realistas” (ecos del cuento de la lechera, eufemismos para decir que eran un despropósito), y que “si la maquina hubiera tenido aceptación comercial hubiera sido un éxito” (una tautología elevada a la categoría de argumento porque ¿puede algo ser un éxito sin aceptación?). El promotor, mientras, se dolía hace poco de no haberse llevado el proyecto a Estados Unidos, donde supone que le hubiera resultado más fácil llevarlo a término (como si los Estados Unidos fueran primera potencia mundial por andar firmando cheques en blanco), y sigue blandiendo la presencia de un misterioso “gran inversor” que (¡ay!) o no acaba de llegar o cuando llega se pone a hacer preguntas.

Las mismas preguntas que, de manera clara y con respuestas precisas, sin rodeos, sin tautologías, sin nubes de humo, debemos hacernos los particulares, y por supuesto debe hacerse la Administración cuando se trata de manejar nuestros recursos.

Alfredo Arizmendi Ubanell. Licenciado en Medicina y Odontología




¿Sólo la Constitución para proteger una democracia?

lo largo de las historia han sido innumerables las crisis políticas en países con Constituciones democráticas consolidadas. En la mayor parte de las ocasiones, estas crisis han venido precedidas de recesiones democráticas, donde las bases en las que se asientan las libertades han ido socavándose poco a poco. Los conflictos bélicos internacionales o civiles se han producido cuando esa recesión democrática ha coincidido con una recesión económica. Hoy podemos estar en esta fase previa a la conjunción de estas dos crisis. Así pues, sería bueno plantearse cuales han sido a lo largo de la historia los factores que han deteriorado las democracias. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro “Como Mueren las Democracias” (Ariel, 2018) coinciden en señalar que una Constitución por sí sola no garantiza la pervivencia de un Estado democrático y ponen como ejemplos la Constitución alemana de Weimar( 1919) o la Argentina ( 1853) , entre otras.

Es casi un lugar común decir que un régimen constitucional estable se asienta en la prosperidad económica, en una clase media extensa y en una sociedad civil fuerte. Pero no es menos cierto que la estabilidad de los Estados requiere de instituciones sólidas. Daron Acemoglu y James A. Robinson en su libro “Por qué fracasan los países” (Deusto, 2012), después de un pormenorizado estudio de imperios, países y sociedades desarrolladas, señalan que son dos las cuestiones centrales que sostienen la prosperidad colectiva: Unas instituciones políticas consolidadas y un aparato económico inclusivo y no extractivo. Afirman que “las instituciones económicas inclusivas, hacen respetar los derechos de propiedad, crean igualdad de oportunidades y fomentan la inversión en habilidades y nuevas tecnologías. Por el contrario, las instituciones económicas extractivas están organizadas para sustraer recursos de la mayoría para un grupo reducido, no protegen los derechos de la propiedad ni proporcionan incentivos para la actividad económica.”

Pero, volviendo a la pregunta del titular; Las democracias de éxito, señalan Lavitsky y Ziblatt dependen, además de una Constitución, de reglas y normas no escritas pero ampliamente conocidas y respetadas. Las dos principales son: la tolerancia y la contención institucional, sin ellas la calidad democrática decae. La tolerancia distingue entre enemigo y adversario político y exige que “siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptemos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y gobernar que nosotros.” Esta tolerancia se rompe en sociedades políticamente muy polarizadas en los extremos, donde los adversarios políticos se perciben como una amenaza existencial. Nuestra historia de enfrentamiento civil es un ejemplo paradigmático de esta situación. “Cuando las diferencias socioeconómicas, raciales o religiosas dan lugar a un partidismo extremo, en el que las sociedades se clasifican por bandos políticos cuyas concepciones del mundo, no solo son diferentes, sino, además mutuamente excluyentes, la tolerancia resulta muy difícil de sostener.”

