Danza de la reina Catalina

Alfredo Arizmendi (SCN)
Dic 2018
SCNavarra

Lo único que tienen de bueno las mentalidades obsesivas es que acaban resultando sumamente previsibles. El alcalde Asiron no es ajeno a esta forma de proceder, y en un gesto del que sólo cabía dudar sobre el momento en que se produciría, ha cambiado el nombre de la avenida del Ejército (una de sus manías), para dedicársela a la reina Catalina de Foix; la de “La Conquista” (otra de sus manías, no menor que la anterior).

No le quiero enmendar la plana al señor alcalde en materia histórica, en la que seguramente tiene más conocimiento que yo. Puede que las prendas personales de la reina Catalina la hagan merecedora de belena, callejón, costanilla, calle, avenida, barrio e incluso, si me fuerzan ustedes, aeropuerto… pero mi reflexión no va por ahí.

“Cuando ocurren ciertas cosas, lo mejor está en las glosas”. Este pareado que me acabo de inventar resume bastante bien otro rasgo del alcalde de Pamplona: conviene esperar a que explique su proceder porque -si uno consigue aguantarse las risas- se pueden extraer provechosas lecciones.

En este sentido, el alcalde de Pamplona ha afirmado que “Catalina de Foix simboliza muy bien el sufrimiento que toda una generación de navarros padeció en el entorno de 1512”. Si bien las críticas a la alcaldía han abundado en la naturaleza aparentemente promonárquica de una decisión tomada por un antimonárquico declarado, tampoco creo que los tiros vayan por aquí. Y la clave de la explicación, y de la verdadera crítica a la decisión de Asiron, se encuentra en la palabra “sufrimiento”.

Porque de sufrimiento, como de todo, hay muchos grados. Hay diferentes intensidades, y hay sufrimientos lejanos en el tiempo y en el espacio, que quizá nos muevan a menos compasión que esos más cercanos. Nada humano nos es ajeno, pero el sufrimiento de Julio César al recibir las puñaladas nos es más ajeno que el de nuestros hijos cuando les duele el oído, o cuando sufren un desamor. ¿Por qué recurrir al “sufrimiento” al reivindicar la figura de Catalina de Foix? Se me ocurren dos motivos.

El primero es, como siempre, que con estos trampantojos Asiron, es decir EH-Bildu, se hace paladín de una causa lejana y éticamente neutra para tratar de disfrazar su nada ético posicionamiento ante sufrimientos bien cercanos en el espacio y en el tiempo, aunque quizá muy alejados de su posicionamiento ideológico. Como han podido observar, entre los moduladores de la percepción del sufrimiento ajeno que he enumerado no he puesto la cercanía o lejanía ideológica. Esto, que para cualquier persona de bien resulta evidente, los conmilitones del alcalde lo han pasado y lo pasan por alto, y si lo reconocen alguna vez lo hacen levantando la ceja y porque no les queda mayor remedio.

El segundo es que no queda claro si el “sufrimiento” de los navarros de antaño fue de todos, de parte, o de unos cuantos. ¿Sufrieron los agramonteses? Sin duda sí. ¿Los beamonteses? Es más que probable. ¿El sufrimiento de los agramonteses fue más sufrido, más “navarro” que el de los otros? Yo creo que no, pero pondría sin dudarlo mi apuesta a que Asiron cree que sí.

Asiron, sin demasiado empacho, está librando la batalla postrera de la campaña de 1512. A modo de moderno San Virila, parece haber despertado 500 años después para darle la vuelta al resultado y regresar al Reyno independiente. En ese contexto se explicaría incluso la aparición del alcalde en aquel cuadro que se expuso en el Condestable. Da la sensación (y gestos como el que nos ocupa lo corroboran) de que Asiron se cree el último eslabón de una cadena que ha ido transmitiendo, a lo largo de los siglos, no se sabe bien qué antiguas legitimidades, como si esto fuera el “Kodigo da Bintzi”.

Trayendo a Catalina de Foix a Pamplona y echando al Ejército resuelve, o mejor dicho cree resolver una injusticia histórica. Olvida el alcalde, o hace como que olvida, que quizá no existan las injusticias históricas. Nada “debe ocurrir” de una determinada manera. Las cosas, mal que nos pese, se limitan a ocurrir, con sus motivaciones, pero sin un rumbo previamente determinado. Tratar de inventar dicho rumbo haciendo bailar el nomenclátor es no solo tarea baladí, sino sobre todo una pérdida de tiempo.

Alfredo Arizmendi Ubanell. Licenciado en Medicina y Odontología

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