La narrativa de la violencia

En las últimas semanas se ha dado un fuerte debate en torno a la historia de ETA, y la violencia. Está siendo un debate difícil y con poco hueco para las visiones matizadas, en el que además el intercambio razonable de ideas se sustituye por el desprecio personal. En todo caso el hecho ha puesto sobre la mesa la necesidad de seguir debatiendo sobre estas cosas, porque si lo dejamos pasar las heridas quedarán abiertas durante generaciones.

En primer lugar, creo que la importancia del relato no sólo está en la fijación de unos hechos históricos, es sobre todo la consolidación de unos valores. Si damos por bueno que hubo alguna razón práctica para matar al contrincante político, si damos por buena la teoría de que ETA es el resultado de una violencia de respuesta ante lo que ocurrió en el 36 o ante el terrorismo de estado, en realidad estamos dando por bueno que la venganza y la aplicación arbitraria, y deshumanizada, de la justicia está bien.
Por eso tiene tanta importancia desmontar el andamiaje conceptual, el imaginario colectivo, de quienes nos quieren imponer un relato falso sobre la historia de ETA. Porque si aceptamos que el actuar de ETA tuvo alguna justificación, aceptaremos también los valores que van pegados a esa forma de ver la violencia.

A nadie le gusta que le recuerden permanentemente que vivió dentro, o al lado, del desastre. Por eso tuvo tanto éxito sociológico la transición, porque la tendencia natural del ser humano es a olvidar rápido las cosas que duelen, aunque sepamos que esa nunca es una buena salida. Sin embargo estamos obligados a cerrar este capítulo de la mejor manera posible, con el mejor relato y los mejores valores.

El actuar de ETA caminó sobre diferentes contextos históricos. Sin embargo, y de forma recurrente, se selecciona únicamente sus inicios para fortalecer la narrativa de la violencia, para hacernos ver que la violencia de ETA fue, sobre todo, una violencia de respuesta y, se sobreentiende, justa. No existe Isaías Carrasco, ni el 90% de las víctimas que lo fueron en democracia. Se nos hace creer que no había más remedio que matar.

Frente a eso, tenemos que subrayar que el ejercicio de la violencia, es sobre todo un ejercicio autónomo y no condicionado. ETA escogió intencionadamente, y durante 50 años seguidos, la violencia para imponer su ideario, dentro de una serie de influencias históricas y políticas sí, pero perfectamente podía no haberlo hecho, como no lo hicieron otros muchos disidentes al franquismo. Los conflictos son consustanciales a todas las sociedades complejas que normalmente son plurales, ahora bien la violencia es evitable porque la violencia es una elección.

Se nos transmite también la idea idílica de que ETA estuvo formada por unos luchadores portadores de buenas intenciones que amaron a su pueblo, hasta el límite de estar dispuestos a morir por su patria. En realidad, en este caso, morir por la patria se utiliza como eufemismo, porque el morir implica el matar, y eso no tiene nada de romántico.

Además, se señala a España como el lugar natural del conflicto, se describe una memoria histórica del 36 en la que el ataque a “nuestro pueblo” es una causa central, en lugar de tener en cuenta la pelea entre el franquismo y la democracia. Así, se pretende dar una continuidad histórica entre contextos diferentes.

Sin embargo, aun entre ese mar oscuro del olvido aparece una esperanza. El otro día, entre el olivo y el roble, el alcalde de Errentería (EH Bildu) y el huérfano del Policía Nacional Antonio Cedillo, venido desde Sevilla, hicieron una de esas cosas que marcan camino, al recordar aquel asesinato. Porque como todas las necesidades que nacen de adentro, aquel gesto tuvo parte de lección y parte de utopía. Todas las personas que queremos superar el dolor que aún supuran las heridas que nos dejó abiertas ETA, y sus justificaciones, vimos en ese acto lo que soñaron buena parte de la gente perseguida por el autoritarismo de ETA.

Hablar del dolor nos humaniza y nos hace empáticos, que es una de las condiciones más hermosas del ser humano. Ver al huérfano expresar, delicado y roto por dentro, que ese homenaje es una necesidad psicológica nos hace conscientes de que la tragedia no terminó en el hecho en sí de la muerte. José Miguel Cedillo es de esas personas que nos ayudan, a los que estamos dentro, a encender todas las luces de todos los laberintos. Ojalá el abrazo que se dieron el huérfano y el alcalde, José y Julen, sirva para fundir el odio que nos marcó durante tantos años.

Porque quienes vivimos aquí somos los que tenemos el deber de la convivencia, sobre todo porque mataron, les mataron, en nuestro nombre y ante ese peso no hay narrativa de la violencia que valga.

Joseba Eceolaza Latorre es ex parlamentario foral

Fuente: Diario de Navarra