La Contención Institucional, otra de las bases de una democracia fuerte, hace referencia al hecho de evitar acciones que, aunque respeten la letra de la ley, vulneren su espíritu. En este sentido los autores arriba citados aconsejan como prácticas de buena salud democrática: limitar los mandatos de los políticos, no utilizar las prerrogativas gubernamentales para determinar las decisiones de otros poderes del Estado, no utilizar estas mismas prerrogativas para ocupar las instituciones y la función pública con afines, no abusar del decreto ley y respetar la libertad de los medios de comunicación.

Habrá que sacar conclusiones y ponerse las pilas para hacer lo que esté en nuestras manos: crear una sociedad civil fuerte que impida a los políticos su deriva hacia posiciones extremas.

José Ramón Ganuza es periodista




Danza de la reina Catalina

Lo único que tienen de bueno las mentalidades obsesivas es que acaban resultando sumamente previsibles. El alcalde Asiron no es ajeno a esta forma de proceder, y en un gesto del que sólo cabía dudar sobre el momento en que se produciría, ha cambiado el nombre de la avenida del Ejército (una de sus manías), para dedicársela a la reina Catalina de Foix; la de “La Conquista” (otra de sus manías, no menor que la anterior).

No le quiero enmendar la plana al señor alcalde en materia histórica, en la que seguramente tiene más conocimiento que yo. Puede que las prendas personales de la reina Catalina la hagan merecedora de belena, callejón, costanilla, calle, avenida, barrio e incluso, si me fuerzan ustedes, aeropuerto… pero mi reflexión no va por ahí.

“Cuando ocurren ciertas cosas, lo mejor está en las glosas”. Este pareado que me acabo de inventar resume bastante bien otro rasgo del alcalde de Pamplona: conviene esperar a que explique su proceder porque -si uno consigue aguantarse las risas- se pueden extraer provechosas lecciones.

En este sentido, el alcalde de Pamplona ha afirmado que “Catalina de Foix simboliza muy bien el sufrimiento que toda una generación de navarros padeció en el entorno de 1512”. Si bien las críticas a la alcaldía han abundado en la naturaleza aparentemente promonárquica de una decisión tomada por un antimonárquico declarado, tampoco creo que los tiros vayan por aquí. Y la clave de la explicación, y de la verdadera crítica a la decisión de Asiron, se encuentra en la palabra “sufrimiento”.

Porque de sufrimiento, como de todo, hay muchos grados. Hay diferentes intensidades, y hay sufrimientos lejanos en el tiempo y en el espacio, que quizá nos muevan a menos compasión que esos más cercanos. Nada humano nos es ajeno, pero el sufrimiento de Julio César al recibir las puñaladas nos es más ajeno que el de nuestros hijos cuando les duele el oído, o cuando sufren un desamor. ¿Por qué recurrir al “sufrimiento” al reivindicar la figura de Catalina de Foix? Se me ocurren dos motivos.

El primero es, como siempre, que con estos trampantojos Asiron, es decir EH-Bildu, se hace paladín de una causa lejana y éticamente neutra para tratar de disfrazar su nada ético posicionamiento ante sufrimientos bien cercanos en el espacio y en el tiempo, aunque quizá muy alejados de su posicionamiento ideológico. Como han podido observar, entre los moduladores de la percepción del sufrimiento ajeno que he enumerado no he puesto la cercanía o lejanía ideológica. Esto, que para cualquier persona de bien resulta evidente, los conmilitones del alcalde lo han pasado y lo pasan por alto, y si lo reconocen alguna vez lo hacen levantando la ceja y porque no les queda mayor remedio.

El segundo es que no queda claro si el “sufrimiento” de los navarros de antaño fue de todos, de parte, o de unos cuantos. ¿Sufrieron los agramonteses? Sin duda sí. ¿Los beamonteses? Es más que probable. ¿El sufrimiento de los agramonteses fue más sufrido, más “navarro” que el de los otros? Yo creo que no, pero pondría sin dudarlo mi apuesta a que Asiron cree que sí.

Asiron, sin demasiado empacho, está librando la batalla postrera de la campaña de 1512. A modo de moderno San Virila, parece haber despertado 500 años después para darle la vuelta al resultado y regresar al Reyno independiente. En ese contexto se explicaría incluso la aparición del alcalde en aquel cuadro que se expuso en el Condestable. Da la sensación (y gestos como el que nos ocupa lo corroboran) de que Asiron se cree el último eslabón de una cadena que ha ido transmitiendo, a lo largo de los siglos, no se sabe bien qué antiguas legitimidades, como si esto fuera el “Kodigo da Bintzi”.

Trayendo a Catalina de Foix a Pamplona y echando al Ejército resuelve, o mejor dicho cree resolver una injusticia histórica. Olvida el alcalde, o hace como que olvida, que quizá no existan las injusticias históricas. Nada “debe ocurrir” de una determinada manera. Las cosas, mal que nos pese, se limitan a ocurrir, con sus motivaciones, pero sin un rumbo previamente determinado. Tratar de inventar dicho rumbo haciendo bailar el nomenclátor es no solo tarea baladí, sino sobre todo una pérdida de tiempo.

Alfredo Arizmendi Ubanell. Licenciado en Medicina y Odontología




Un gran navarro, un gran día

Hoy día 3 de diciembre Navarra celebra su gran día, porque este mismo día de 1552 moría Francisco de Javier, el gran santo universal navarro, en la isla de Sancián, a las puertas de China. Tenía 46 años pues había nacido el 7 de abril de 1506 en el castillo de Javier, en el seno de una familia noble e influyente: su padre fue presidente del Real Consejo de Navarra.

Con solo diez años, en 1512, vivió la ocupación de las tropas castellano-aragonesas comandadas por el Duque de Alba, con la desposesión del trono a los últimos reyes privativos de Navarra, Juan de Albret y Catalina de Foix. Durante casi tres años, Navarra permaneció como reino independiente, pero unos meses antes de morir el rey Fernando el Católico, el 7 de julio de 1515, Navarra quedó incorporada a la Corona de Castilla, perdiendo así su condición de reino independiente y pasando a ser reino separado. Al año siguiente su hijo Carlos I de España y V de Alemania juró los fueros y añadió la cláusula de que Navarra quedase como “reino de por sí”. Este juramento lo repitieron todos los monarcas españoles posteriores hasta Fernando VII, quien lo hizo en 1817.

Durante todo este tiempo Navarra conservó sus instituciones y su derecho. A partir de 1841 y como consecuencia de la Ley Paccionada, Navarra perdió su condición de reino y pasó a ser una provincia con Diputación Provincial. La Ley de Amejoramiento del Fuero (1982) recoge en su artículo primero la calificación oficial de Navarra como Comunidad Foral: “Navarra constituye una Comunidad Foral con régimen, autonomía e instituciones propias, indivisible, integrada en la Nación española y solidaria con todos sus pueblos”. Esta definición debería estar presente en la mente de todos los navarros y choca frontalmente con la Transitoria 4ª de la Constitución del 78, que describe el recorrido legal hacia una hipotética unión a la Comunidad Autónoma Vasca. Esta transitoria pudo tener alguna razón política en su momento, pero hoy no tiene ningún sentido mantenerla.

Pero volvamos a Francisco de Javier. Abrumado posiblemente por el ambiente belicista de la época, en 1525 decide continuar sus estudios en la Universidad de la Sorbona de París. Allí conoce a Ignacio de Loyola, quien arrastraba una cojera desde que en 1521 fue herido cuando defendía Pamplona, como capitán de las tropas castellanas, del asedio de las tropas franco-navarras de la Baja Navarra de las que formaban parte los hermanos de Javier. Es conocida la frase que Iñigo de Loyola le lanza para ganarle para la causa jesuítica: “Javier, ¿de qué te sirve ganar el mundo si al final pierdes tu alma? Su casta de navarro noble le hizo entrar al trapo de la entrega solidaria. Ignacio, Javier y ocho jóvenes europeos entusiastas fundaron la Compañía de Jesús en 1540, la más numerosa de las órdenes religiosas masculinas católicas.

Javier consigue que el papa Paulo III le envíe a las Indias en 1541. Allí recorre un gran periplo que va desde el Cabo de Buena Esperanza hasta la India, Japón, Ceylán… Durante 10 años no se cansa de atender a enfermos y presos, predicar y bautizar “hasta que le duele el brazo”. Vaya ejemplo. Como murió en olor de santidad, el papa Gregorio XV le canonizó en 1622. En 1657 Alejandro VII declara copatronos de Navarra a San Francisco de Javier y San Fermín, dos claros signos de identidad navarra. Con muy buen criterio, el Parlamento de Navarra aprueba la ley foral 18/1985 en la que declara el 3 de diciembre como Día de Navarra.

La Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza decidió en 1949 que el 3 de diciembre se celebrara el Día Internacional del Euskera, hecho que fue institucionalizado por el propio gobierno vasco en 1995. Llama la atención que este día tenga que ser el del navarro más universal y no, por ejemplo, el 31 de julio, día de San Ignacio de Loyola patrón de las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya. Tampoco se entiende que el Gobierno de Navarra actual tensione a la sociedad navarra forzando el aprendizaje del euskera y favoreciendo a aquellos que lo hablan en menoscabo de los que no lo hacen porque no han podido aprenderlo o no han querido.

La Navarra de hoy poco tiene que ver con la vivida por Francisco de Javier. En estas últimas décadas ha alcanzado unos niveles de progreso y desarrollo elevados, con el trabajo y el esfuerzo de todos. La búsqueda de la concordia, el respeto y la libertad son los ingredientes para mantener unida a la sociedad, una sociedad diversa y plural. No tiremos por la borda todo lo conseguido si queremos seguir siendo grandes y solidarios. ¡Feliz día de Navarra a todos!

Antonio Purroy. Dr. Ingeniero Agrónomo y miembro de Sociedad Civil Navarra




Erótica recaudatoria y feminismo 4.0

El otoño foral, además de los colores propios de la estación, se ha teñido de una fuerte e inesperada contestación social a propósito de las devoluciones de las retenciones por las prestaciones de maternidad y de la aplicación del programa Skolae en los centros y comunidades educativas de Navarra.

El bolsillo del ciudadano siempre ha ejercido una irresistible atracción para cualquier gobernante, y el Gobierno del Cambio ha seguido con diligencia y sin rectificación hasta la fecha, el guión de la erótica recaudatoria. Una enorme torpeza del Cuatripartito con las fotos de las madres y sus hijos en las silletas como símbolos gráficos del colosal enfado que estos días ha sacudido la calle.

Si de verdad se quiere ayudar a las familias y, como consecuencia indirecta, incentivar la maternidad y la paternidad, desde luego uno de los caminos tiene que ser la articulación de unas políticas públicas que beneficien a las familias y que no las expriman como un limón. En el caso de Navarra, el tema duele más por su arbitrariedad, ya que la Comunidad foral tiene la capacidad legal para modificar y mejorar esta cuestión tributaria. De modo que se trata de una clara e incomprensible falta de voluntad política del Gobierno de Uxue Barkos.

Por otro lado, el programa de coeducación en igualdad Skolae ha generado también ríos de tinta y un fuerte debate sobre la conveniencia o no de su aplicación. Partimos de la premisa de que cualquier padre sensato y responsable está de acuerdo en fomentar una pedagogía positiva en las aulas de sus hijos en torno a los valores de la igualdad de oportunidades de cualquier persona, sin distinción de su sexo o de su raza, en educación y trabajo; a la tolerancia cero con la violencia y el acoso verbal, sexual o físico, o a la responsabilidad compartida en las tareas domésticas. Entonces, ¿qué subyace detrás de esta polémica?

El neofeminismo estigmatiza al hombre y santifica a la mujer siempre desde una perspectiva reduccionista, la de considerarlos como colectivos homogéneos y enfrentados en una interminable guerra de sexos. A diferencia de otras culturas, la heterogeneidad es una cualidad esencial para las sociedades modernas occidentales. Ocurre que ni todos los hombres son iguales ni lo somos tampoco todas las mujeres. Así, hay mujeres que están encantadas de trabajar a tiempo parcial. Otras, en cambio, prefieren trabajar sus ocho horas sin plantearse, bajo ningún concepto, una reducción de jornada. Y esto no es una imposición del patriarcado, es una elección libre e individual, con sus ventajas y con sus inconvenientes, como casi todas las decisiones de la vida.

Tal vez esté llegando la hora de una revisión urgente del feminismo 4.0 o lo que es lo mismo, un punto de evolución más ajustado a las nuevas y diversas realidades sociales y laborales que las mujeres vivimos hoy en día, desde luego muy alejadas de las que se conocían en la España de ochenta años atrás. No olvidemos que las mujeres votaron por primera vez en el año 1933, en el marco de la Segunda República, y con excepción de 1936, ya no volvieron a votar hasta 1977. La Constitución española garantizó la voz y el voto de las mujeres, además de proteger su igualdad. Sin ir más lejos, las protagonistas de la escena política navarra han tenido y tienen nombre de mujer: Yolanda Barcina, Uxue Barcos, María Chivite, Ana Beltrán, Laura Pérez, Ainhoa Aznárez… La realidad del establishment foral, no solo en la política, sino también en el ámbito de los medios de comunicación, las uni- versidades, la judicatura o la me- dicina, contradice y niega afirmaciones presentes en Skolae como que “La estructura social actual niega la ciudadanía plena de la mujer (…)” o “… la falsa apariencia de que los hombres y las mujeres son iguales en derechos (…)”.

En definitiva, la revisión y actualización de los modelos feministas en pleno siglo XXI empieza a ser una tarea pendiente y puede que el rechazo de padres y madres al programa Skolae sea ya un primer aviso de esta necesidad de cambio. El recurso de considerar la violencia de género como prueba de una violencia perpetua del hombre y del sistema patriarcal puede llevarnos a un bucle sin fin que precipite a las nuevas generaciones a vivir una vida marcada por el enfrentamiento, el resentimiento y la desconfianza entre sexos. En definitiva, a ser menos iguales, justo el efecto contrario de lo que el feminismo persigue.

Elena Sola Zufía es licenciada en Filosofía y Letras y miembro de Sociedad Civil Navarra




Reflexión sobre el adoctrinamiento educativo

Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet, publicó sus “Cinco Memorias sobre la Instrucción Pública” allá por 1792. Con sus dos siglos largos a la espalda, el texto es de tal modernidad que su lectura sorprende al tiempo que ilustra. En materia tan importante introduce valores como el laicismo y la igualdad de mujeres y hombres en lo que toca al acceso a la instrucción. Estos son valores presuntamente muy caros a los autoproclamados “progresistas”, incluidos los muchos que militan en el gremio docente, y son bien ilustrativos de hasta qué punto Condorcet es un autor al que todavía hay que tener en cuenta.

Me he acordado mucho de Condorcet esta temporada por culpa de la polémica desatada a cuenta del adoctrinamiento educativo. Aunque el foco de dicha polémica ha estado inevitablemente centrado en Cataluña, considero que es un problema potencialmente general, y de más calado que el político. Lo triste de Cataluña no es que se haya llegado a la situación actual, sino que eso haya ocurrido sin hacer caso de las numerosas advertencias expresadas por múltiples instancias, y desde hace muchos años.

Porque lo del adoctrinamiento en Cataluña viene de lejos, y como siempre en estos casos, los comienzos son soterrados, muy dados a que la reacción general sea algo parecido a “¡Bah, tampoco es para tanto!”, o peor “Eso son obsesiones de agoreros”, o peor aún, y mas frecuente “¿Y a mi qué, si no me afecta?”.

Les pondré un ejemplo que no ha trascendido ni la milésima parte que algunas estomagantes payasadas de esas a las que el “prusés” nos está acostumbrando a nuestro pesar.

El caso es el del profesor Francisco Oya: historiador, profesor de secundaria y miembro de la asociación Profesores por el Bilingüismo. En el ejercicio de su libertad de cátedra, este docente consideró necesario equilibrar la visión histórica oficial que el sistema proporcionaba a sus alumnos, aportando materiales complementarios: textos clásicos del nacionalismo catalán y alguna entrevista periodística a un historiador de referencia. Les faltó tiempo a algunos de sus alumnos para ir a chivarse al director del centro, que diligentemente procedió no a mandarlos a paseo, que es lo que correspondería, sino a expedientar al profesor Oya, que no ha vuelto a ejercer la docencia.

Este mismo docente sufrió el mismo grado de arbitrariedad hace décadas. Tras obtener en una oposición el número uno -de entre cuatrocientos- fue destinado a un centro a 60 kilómetros de su domicilio, aunque tenía derecho a elegir plaza. La historia, tal como él me la ha contado, es todavía más compleja y dadaísta. Al final el desafuero se acabó arreglando, pero queda patente que la perversión del sistema educativo ha sido continua, sistemática, prolongada y ha afectado a toda la carrera profesional de muchos docentes… además de a la formación intelectual de los alumnos. Por cierto, con lo propensa que es la comunidad docente a la firma de manifiestos y a echarse a la calle para pedir más recursos, menos horas lectivas y mejores ratios, no he visto que nadie se haya movilizado para denunciar esta tropelía. Si esto no era motivo para una “marea”, aunque sea chiquitita, venga Dios y lo vea.

Pero ¿cuál es el delito del profesor Oya?

Muy sencillo: creer que el poder público no es quién para imponer un determinado estado de opinión como verdad única e irrefutable, máxime cuando hay un amplio consenso en considerar ese estado de opinión como una construcción basada en falsedades. Ni mas ni menos. La historia, que es la disciplina a la que el profesor Oya se ha dedicado, es la primera en ser prostituida por los voceros del nuevo orden, pero creo que este principio de no injerencia de lo público debe ser de aplicación general.

No proponía otra cosa el marqués de Condorcet cuando en la primera de sus Memorias afirmaba lo siguiente:

“la libertad (…) no sería sino ilusoria si la sociedad hiciera suyas las generaciones nacientes para dictarles lo que deben creer. Aquel que al entrar en sociedad lleva a ella opiniones que su educación le ha dado ya no es un hombre libre; es un esclavo de sus maestros, y sus cadenas son tanto más difíciles de romper cuanto él mismo no las siente y cree obedecer a su razón cuando no hace sino someterse a la de otro”.

Esta es la radical modernidad de Condorcet, la de ligar la libertad del hombre a la abstención del poder público de imponer una determinada opinión o ideología. Tenga el lector la bondad de ver por qué senderos transita el sistema educativo y valore hasta que punto vamos por el camino equivocado.

Alfredo Arizmendi Ubanell es licenciado en Medicina y Odontología y miembro de Sociedad Civil Navarra




Paradoja Casado

La juventud, guste o no, es un grado en la política española. Con ocasión del reciente Congreso del PP, muchos han celebrado que el ciclo del 15-M haya llegado por fin a las filas conservadoras, eligiendo un nuevo líder, Pablo Casado, que se sitúa a la par de Iglesias, Rivera y Sánchez: los cuatro jinetes de la nueva política. La política de principios, los valores, la transparencia en la comunicación frente al pasteleo, el pragmatismo o la vacua moderación que se desentiende de los problemas y del compromiso. El PP ha vuelto, han celebrado los nuevos dirigentes populares, presentando ese regreso en términos de regeneración.

La situación no deja de ser paradójica. Casado se postuló como el líder de las bases, pero los militantes apoyaron a la ex vicepresidenta Sáenz de Santamaría y, contrariamente a sus palabras iniciales, cocinó acuerdos de aparato para hacerse con el voto mayoritario de los compromisarios, ensalzando un sistema de elección que no es propiamente de doble vuelta. La alianza negativa de los candidatos vencidos en la primera vuelta no fue muy distinta de la urdida en la moción de censura contra Rajoy, tan criticada en su momento dentro del PP. Tampoco en este caso ha habido debate alguno de ideas ni proyectos.

Casado apela a la renovación, pero pese al relevo generacional que supone su elección, el aire que trae es antiguo. Sus padrinos son el segundo Aznar y Esperanza Aguirre, que han destacado como pocos en la siembra de la discordia entre los populares en tiempos de Rajoy, amén de la responsabilidad de ambos (aunque sea por dejación como reconoció tardíamente la propia Aguirre) en el florecimiento de la corrupción que ha pagado el PP de Rajoy. Vuelve el PP más orgulloso de sí mismo (Aznar nunca ha reconocido ninguna responsabilidad en la decadencia del PP), aunque para disimular Casado se haya paseado durante el cónclave popular con el hijo de Adolfo Suárez colgado del brazo.

Es evidente que una parte del PP está feliz con el supuesto regreso a las esencias, por más que no se haya facilitado una real integración interna, al haberla entendido Casado a la vieja usanza, rodeándose de compañeros fieles y agradecidos a quienes por el hecho de ser muy próximos considera los mejores. Lo mismo ha hecho Pedro Sánchez premiando a sus incondicionales con puestos en los distintos escalones del gobierno o al frente de organismos clave y grandes empresas públicas. Las redes clientelares se entienden mal con la regeneración política, tan mal como con la simple política de gestos o los pildorazos ideológicos, a los que se ha sumado Casado, que nada contribuyen a elevar el nivel del debate público. Casado ha hecho, de golpe, más fuerte al presidente Sánchez.

La nueva política en manos de los viejos partidos no puede quedarse en un simple relevo generacional. Esto puede resultar incluso peligroso. La regeneración política por la que suspira la ciudadanía crítica se vuelve contra el virtuosismo del político que ha sacrificado todo a la cosa pública (casa, hacienda, trabajo, gloria) y convierte así la política en su objeto de ambición y en su única fuente de medro y reconocimiento personal. Los viejos partidos después de cuarenta años de democracia han fabricado políticos jóvenes que no han conocido otra experiencia profesional que la política, pasando de dirigentes juveniles en sus organizaciones a concejales, cargos autonómicos, parlamentarios, hasta conseguir dar el salto a la política nacional. Casado es un buen ejemplo de ello.

De ahí que el caso del máster del nuevo líder popular revista significación. La respuesta inmediata de los actuales dirigentes es preocupante. El caso existía antes de la elección de Casado, quien sin embargo ha reaccionado de manera victimista como el mayor perseguido de la historia, con argumentos improcedentes, llevados al extremo por el nuevo secretario general del PP (originario de Nueva Generaciones como Casado), que se preguntaba si debía presentar los justificantes de educación primaria (evidentemente no, porque es obligatoria en España).

¿Tan difícil es de entender que no cabe ningún trato de favor por una presunta dedicación exclusiva a la política hasta el punto de regalar el esfuerzo que el común de los ciudadanos invierte en su formación? El talento político no se cifra en los títulos superiores obtenidos, pues nadie está forzado a coleccionarlos. Tampoco debe reducirse al aprendizaje de argumentarios de partido o manuales del elector. El talento político implica ciertamente conocimientos, competencias funcionales y también inteligencia moral. Frente a quienes se apresuran a restar cualquier importancia al tema y denuncian su politización, que esta cuestión del máster en las presentes circunstancias, más allá del tema del aforamiento, llegue al Tribunal Supremo es un signo de independencia que honra y compromete a la justicia española. Seguro que revertirá, de una forma u otra, en una mayor madurez de nuestra cultura política.

Juan María Sánchez-Prieto es profesor universitario y miembro de Sociedad Civil Navarra